La Gente Terrible

j_alvargonzalez@hotmail.com

martes, junio 23, 2009

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Dani llega – La maleta – Absenta en el Nueva Visión – Dextroanfetamina – El seductor y el escudero – Reaparece el profeta – Maldades veniales – Pieles feéricas – El caos exterior – Despedida de Dani – Pornografía vintage al 50% de descuento – The Birdmen

El viernes llegó Dani. Me llamó desde el aeropuerto. Yo todavía estaba en la oficina, así que quedamos en el centro, y cuando me encontré con él ya era casi de noche. Dani no conocía bien la ciudad y decidimos quedar en una cafetería en la que una vez, puede que un año antes o incluso que puede que dos, tomamos café y vasos de agua y combatimos una larga resaca en silencio. Llegué tarde por un asunto de última hora en la oficina. Dani, imaginaba yo, esperaría dentro, pero estaba en la acera, pegado a la pared de la cafetería, mirando la gente que pasaba, la riada de gente de vuelta del trabajo, con sus caras de viernes, a medias entre la fatiga y la expectación, los adolescentes emperifollados para los que comenzaba su breve y nómada recreo nocturno, los universitarios y los jóvenes profesionales que frecuentaban la cafetería como una posta antes de sus cenas y sus fiestas, las parejas que caminaban de la mano bajo las luces de navidad, extrañas como un avistamiento ovni, cuyo resplandor nimbaba de dorado el hálito colectivo de los transeúntes. Estaba tan cambiando y entre tanta gente que no habría sido raro no reconocerlo, pero lo reconocí al instante. Sostenía una maleta en la mano, una maleta vieja y oscurecida por el tiempo, la maleta que uno le imaginaría a un vendedor de corbatas o de baratijas, sortijas de latón, pendientes de cristal coloreado, oros falsos, aparatosos relojes taiwaneses, un tintineo constante en su movimiento. El pelo lo llevaba más largo, peinado hacia un lado, y el rostro pulcramente afeitado. Le protegía del frío un chaquetón negro, severo. Al verme levantó su mano libre como el que intenta detener un taxi. Nos saludamos con la distancia habitual en Dani, un apretón de manos, un palmeo sobre el hombro. Hacía meses que no nos veíamos. Le dije que entrásemos en la cafetería, yo seguía sin recordar sustituir la cazadora por un abrigo y el frío me estaba matando, pero se negó. A otro sitio, dijo. No pienso entrar ahí. Miré al interior de la cafetería por la luna de cristal y no vi nada terrible, sólo las mesas, el trajín de los camareros, las paredes pintadas de un rojo apagado, pero me pareció que tenía razón, no debíamos entrar en semejante sitio, otra vez no.
¿Qué hacemos?, dije.
Caminemos, propuso. Entramos en la riada hombro con hombro y pronto nos separamos, entretenidos en esquivar a los que venían en dirección contraria, sin hablar, él tirando del peso de su maleta, yo con las manos en los bolsillos.
¿Qué llevas en la maleta?, le dije.
Explosivos, respondió. Al abrirse y cerrarse las puertas de las tiendas dejaban salir ráfagas de villancicos. Una juguetería había instalado un surtidor de pompas de jabón en su fachada. Esferas perfectas llegaban desde lo alto y rozaban las cabezas sin romperse, se deslizaban por las largas cabelleras, tironeadas o repelidas por la electricidad estática, se enredaban con las estelas invisibles de los caminantes, desaparecían con algo que era más una implosión que un estallido. Giramos en una esquina y nos internamos por una bocacalle poco concurrida y oscura. Un neón verde parpadeaba anunciando una sauna.
¿Por aquí?, dijo.
Sí. Por qué no. Dejamos atrás la decoración navideña. Las calles se volvieron progresivamente sórdidas. Dani se detuvo, cambió de mano la maleta. Eh, dijo. Ese bar. Se refería a una cervecería venida a menos. Dentro olía a marisco pasado y frituras. El camarero le servía a un cliente un largo chorro de J&B en un vaso de tubo. Ambos nos miraron al entrar. El cliente, un tipo con el pelo grasiento, gris en las sienes, se volvió hacia el camarero y dijo: La perseverancia. Tenía la voz pastosa de los borrachos. Alzó un dedo admonitorio. La paciencia... La madre de la ciencia. ¿Verdad?
Bébete el cubata y cállate, le dijo el camarero. Dani y yo nos colocamos al otro extremo de la barra. Dejó la maleta entre sus piernas. Pedimos un par de cervezas. El borracho nos observó con detenimiento. Hizo un gesto de saludo que fingí no ver. Bueno, cuéntame, dije. ¿Qué tal en Munich?
Dani rozó la espuma de la cerveza con los labios y dejó el vaso en la barra. Ahora debería hacer un elogio de la cerveza alemana, dijo. Mencionar la insustancialidad de lo que nos sirven aquí, pero me da pereza. Considéralo hecho y pasemos a otra cosa, ¿de acuerdo?
De acuerdo, dije. ¿Pero qué tal te ha ido en Munich? Fue vago en la respuesta, poco preciso, mencionó unas conferencias, cierto tedio, una habitación de hotel.
¿Cómo conseguiste que te enviasen a ti?, le dije.
Se encogió de hombros. A alguien tenían que enviar, dijo. Hubiera preferido no ir. El camarero trajo un platillo con aceitunas. Dani las observó en silencio.
Tengo algo que decirte, dije. Sobre C. G. Kunis.
Dani asintió y sacó un paquete de Marlboro Light con la advertencia sanitaria escrita en alemán. Fumó mientras escuchaba la historia, mi visita a la librería de viejo, mis investigaciones nocturnas y febriles, Polina Aleksandrovna y las fotocopias de El Nudo, el robo del libro, la última y extraña conversación con el librero. Hizo algunas preguntas acerca de las biografías de Kunis, acerca de sus contradicciones y evidentes falacias. Después se quedó pensativo, la mirada otra vez en el platillo de aceitunas, intactas, mustias y apagadas. Conseguiré el libro, dije. No sé cómo dejé que me lo robasen.
Dani sonrió. Estabas corriendo tras una chica, dijo. Siempre te pasa más o menos igual. Pero no te preocupes, no tiene importancia.
¿Cómo que no?, dije.
No la tiene, dijo. Ya sé todo lo que hacía falta saber.
¿A qué te refieres?, dije.
Piénsalo, dijo. Es evidente. Sólo faltan los detalles, pero a quién le importan los detalles.
A mí, dije. ¿De qué estás hablando?
Dani me puso una mano en el hombro. Te lo pasarás mejor descubriéndolo por ti mismo, dijo. En cuanto ganes un poco de distancia se te hará evidente, como a mí. Es una conclusión decepcionante y no querrás saber nada más del asunto.
No me jodas, Dani, dije. No me has metido en esto para que...
Te contaré cómo descubrí a C. G. Kunis, pero no ahora, más tarde. Ahora tengo cosas más importantes en las que pensar.
¿Qué cosas? También te las contaré más tarde. Apuró su cerveza de un trago. Vámonos de aquí, dijo. Terminé mi cerveza también y pagamos. Dani levantó la maleta.
¿Qué llevas en la maleta?, le dije.
Armas y drogas, dijo.
¿Quieres que la dejemos en mi piso?
No, dijo. No importa. Quiero beber absenta. ¿Cómo se llamaba ese sitio en el que bebimos absenta?
Nueva Visión, dije.
Vayamos allí, dijo.
Todavía es temprano, hagamos tiempo, dije.
Recorrimos bares al azar. Bebíamos cervezas rápidas y pasábamos al siguiente. Dani, afectado pronto por la bebida, entraba en ellos como si fueran barcos a la deriva, zozobrando en la borrasca, inclinaba el cuerpo contra el peso de la maleta para mantener el equilibrio, los parroquianos lo miraban como a una aparición de otro mundo, una mezcla de predicador cuáquero y ballenero de Nantucket, y llegaba hasta la barra dispuesto a reclamar su arpón, su sombrero, su último trago. Las conversaciones eran confusas. Dani reclamó la destrucción de las pirámides egipcias y de cualquier cosa que ocultase un secreto en su interior. Hay que acabar con la ofensa del misterio, dijo. Aplicar nuestra curiosidad, la necesidad de conocer, como un bisturí, un bisturí láser, una finísima cuchilla de luz que seccione la roca y la carne y desvele el secreto. Y qué si eso nos cuesta la integridad de las pirámides o de la tumba del Emperador Amarillo con sus ríos de mercurio y sus guerreros de terracota, ya llevan demasiado tiempo ahí, llevan milenios, y creo que esta broma ya ha durado demasiado. Decía todo esto y otras reflexiones de corte similar y lo decía en voz alta, igual que si improvisase un púlpito en cada barra pringosa, y en los bares se hacía un silencio pequeño, mínimo, y se reanudaban las conversaciones ajenas, y a Dani le subía una expresión extraña a los ojos al salir a la calle, una expresión que había olvidado o a la que me había desacostumbrado, la manera en que te miraba como si no te conociese, como si te hubiese visto temblar y desvanecerte y volver a aparecer y ya no pudiera estar seguro de quién eras, de qué te había sustituido, como miran los sonámbulos que despiertan en un pasillo oscuro que podría ser cualquier pasillo.
Por fin, razonablemente borrachos, llegamos al Nueva Visión. Pedimos cerveza y absenta. Alisamos billetes sobre la barra. A la camarera le debimos parecer graciosos porque nos sonrió todo el rato. Bebimos la absenta y nos quedamos en silencio, tragando. Tenía un regusto a anís. Noté el rostro y el pecho un golpe de calor. Dejé el vaso en la barra. ¿Me lo contarás ahora?, dije.
¿Qué?, dijo Dani.
C. G. Kunis, dije. ¿Cómo lo descubriste?
Dani asintió. Bebió de su cerveza y sacó un par de cigarrillos. Te lo contaré, dijo y fumamos y escuché su historia, que duró lo necesario para terminar las cervezas y pedir otro par. Sonaba música surf, un contraste feliz con el mundo exterior, frío, navideño y estéril. Cuando Dani terminó de hablar se quedó mirando el televisor tras la barra. Coches de carreras se deslizaban sin sonido en la pantalla, tomaban curvas embarradas, salían del plano como si cayeran por el abismo del fin del mundo. Yo me apoyaba en una columna desconchada para no caer también. La absenta me había emborrachado por completo. Ese hombre, dije. ¿Se llamaba Amadís Dudú?
Dani me miró frunciendo el ceño. No, dijo. ¿Por qué iba a llamarse así? ¿Quién se llama así?
Ah, dije.
Dijo que se llamaba Pierre Menard, dijo Dani. Como si no fuera a pillar el chiste, sabes, como si sólo él...
Tengo que ir al meadero, le interrumpí. Dijo algo que no escuché. El local estaba lleno de gente y me moví en una masa densa de brazos, piernas, abrigos a medio quitar, bufandas desplegadas, llegaban helados de la calle y se sofocaban en el ambiente mal ventilado, se desvestían como amantes apresurados, dando codazos, con torpeza, se enganchaban los pendientes en el cuello de las sudaderas y los jerséis. Tropecé, alguien me empujó, seguí caminando. Uno de los servicios estaba inutilizable, la taza destruida, y en el otro no había luz. Oriné con la puerta entreabierta. Leí las pintadas de las paredes, firmas, consignas políticas, palabrotas, dibujos de penes y de tetas, me detuve en una incompleta, escrita con rotulador grueso en el techo: Run for your... ¿Corre por tu qué?, Dije. Un tipo gruñó a mi espalda. Se había formado cola. Salí del servicio. Busqué a Dani pero no lo vi por ninguna parte. Transpiraba, el sudor me resbalaba por las sienes, me pegaba la ropa al cuerpo. Me dieron ganas de gritar. ¡Corred! ¡Corred! ¡Brahms ha llenado de dinamita el tren! ¡Corred! Dani me tiró del brazo. Eh, dijo. ¿Qué té pasa?
Nada, dije.
Estás desencajado, dijo.
Estoy borracho como una cuba, dije. Creo que voy a vomitar.
Vamos fuera, dijo. Se abrió paso con la maleta por delante. En la calle el frío me alivió, pero no lo suficiente. El rostro de Dani brillaba y tenía el pelo rubio oscurecido y pegado al cráneo.
¿Mejor?, Dijo.
Negué con la cabeza. Me tambaleé unos pasos y vomité entre dos contenedores. Dani suspiró. A tu edad, dijo. Escupí. En mi vomitona no había nada sólido. La boca me sabía a cerveza y bilis.
Tenemos que ir a casa, dije. Estoy fatal. Me sujetaba el estómago con las manos. Contuve una arcada.
Componte, dijo Dani. Parece que te han pegado un tiro. Me miraba como a un niño caprichoso. Ahora te sientes mejor, ¿verdad?
Un poco, dije. Dejó la maleta a mi lado y se acercó a un chino que vendía latas y bocadillos. Compró dos cervezas.
¿Puedes beber?, dijo.
No debería.
Debes, dijo. Hazme caso, soy el hombre medicina.
Cogí la lata y la abrí. La espuma me chorreó por los dedos. El olor renovó la náusea. Es importante que no vuelvas a vomitar, dijo. Metió la mano dentro de su chaquetón y sacó un envase de plástico negro, como un carrete fotográfico. Le quitó la tapa con los dientes. Guardó su lata de cerveza en el bolsillo del chaquetón. La mano, pidió. La extendí. Dejó caer un par de tabletas blancas.
¿Qué es?
Dextroanfetamina, dijo. Bájalas con cerveza.
Obedecí. Dani tomó otras dos. Bebió cerveza y se quedó pensativo mirando un grupo de fiesteros que bajaba la calle. Cerró el envase y lo devolvió al interior del chaquetón.
¿Qué llevas en la maleta?, Le dije.
Los restos de una prostituta llamada Fairuza Volenski, dijo. ¿Adónde podemos ir?
No lo sé, dije. A cualquier sitio. Pero no nos movimos, seguimos bebiendo en la calle, temblando, el sudor se enfrió y se convirtió en una invisible escarcha de sal.
Tengo dos amantes, dijo Dani.
Eructé con el puño sobre la boca, saboreé una sombra de vómito. ¿Tú?, dije.
Sí, dijo.
¿Y?
Y nada, dijo. Sólo eso, dos amantes.
¿Quiénes son?, dije.
Dos mujeres, dijo.
Ya, claro, quiero decir que si las conozco.
Dani dudó, separó los labios, los cerró, y al final dijo: Una es mayor que yo. La otra es menor, no mucho. Cuatro o cinco años, creo, que a veces parecen un mundo y otras no parecen nada. La mayor tiene once años más.
Hice cuentas. Silbé. Vaya, dije.
Me gusta, dijo. Es pelirroja. Trabaja en el departamento.
¿Es profesora?
Sí, dijo.
¿Y la joven?
La joven no es profesora, dijo.
Bufé. ¿Quién es la joven?, dije.
No estoy engañando a nadie, dijo. No saben la una de la otra, aunque a veces puedan intuirse, pero no estoy engañando a nadie. La mayor sí engaña a su marido. La joven sólo me tiene a mí, hasta donde sé, pero no le preocupa si hay alguien más.
¿Estás enamorado?
Dani giró la cabeza hacia mí. ¿De quién?
De cualquiera de las dos, dije. De las dos.
No lo sé, dijo. Puede.
¿Y qué vas a hacer?, dije.
Estoy pensando en ello, dijo. Ahora mismo. Todo el rato. Se rascó la coronilla. Sería mejor no pensar tanto.
¿Desde cuándo pasa esto?, dije.
Unos meses, dijo.
Meses, dije. No me cuentas nada.
Y debería contar todavía menos. ¿Cómo te encuentras?, dijo.
Bien, bien, dije. Mejor.
Tiramos las latas a los contendedores entre los que había vomitado. Buscamos otro bar. Le hice más preguntas pero ya no quería seguir hablando del tema. La gente miraba la maleta de Dani y luego nos miraba a nosotros intentando comprender el chiste. Pedimos más cerveza y chupitos de Jack Daniel’s en un local oscuro en el que sonaba música ruidosa. La dextroanfetamina me había arrebatado el malestar y clarificado los pensamientos. Dejé de notar la borrachera y seguí bebiendo alcohol, pero era como no beber nada, como beber agua, como beber aire. Dani me pasó otra tableta.
¿Y tú?, dijo. Entendí la pregunta. Le hablé de Ana, de la larga noche en su sofá, de su bañera escaldándome las canillas, de la fragilidad y la fortaleza que convivían en un cuerpo tan menudo, de lo que me gustaba ese cuerpo, sus líneas, sus planos, sus angulosidades, su blanco de nieve y la media luna aún más blanca de sus ojos entrecerrados al correrse. Le dije que pese a todo no nos queríamos, que por eso nos rondábamos, volvíamos el uno al otro, como gatos malhumorados, como satélites sin órbita que deberían atraerse y chocar y estallar en mil pedazos, pero que eso no sucedía nunca, nos rozábamos, saltaban chispas, se desprendían trozos de piel y de mineral, pero nunca caíamos ni atravesábamos la atmósfera en llamas, sólo persistíamos en nuestras órbitas desorbitadas, pendientes de la posición, de la referencia, para que ninguno fuera demasiado lejos, para que ninguno se perdiera, para que siempre estuviéramos a una llamada, a una visita inesperada, de hacernos un poquito más de daño, de dejarnos nuevas cicatrices, de conseguir querernos de una vez por todas. Me ahorré hablarle de Orlando y de los hombres encapuchados porque me pareció demasiado complicado de explicar, aunque en realidad era lo más sencillo.
A lo mejor sí la quieres, dijo Dani.
A lo peor, dije.
Necesitamos otras mujeres, dijo Dani.
Mujeres, dije.
Sí, ¿qué te parece? Para poner las cosas en perspectiva.
Le dije que me parecía bien. Tú eres el seductor, dije. Yo seré el escudero.
Me miró un segundo muy serio, ponderando la palabra seductor, y luego sonrió. Hubo dos intentos infructuosos, una pareja de chicas que se dejaron saludar y cortejar y se esfumaron tras recibir una llamada telefónica, unas extranjeras borrachas, una media docena de ellas, con las que Dani intentó sin éxito una infiltración, y nos desplazamos al fondo del local donde todo era todavía más oscuro y las música más ruidosa, y yo lo miraba y no lo reconocía, ahora sí me era un desconocido, imposible de distinguir en una multitud, sus nuevos modales, sus nuevas maneras, la cansada cortesía con la que se acercaba a las mujeres, como si pasase por allí y todo, el ritual, la seducción, fuera producto de la casualidad y se gestase por sí mismo, sin que él pudiera hacer nada para evitarlo, sólo seguir los trámites entre divertido y resignado, y me dio un codazo y dijo: Mira esas. Estaban apoyadas en la pared, compartiendo un mini de cerveza, una alta y morena, la otra rubia, bajita, redonda.
Me gusta la morena, dijo Dani.
A mí la morena me parecía vulgar. Me vale la gorda, dije.
Espera aquí, dijo Dani y se acercó a ellas con un cigarrillo sin encender en los labios. No me apetecía acostarme con nadie, en realidad, pero sí añoraba el contacto, la cercanía, y mis sentidos espoleados por la anfetamina reclamaban algo, un roce, una caricia, una vaharada de perfume, el tacto de una nuca en las yemas de los dedos, el cosquilleo de una melena en el dorso de la mano. La idea de follar me daba escalofríos, sólo evocaba viscosidades, pelos enredados, muelas empastadas, extrañeza, suciedad, mi cuerpo tan desnudo y repugnante como cualquier otro cuerpo. Pero cuando Dani me hizo un gesto me acerqué y estaba dispuesto a cualquier salto al vacío, demasiado bebido y demasiado drogado para resistirme a la inercia, al pacto callado y mal asumido de lo que pretende un hombre en un bar, de lo que las mujeres están dispuestas a conceder. La rubia se llamaba Rocío. Su rostro relleno conservaba cierta angulosidad, tenía unos pómulos bonitos y unos ojos claros y grandes. Era más guapa que la morena. Tras cruzar dos frases me di cuenta de que no estaba nada cómoda, intentaba ser simpática, pero rehuía la mirada, mantenía siempre la misma distancia entre nosotros, si yo avanzaba, ella retrocedía, si yo me inclinaba para decirle algo cerca del oído, ella escuchaba y luego contorsionaba el cuello para ponerse fuera de alcance. Acabó con la espalda pegada a la pared y no porque yo la estuviera asediando. Tengo novio desde hace tres años, dijo, extemporánea y rápida, en el segundo que me tomó encender un cigarrillo.
Me encogí de hombros. ¿Y?, dije.
Se ruborizó. Nada, dijo. Que tengo novio desde hace tres años. Lo decía como si fuera un mantra que se hubiera estado repitiendo en su interior. Tengo novio desde hace tres años. Tengo novio desde hace tres años. Para no olvidarlo, para que no perdiera sustancia y realidad. Sus ojos estaban abiertos como si se le viniera encima un tranvía. No te preocupes, dije. Sólo estamos charlando mientras mi amigo y tu amiga se hacen amigos. Ella sonrió. Los miramos. Dani le cuchicheaba algo a la morena. Vi el envase de plástico volver a su bolsillo. La chica se llevó la mano a la boca. Me incliné hacia Rocío: Te avisaré cuando quiera besarte para que puedas escapar. De nuevo el rubor, casi instantáneo, pero no se retiró, y me miró a los ojos.
Tengo que ir al baño, dijo. Se acercó a su amiga y la tomó del brazo y tras decirle algo fueron en dirección a los servicios.
¿Qué le has dicho a la gorda?, me dijo Dani.
¿Qué le has dado a la fea?, le dije.
Dani hizo una mueca. ¿Quieres otra?, dijo. Tomé dos. Un tipo se nos acercó y nos preguntó qué teníamos. Pastillas para la tos, dijo Dani. El tipo ofreció dinero. Son pastillas para la tos, insistió Dani. El tipo nos echó un vistazo detenido. Sí, claro, dijo. Esa cara tenéis. Encendieron las luces del local. Las chicas volvieron.
¿Adónde se puede ir ahora?, dijo Dani. La morena propuso ir a beber cerveza a su piso. Rocío no dijo nada. Prestó atención a las bebidas derramadas y los cigarrillos aplastados del suelo. Dani recuperó su maleta, que había dejado junto a la barra, y las chicas lo miraron desconcertadas.
¿Qué llevas ahí?, le preguntó la morena.
Biblias mormonas, dijo Dani.
En el camino Dani y la morena fueron bromeando y riendo. Yo aproveché un coletazo de la dextroanfetamina para unirme a la conversación. Rocío permaneció silenciosa, caminaba con las manos dentro de una trenca verde, la cabeza gacha. En la calle Fuencarral había una ambulancia detenida. Atendían a un vagabundo que estaba tirado en un portal. Yo no miré pero Dani se detuvo. El profeta, dijo. Reconocí la caja de frutas, tirada en medio de la acera, rota.
¿Lo habías visto antes?, dije. Dani asintió.
¿Y vosotras?
Las chicas se miraron. Lo vimos en El Retiro, dijo Rocío. Hará un par de semanas. Decía que nos íbamos a ir todos al infierno y repartía panfletos. ¿Está muerto?
Sí, dijo Dani.
No, dije yo. Lo subieron a una camilla y lo empujaron dentro de la ambulancia.
Venga, vámonos, dijo Dani. Las chicas vivían en un piso diminuto, una caja de zapatos con tabiques. Dejamos los abrigos colgando en una percha y debajo de ellos la maleta. Dani y yo nos sentamos en un sofá y las chicas trajeron un par de botellas de cerveza y vasos. No llegué a servir mi primer trago cuando la morena le hizo un gesto a Dani y desaparecieron por el pasillo. Hay algo que quiero enseñarte, le dijo. Ya no volvieron. Rocío se sentó muy envarada en una silla.
¿Quieres beber?, dije.
Ella negó con la cabeza. Estoy bien, gracias, dijo. Escuchamos una risa femenina que se elevaba hasta quebrarse. Los tabiques eran de papel. Rocío se alteró, manoteó el mando a distancia que estaba sobre la mesa junto a las botellas, encendió el televisor. En la pantalla apareció una escena pornográfica. Cambió de canal varias veces. Dejó una teletienda con el volumen muy bajito.
Puedes irte a dormir, dije. Yo me quedo en el sofá.
No tengo sueño, dijo, pero no añadió nada más, y quedamos en silencio, observando las posibilidades de un artefacto portátil de ejercicios, las virtudes de una crema antiarrugas basada en la baba de caracol, la inusitada resistencia de un colchón hinchable que aguantaba alternativamente los envites de un oso juguetón y las peripecias de una gimnasta. En la pausa publicitaria hubo más pornografía, anuncios de contactos, vídeos de chicas desnudas para el teléfono móvil. Esta vez no cambió de canal, pero se sentó todavía más rígida y cerró los puños, rosados y regordetes, hasta que palidecieron en los nudillos. Yo notaba mi cuerpo sacudido por impulsos contradictorios, por un lado el cansancio, el madrugón, las horas de oficina, la sensación de haber puesto el cuerpo a más revoluciones de las que era capaz de soportar, y por otro la certeza de la dextroanfetamina que me sostenía, la energía histérica que me mantenía alto como una cometa, con los ojos muy abiertos, deseando moverme, echar a correr, bailar, cualquier cosa, contarle mi vida a esa chica, la pobre Rocío, cuya cerveza me estaba bebiendo, y que me veía sin duda como una fuerza invasora, un intruso que se había apoderado de su sofá, de su diminuto salón, y que además quería bajarle las bragas. Tengo novio desde hace tres años. Tengo novio desde hace tres años. Soy una buena chica. No engaño a mi novio. No me acuesto con desconocidos.
Entonces comencé a hablar. No recuerdo demasiado bien lo que le dije, sé que le hablé de mi vida en Madrid, de mi vida en la ciudad de piedra, cosas sencillas, cosas amables, porque no quería que me viera como un enemigo, como un sátiro, y mi voz no tenía mucho más volumen que el televisor, me salía un rumor grave de la garganta desollada por el humo y cauterizada por la bebida, le conté cómo eran mis días de oficina, mis días festivos, todos días inanes, le conté cómo era estar solo, sin sentir ninguna lástima ni consideración de mí mismo, y ella no dijo nada. El cristal sencillo de una ventana no lograba apagar los sonidos de la calle, una sirena, unas voces de borrachos. La noche progresaba ahí fuera y yo no dejaba de hablar. Me parecía importante que supiera que yo también era un buen chico, que toda mi maldad era venial y cotidiana, o producto de un error, de un azar del que no podía culpárseme. En algún momento se me olvidó con quién estaba hablando. Dirigía mi voz y mi mirada a la condensación que goteaba por las botellas de cerveza, una abierta y mediada, la otra intacta. Ella no era más que una sombra femenina. Cabeceaba de sueño. Me voy a la cama, dijo por fin.
Me despedí de ella, le agradecí el sofá, le pedí que apagase la luz al salir. Ella dudó, se quedó un momento quieta junto al interruptor como si fuera a decir algo. Apagó la luz y murmuró buenas noches desde la oscuridad. Sólo me iluminaba el televisor encendido. Pasé un rato sin moverme, las manos en los muslos. No tenía sueño. Lo único que se me ocurrió hacer fue buscar el cuarto de baño. Atravesé el pasillo a oscuras, guiándome por dos láminas de luz que escapaban bajo las puertas de las habitaciones. El cuarto de baño era también minúsculo, el espacio justo para un lavabo, una taza, un plato de ducha. Oriné y luego me lavé las manos y la cara. Las chicas tenían un jabón verde que olía a manzanas. El espejito me devolvió una mirada inyectada en sangre, dos ojos incandescentes en un rostro pálido y demacrado. Al salir una de las puertas estaba entornada. Primero me apoyé en el marco y esperé. Estaba sentada al borde de la cama, con un par de calcetines enrollados entre las manos. Los apretaba como para exprimirlos. Carraspeé. ¿Puedo pasar?, dije.
Asintió. Me senté a su lado. Una tabla del armazón de la cama crujió. Creo que voy a besarte, dije. Lo quité los calcetines de la mano. Ladeó su rostro hacia mí y no había lascivia ni deseo, pero sí invitación, la invitación que se hace a los asesinos y a los monstruos, la expresión de perplejidad con la que las vírgenes saltan al volcán, suben al altar de sacrificios, descienden un poco borrachas de vino caliente a los sótanos de la baronesa.
Fue como desvestir a una muñeca. Se quedó tendida en la cama. Su piel era muy blanca, pero distinta a la de Ana, de una tonalidad más cremosa, acogedora. La piel de Ana, tensa sobre los magros músculos, era porcelana o mármol. Rocío parecía una promesa de fertilidad. Me puse en pie para mirarla. Comencé a desabrochar mi camisa y ella perdió la mirada en el cielorraso de la habitación. Pidió a hacerlo a oscuras y a oscuras fue como sucedió, brillando su piel y la mía, pálidas ambas, en una fosforescencia casi feérica, y fue entonces cuando la besé y cedió toda ella a la fuerza invasora, el caos exterior, los remordimientos de mañana.
Más tarde llegó la imposibilidad del sueño. Ella me daba la espalda, acurrucada contra la pared. Yo recordaba otra noche igual, insomne junto a un cuerpo que rehuye el contacto, una noche cálida y pegajosa, cuando ya sabía que Violenne no me quería, había intentando decirlo sin decirlo y yo había intentando no enterarme, no saberlo, hacerme el loco, y ninguno de los dos dormía, ni hablaba, ni perdía la rigidez, cubiertos por la misma sábana, temerosos de las pesadillas por venir. Rocío tampoco dormía pero no dijo nada cuando salí de la cama y me vestí en la oscuridad. Ni siquiera se movió. Me serví un vaso de cerveza tibia y desbravada en el salón. El televisor seguía encendido. Miré las noticias inaudibles. Encendí un cigarrillo. Una luz pobre de amanecer entraba por la ventana. Al rato apareció Dani por el pasillo, sin zapatos, el cinturón colgando de la cintura de los pantalones, la camisa abierta. Eh, dijo. ¿No ha habido suerte?
Llevaba la maleta. Apartó con cuidado las botellas y los vasos y la abrió sobre la mesa. Hurgó dentro de ella acuclillado como un gnomo.
Difícil de decir, dije.
Oh, dijo. Sacó una camisa doblada de la maleta y la dejó en la silla que había ocupado Rocío. Vamos a ir a desayunar. Si quieres venir.
No, dije. Creo que me voy a casa.
¿Sí?
Sí. De una vez por todas.
Quizá pase el día con esta chica.
Bien, dije.
¿Vas a ir a ver a tus padres?
¿Cómo?
Estas vacaciones. ¿Te quedas aquí o vas a ver a tus padres o qué?
Ah, dije. Supongo que iré a ver a mis padres.
Entonces nos veremos por allí.
Sí, claro.
Dani.
Qué.
¿Te acuerdas de la chica coja?
Se quedó inmóvil un segundo. Sí, claro, dijo.
Me he acordado de ella.
¿Por qué? ¿Qué le has hecho a la gorda, Javo?
Nada. Tampoco le hicimos nada a la chica coja, ¿no?
Yo desde luego no, dijo.
Llevo unos días pensando en ella. ¿Cuántos años hace?
No lo sé. ¿Cinco? ¿Más?
Puede que más. Fue la primera vez que Violenne... ya sabes.
Sí, ya.
Me incorporé, cogí la cazadora de la percha. Dani había sacado una muda completa y cerró la maleta.
Dani, dije. ¿Qué llevas en la maleta?
Me miró desde abajo, frunciendo el ceño. Luego dijo: Krugerrands sudafricanos.
Nos dimos la mano. Me ha gustado volver a verte, dije.
Dani asintió. Ha sido entretenido.
Hasta la próxima. Sí, dijo. Hasta la próxima.

martes, junio 02, 2009

10

Tercer día de convalecencia – Caverna – Los lotes de los muertos – El destructor de libros – Palabras precisas – La oscuridad de la caverna – La saga sodomita de Wilma Dacroze – Don’t look back

La librería del hombre alto estaba tan cerrada como la whiskería con la que compartía acera. Era la mañana del miércoles, mi tercer día de convalecencia, y yo estaba aterido mirando la persiana metálica sin saber qué hacer a continuación. Le dediqué un cigarrillo completo al tema antes de caer en la cuenta. Rodeé el edificio para entrar por la fachada contraria. El portal estaba abierto, sujeta la puerta con un cartoncito, y una señora fregaba las baldosas. Vaya, dije y me quedé parado en el escalón de la entrada, esperando. La señora me miró de reojo. Pase, dijo. No importa.
Lo siento, dije y di unas zancadas largas por el suelo fregado. La señora suspiró. Borró mi rastro con un movimiento desmayado de la fregona. Toda la escalera olía a productos de limpieza, una mezcla de lejía, amoniaco y ambientador de pino. Los notaba subir por las fosas nasales, fuertes, irritantes, hasta las circunvoluciones de mi lóbulo frontal. La venganza de las limpiadoras, pensé mientras imaginaba mi cerebro liso y pulido por la fricción química o licuándose en una sopa oscura. La enfermedad, pese a mis esfuerzos involuntarios por agravarla, se había ido desvaneciendo, dejando sólo un vago malestar y cierta hipersensibilidad a los estímulos agresivos del mundo exterior. La cafeína me disparaba taquicardias. Los olores propiciaban evocaciones intensas. Era como si por el agotamiento y la fiebre ciertas barreras se dejaran caer y asomase mi verdadera percepción, una visión no tamizada de la realidad, sinestésica y lateral. Había despertado con un sabor azul en la boca.
Llamé a la puerta del librero. Agucé el oído, pero al otro lado no se oía nada. De abajo llegaban los chasquidos húmedos de la fregona. De arriba, del número indeterminado de pisos superiores, nada, un silencio sólido y palpable, un silencio por lo tanto lleno de presencias expectantes. Llamé de nuevo. El timbre producía un chirrido desagradable, como un castañeo de dientes metálicos, un martilleo rápido en una campana rajada. Los sonidos del oso, poco a poco, se fueron filtrando por la puerta, una tos, un rumor de ropas, un arrastrar de pies. Esperé, intranquilo, sumido en penumbra. La luz que entraba en el portal se iba desvaneciendo en la escalera, se adelgazaba en favor de la oscuridad, y el descansillo se convertía en la estrecha galería de una caverna. El interruptor de la pared no funcionaba. El fregoteo se hacía lejano. Como el goteo milenario de una estalactita. La puerta se entreabrió. A ver, quién es, dijo el librero.
Ocupaba todo el vano de la entrada. El piso a su espalda estaba iluminado pero su físico osuno bloqueaba la luz como una segunda puerta, una leve claridad sobre los hombros, el rostro recorrido por largos planos de sombra. Los ojillos parpadearon. Tú, dijo.
Tengo un problema con el libro, dije.
El librero chasqueó los labios. El libro estaba en perfectas condiciones, dijo.
Ya. No es eso.
¿Entonces qué es?
Necesito otro ejemplar.
Exhaló por la nariz. Se rascó una ceja. ¿Te gustaba tanto que te has comido el que tenías?
Me lo robaron.
Se rascó la papada barbuda. Hizo un ruido pastoso con la lengua. Interesante, dijo. Pasa
Se retiró de la puerta. Lo seguí por el pasillo ajedrezado hasta la sala de las tres puertas. Se dejó caer en un sofá de orejas, deformado por el uso, que se ajustó a su enormidad como un guante. Señaló un tresillo desvencijado. Tomé asiento con cuidado. La madera vieja crujió bajo mi peso.
El hombre bostezó y volvió a rascarse. Llevaba la misma bata azul. En fin, dijo. ¿Quién te ha robado el libro?
No lo sé, dije. Un tipo. Perdí de vista el libro un momento, en una cafetería, y cuando volví ya no estaba.
Ajá, dijo. ¿Te robó sólo el libro? Es decir, ¿específicamente el libro o lo llevabas en una mochila o algo así?
Se llevó el libro y una carpeta, lo que había dejado sobre la mesa de la cafetería, dije. Pero qué más da. Lo que necesito es otro ejemplar.
El librero me miró con atención. Los ojos tenía un brillo húmedo, lágrimas de sueño que los encapsulaban sin restarles intensidad. Detrás de la fachada adormecida el librero estaba muy despierto.
Qué curioso, ¿no? Un ladrón de libros. En las cafeterías normalmente roban móviles, gafas de sol... Pero este tipo te roba un libro.
Oiga, dije. Sí que es raro, pero no importa. Lo que necesito es hacerme con otro, si es posible.
Posible, dijo. Puede. Con el tiempo...
Corre algo de prisa.
Frunció el ceño. Ah, ¿sí?
Sí. Bastante.
Chaval, qué mal negociador eres. Ahora te tendría en la palma de la mano, dijo. Extendió una de sus manazas como para mostrarme el lugar en el que me había puesto. Podría exprimirte así de fácil. Cerró el puño.
Ya veo.
Pero no tengo nada con lo que exprimirte, dijo. Como te informé, no tenía otro ejemplar más que el que te llevaste.
Tragué saliva. Mierda, dije. ¿Conoce a alguien que pudiera tenerlo?
No.
Tampoco me lo diría si lo conociera.
¿Por qué no?
Porque así podría hacerse usted primero con el libro y exprimirme.
Se echó a reír. Tenía una risa ronca y grave. Quizá, dijo. No es el caso. Y era sólo una broma, no tengo por costumbre exprimir a nadie. El negocio de los libros de viejo no da para eso. Rara vez me llega un libro verdaderamente valioso, un incunable. Estoy fuera de esas ligas. Yo trabajo con novelas de bolsillo, libros paracientíficos de hace veinte años... Compro lotes a señoras que acaba de enviudar, a los herederos de algún viejo que ha espichado y no saben qué hacer con tanto libro. Ahí entro yo. Puede que algún día me vuelva a encontrar con C. G. Kunis. El mes que viene. Dentro de cinco años. Nunca. He aquí mi promesa, si eso sucede serás el primero de mi lista.
Gracias, dije, aunque no me sentía agradecido. El librero sonreía derrengado en el sillón, muy entretenido. Creo que me voy a ir. No le molesto más.
Oye, dijo el librero. Tranquilo. Qué prisa hay.
Prisa no había ninguna, pero no me sentía cómodo allí. La sala era pequeña, abigarrada por las estanterías repletas de libros, y aunque la luz de la mañana entraba por la ventana, una única ventana de nicho estrecha como una grieta, no perdía la sensación de seguir dentro de una caverna.
¿Qué quiere?, le dije.
Vienes a mi casa, me arrancas de mi merecido descanso, dijo. Qué menos que entretenerme con una historia.
No hay nada que contar. El libro no es mío y me gustaría hacerme con otro para...
El libro no es tuyo, dijo. Oh.
Me detuve. No lo es, dije.
Pero te lo entregué a ti, dijo.
Me sentí incapaz de improvisar una mentira. No soy quien dije que era, dije.
¿Lo ves? Siempre hay una historia.
Mi amigo... Daniel.
Es con él con quien hice el trato, ¿verdad?
Sí. Supongo. En realidad no sé nada. Mi amigo me dijo que viniera haciéndome pasar por él para recoger el libro. Dijo que era una cuestión de confianza.
El librero asintió. Sacó su cajetilla de cigarros de la bata y encendió uno.
Mi amigo es un poco, eh, peculiar. En estos casos casi prefiero no hacer preguntas.
Lo hubiera supuesto, dijo el librero. Incluso si el hombre que medió entre tu amigo y yo no me hubiera dicho que era un chico rubio y flacucho.
Bueno, dije. Lo siento.
Bah, dijo. Carece de importancia. Resulta más intrigante así.
Yo no sabía nada de Kunis. Ni siquiera qué libro venía a buscar.
Sí. No parecías el típico perseguidor de Kunis...
¿Sabe qué había en la carpeta?, dije. En la que me robaron con el libro.
¿Qué había?
Unas fotocopias, dije. De una revista de los años setenta. El Nudo. ¿Le suena?
El librero dio una larga calada. Me miró entre el humo. El Nudo, dijo.
Kunis colaborada con la revista, dije. O quizá más. Publicó en ella por lo menos un poema y varias traducciones.
El librero asintió. Me invitó a seguir hablando. Pero yo no tenía nada más que decir. ¿Qué sabe usted de C. G. Kunis?
¿Qué sabes tú?
Nada, dije. O bastante, pero no mucho que tenga sentido. He encontrado varias biografías. Contradictorias, falsarias o directamente disparatadas. Parece... Mire, a veces me da la sensación de que alguien quiere ocultar a Kunis.
El librero me miró sin hacer un gesto, sin mover un músculo facial, sin respiración aparente.
No es esa la palabra, dije. Difuminar. Enturbiar. Que no pueda saberse con seguridad quién es o fue Kunis, lo que escribió.
Interesante, volvió a decir, pero no parecía interesado. Desvió la mirada, dio una calada al cigarrillo.
¿Usted puede contarme algo?
¿Yo?, dijo. Yo no sé nada. Que los libros de Kunis se venden fácil y rápido. Cierta gente, gente muy diversa, se desvela por ellos. No sé el motivo. Siempre lo he achacado a su rareza y a que Kunis, a fin de cuentas, es un escritor competente...
¿Es?, dije.
El librero parpadeó. Carraspeó. O fue, dijo. Quién sabe.
¿Ha tenido más libros de Kunis? Libros diferentes, no el poemario.
Tuve el libro de relatos... ¿Cómo se llamaba?
La fábrica de universos de Dios, dije.
Eso, dijo. Títulos curiosos.
¿Lo leyó?
Sí. No recuerdo gran cosa. Fue hace mucho tiempo.
¿Y la novela?, dije. En el poemario se menciona una novela en preparación, Búfalos. ¿Llegó a terminarla y publicarla?
No lo sé, dije. Nunca la he visto. Se pasó una mano por la enorme cabeza. Chaval, yo sólo soy el tipo que se hizo con el libro. No soy un experto en Kunis.
¿Dónde lo consiguió?
Suspiró. Por ahí, dijo. En la biblioteca de un difunto. La expurgué a fondo, antes de que lo preguntes. No había nada más de valor. Ni sobre Kunis ni sobre nadie.
Miraba las espirales de humo de su cigarro. El interés que le despertaba la conversación había pasado ya hacía algunas preguntas. ¿Sabes en lo que consiste mi trabajo?, dijo.
En comprar y vender libros, imagino.
En parte, dijo. Principalmente, en destruir libros. ¿Qué te parece? Tengo incluso una pequeña trituradora.
No supe qué decir. Bueno...
Los lotes de los difuntos. La gente vende todo o nada. Es normal, lo que quieren es quitarse de en medio kilos y kilos de papel inútil. Los libros pesan mucho. Más de lo que aparentan. Ni siquiera les interesa el dinero, porque pagar no pago mucho, no podría hacerlo. Sé que si se lo pidiera algunos me pagarían a mí como pagan a los mudanceros o al notario que ejecuta el testamento. Así que me encuentro con docenas de libros sin interés, en pésimas condiciones, deleznables, volúmenes de colecciones que nunca llegaron a completarse, tomos enciclopédicos, noveluchas con las páginas manchadas, rasgadas, cubiertas rotas, lomos descosidos. ¿Qué voy a hacer con ellos? Puede que te parezca mal.
No, no, dije. La verdad...
Pero a veces me siento como si estuviera poniendo a dormir gatitos. ¿No es curioso?
Sí...
Hay que hacer lo que hay que hacer, dijo. Triturarlos todos.
¿Por qué me cuenta esto?, le dije.
El librero no respondió. La brasa del cigarro había ido avanzando y un cilindro de ceniza cayó al suelo. No lo sé, dijo al fin. Es algo en lo que estaba pensando. En los libros que destruiré hoy.
Intenta decirme algo, pensé. Algo diferente a lo que dice, algo, desde luego, no acerca del sacrificio de gatitos ni la trituración de libros desahuciados. Algo para lo que no debe tener las palabras precisas o ganas de buscar esas palabras. Algo, es posible, sobre la desolación, sobre el olvido, y algo, en cualquier caso, que no debe ser asunto mío.
Creo que me voy a ir ya.
Hizo un gesto de indiferencia. Más ceniza fue al suelo. Espero que vuelvas pronto, dijo con una cortesía maquinal, de tendero, y a continuación: ¿Te has dado cuenta de que vivir exige al mismo tiempo ser generoso y no tener piedad?
Estaba incorporándome y quedé congelado a medio movimiento por su pregunta. Con lentitud, con el cuidado y la delicadeza de un anciano o como el que no quiere alterar a un perro guardián, alcancé la verticalidad y dije: No sé qué quiere decir.
¿No?, dijo. Claro que sí.
El panorama era deprimente, las volutas del humo recortándose en el haz de luz de la ventana, mostrando su inquieta anatomía interna, el hombre enorme en bata derrumbado en el sillón, las hileras de libros como refugiados de guerra o presos dispuestos para el cadalso. Adiós, dije.
Sus ojillos de oso me lanzaron una última mirada, ilegible y distante. Caminé por los baldosines blancos y negros. El librero tosió a mi espalda. Sigue buscando, dijo. Su voz llegaba por el pasillo. Miré por encima de mi hombro, pero no podía verlo, sólo el pasillo vacío, el tresillo que había ocupado. Me quedé inmóvil con la mano en el pomo de la puerta, esperando. Olía a polvo, a papel, a café viejo en la cocina. A lo mejor hasta encuentras lo que buscas, concluyó desde la invisibilidad de su sillón de orejas. Abrí la puerta y lo que encontré fue la oscuridad de la caverna.

jueves, mayo 21, 2009

9

Aleksandrovna – Historias de monstruos y ciencia ficción – Una chica en negligé – Santiago y el señor Kurosaki – Polina – El Nudo, los nudos – El libro desaparece – Aprendiendo ruso por el uso – (I live for) Cars & Girls

P. Aleksandrovna, la persona que había colgado el tercer número de El Nudo, respondió a mi correo electrónico para decirme que no sabía nada de C. G. Kunis. Tenía otros ejemplares de la revista y, palabras textuales, la amplia biblioteca de mi padre llena de rarezas y libros olvidados, y les echaría un vistazo. La versión primigenia de Lecciones de revólver siempre le había llamado la atención, aunque no lo suficiente para investigar más. Ahora lo haría, aseguraba. Me gustó cómo escribía, no es que se pueda colegir mucho de un texto de siete u ocho líneas, pero algo puede adivinarse de las frases sencillas, expositivas, sin complicaciones, en cierta fluidez y claridad de ideas, en la tranquilidad con la que se refería a los libros olvidados. Me cayó bien desde el principio. Este correo debí recibirlo más o menos cuando llamaba al portero automático del piso de Ana. El siguiente lo recibí unos cinco minutos antes de llegar a mi apartamento, P. Aleksandrovna había echado un vistazo superficial a sus otros ejemplares de El Nudo y había descubierto de nuevo a Kunis, siempre en funciones de traductor. Firmaba fragmentos de Los campos magnéticos de Breton y Soupault y poemas de Ezra Pound y William Carlos Williams. Eran buenas traducciones, decía, aunque no impecables, como si Kunis no fuera capaz de enajenarse por completo y en determinados versos asomase su propio mundo, sus inquietudes poéticas, arañando lo que debería ser más prístino, más claro, pero que demostraban un dominio aceptable del inglés y el francés.
P. Aleksandrovna. Polina, supuse. La joven pretendida en El jugador, la heredera sin herencia, la amada sin amante. Este sobrenombre y la referencia a la biblioteca paterna me hicieron imaginarla joven, incluso más joven que yo, lo que era improbable, de una fragilidad eslava, propensa a las crisis nerviosas y los retiros en balnearios de la costa, una chica rubia y blanquecina, huesecillos de cristal, fatigando volúmenes demasiado pesados para sus finas muñecas. Pero qué sabía yo. Sería una cincuentona erudita y con gafas anticuadas. Sería un señor con bigote y un secreto gusto por el travestismo. No sería nada que pudiera imaginar.
Le envié un correo en el que le agradecía las molestias y adjuntaba la información que había conseguido sobre Kunis. Como ves, escribí, es un enigma biográfico. Tras eso fui a la cocina y rescaté de la nevera la sopa sobrante, la tomé con pan duro y medicinas, descabecé un sueño breve en el sofá. De vuelta al ordenador, la Aleksandrovna había escrito un nuevo correo, las diversas biografías de Kunis le habían desconcertado. Como yo, daba por más probables los pocos datos que aparecían en El Nudo, la fecha de nacimiento en Madrid, la residencia en París. Añadía que en cuanto volviera a casa, ahora estaba en la facultad, se pondría a investigar en la biblioteca de su padre.
La facultad. Sin pensarlo, escribí una pregunta y se la envié: ¿Profesora o estudiante? Encendí un cigarrillo. Esperé. Respondió a los cinco minutos: Estudiante. Hice filología inglesa y ahora estoy en el último año de la francesa. ¿Y tú?
¿Y yo? Ni profesor ni estudiante. Un insomne. Un fumador compulsivo. Un mal bebedor. Un tipo bastante aburrido. Respondí: Un oficinista con demasiado tiempo libre.
Respondió: ¿Tienes tiempo libre hoy? ¿Te interesa ver las traducciones de Kunis?
Tiempo libre tenía mucho. ¿Interés por las traducciones de Kunis? Lo que tenía era una decisión tomada esa misma mañana de olvidarme del tema. Cavilé unos momentos. También había decidido olvidarme de Ana y en lugar de eso había salido corriendo hacia ella. ¿Qué había conseguido? Nada. Más extrañeza. Además tenía fiebre y un diagnóstico distraído de anemia y depresión. Un montón de motivos razonables para no hacer nada de lo que estaba haciendo, para obligarme a descansar, para meterme en la cama y dejar pasar las horas en la placidez nublada de las medicinas y la enfermedad. Pero todo eso no importaba. Lo que quería hacer era ver las traducciones, lo que quería hacer era desvelar la pequeña incógnita de la Aleksandrovna, lo que quería era seguir despierto y vigilante, lo que quería era hacer lo que me diera la gana y no ir a la oficina ni tener que redactar informes de ofertas, ni tener que peinarme antes de salir de casa y afeitarme por lo menos una vez a la semana, ni estar pendiente de las arrugas de la ropa, de la hora del almuerzo, de los turnos para bajar a la cafetería, de contar las pausas para fumar, de la electricidad estática que recorre la moqueta marrón, de la supervisión de coordinadores, líderes de equipo, subdirectores, adjuntos, asesores, el tedioso infierno de los cargos intermedios, de los correos electrónicos acerca de caudalímetros y artilugios de los que no sabía nada y nada quería saber. Lo que quería era que me dejasen en paz. Lo que quería era escribir historias de monstruos y de ciencia ficción.
La Aleksandrovna me citó en una cafetería del centro a última hora de la tarde. ¿Cómo te reconoceré?, le escribí. Seré la chica con el casco de moto, respondió.
Después pude suspender vigilia y vigilancia un rato y descabezar otro sueño, esta vez tendido sobre la colcha de la cama. No duró mucho. Me despertó el teléfono móvil. Javier, dijo la voz al otro lado. Cómo estás.
Estupendo, dije, la boca pastosa, la cabeza palpitante. Miré a los lados. Durante unos segundos no supe dónde estaba. ¿Qué pasa?
Santiago rió por lo bajo, seguramente a costa de mi voz arrastrada. Nada, amigo, dijo. Me preguntaba si podrías reunirte conmigo.
Carraspeé. Si podría, dije. Creo que no.
Oh, vamos. Hay alguien que quiero que conozcas.
Ya voy a conocer a alguien hoy, dije.
Santiago titubeó. ¿Cómo?
Quiero decir que tengo un compromiso previo.
¿No tienes tiempo para un encuentro rápido?
Consulté la hora. No lo sé, dije. Voy algo justo.
¿Estás en tu apartamento?
Sí.
Hazme un favor. Asómate a la ventana.
Lo hice. La luz de una tarde a finales de diciembre. Un coche negro aparcado en doble fila. Un tipo fumaba un cigarrillo al lado, con la mano apoyada en el techo.
No me jodas, dije.
Espero que no te moleste que...
¿Cómo sabes dónde vivo?
¿Cómo lo sé? Le pedí la dirección a mi secretaria. Te enviábamos a esa dirección las nóminas.
Ya. Me aparté de la ventana. Vi los analgésicos sobre la mesilla y cogí un par.
¿Y qué pasa ahora?, dije. ¿Si no voy ese tipo va a subir a buscarme?
Por dios, claro que no, dijo Santiago. Ha sido una decisión preventiva. Para ahorrar tiempo.
Tragué los analgésicos en seco. Contuve una arcada ruidosa. Santiago no dijo nada. ¿Dónde estás tú?
En una de nuestras oficinas del centro. Mi chofer luego te dejará donde necesites.
No me vas a dejar en paz, ¿verdad?
¿En paz? ¿Estoy turbando la paz de tu vida de civil?
No importa. Voy a verte.
Bien, bien, dijo. Corté la llamada. Unos minutos después estaba en la calle. El chofer me miró salir del portal y apoyó ambos brazos en el techo del coche. Tenía un rostro curtido, la nariz achatada de la manera en que la achatan los puños y los cabezazos, una expresión de relajado aburrimiento.
Eh, dije. Soy Javier.
Monta, dijo el chofer.
Ninguno intentó conversar durante el trayecto. El chofer llevaba una chaqueta marrón cuyas hombreras se le habían levantado al ocupar el asiento, privándolo de cuello. Parecía un sapo gigante. La barriga le tensaba la camisa, pero no estaba gordo, tenía un físico sólido, compacto, de bala de cañón. Mantenía una mano sobre el volante, la otra descansada sobre la palanca de cambios y en ella, entre el índice y el pulgar, un tatuaje borroso, una única palabra que no pude leer. Las oficinas de Santiago no eran tan céntricas como había asegurado. El chofer detuvo el coche frente al portal de un edificio de viviendas. El código es tres, cinco, siete, asterisco, dijo. Márcalo en la entrada. Te abrirán desde arriba. Es el cuarto piso. Segunda puerta. ¿Vale?
Vale, dije. Tras marcar el código la puerta se abrió con un zumbido. Subí en ascensor hasta el cuarto piso. Una chica altísima y rubia me franqueó el paso de la segunda puerta. ¿Vienes a ver a Santiago?, dijo. Tenía acento del este. Sígueme.
La seguí por un largo pasillo. No eran unas oficinas en absoluto. Era un apartamento enorme. Escuché voces femeninas. Por una puerta entornada tuve la fugaz visión de una chica en negligé examinando con atención los dedos de sus pies. Llamó a la última puerta del pasillo. La voz de Santiago invitó a pasar desde dentro. La chica giró el pomo y se apartó. Pasé a una penumbra amarillenta, de luz muy atenuada. Santiago estaba sentado en un sofá con un vaso bajo y ancho en la mano A su lado, en un sillón similar, había un hombre pequeño, vestido de negro, de rasgos orientales. La puerta se cerró a mi espalda.
Santiago permanecía como congelado en un gesto hacia el hombre oriental, sorprendidos en una confidencia, la cara vuelta hacia mí. Las gafas oscuras no dejaban leer nada de su expresión. Por fin, dijo. Su cuerpo se relajó. Agitó el vaso y los hielos en su interior tintinearon. Siéntate, amigo, dijo. Siéntate. ¿Quieres una copa?
No, gracias, dije. Estoy tomando medicinas.
Oh, dijo. ¿Enfermo?
Es sólo un catarro.
Deberías habérmelo dicho. Retrasar esto para otro día.
No pasa nada. Hago de todo menos quedarme en casa.
La salud es importante. Hazme caso. Yo sé lo que es perderla.
Me senté en un sofá frente a ellos. Tenía el mueble bar al lado y me llegó un tenue olor a whisky. Miré al desconocido. Eh, dije. Hola.
El hombre se envaró. Javier, dijo Santiago. Te presento al señor Kurosaki.
El hombre inclinó el cuerpo como único ademán de saludo.
El señor Kurosaki representa nuestros intereses en el Lejano Oriente.
Miré al hombre y luego a Santiago. El Lejano Oriente, dije. Joder.
Un placer conocerle, dijo el señor Kurosaki.
Sí, claro, dije sorprendido. Un placer.
El señor Kurosaki trabaja en la embajada japonesa desde hace años. Habla un perfecto castellano.
Ya veo.
Y, bien, Javier...
Está muy bien esto que te has montado, dije.
¿Perdón?
Esto. Di unos golpecitos en el brazo del sofá.
Oh. Claro.
Oficinas, dijiste.
Por llamarlo de alguna manera. De vez en cuando solvento aquí algunos asuntos de trabajo.
Imagino, dije. Creía que no eras un proxeneta.
Santiago acusó el golpe con una sonrisa torcida. No te equivoques, dijo. Esto es más bien una residencia para chicas. Para nuevos talentos. Ninguna se prostituye.
Parece un picadero de lujo.
Ocasionalmente lo utilizamos como escenario. Más tarde habrá rodaje, si estás interesado en presenciarlo.
Levanté una mano. Compromiso previo, ya te dije.
Tienes razón, dijo Santiago. ¿Te parece si pasamos al tema de la reunión?
¿Qué tema?
Nuestra común amiga, claro. Bebió de su vaso. Una lengua rápida y desvaída recorrió su labio superior.
Ya, dije. Alisé una arruga a lo largo de mi pantalón. ¿Qué hace él aquí?
El señor Kurosaki apenas se movía. Lo único que lo diferenciaba de una estatua era su respiración leve y silenciosa y algún parpadeo robótico.
El tema le compete, dijo Santiago.
¿Por qué?
El señor Kurosaki giró la cabeza hacia mí. Soy el enlace, dijo.
¿Con qué?
Con Japón.
Miré a Santiago.
No te preocupes por eso ahora, dijo. Nos gustaría saber qué has averiguado.
¿Qué he averiguado?, dije. Nada. No trabajo para ti, ya te lo dije. No tengo que averiguar nada ni...
Pero has visto a la chica, dijo Santiago.
Me quedé boquiabierto. ¿Cómo lo sabes?
Santiago descartó la pregunta con un gesto de la mano. Nos preocupamos por ella, Javier. Sólo queremos saber...
¿Cómo sabes que he visto a Ana?
¿Cómo no ibas a verla? Te dije que la chica no estaba bien.
Pero...
¿Acaso me equivocaba? ¿Qué sucedió? ¿Fuiste a ella o ella a ti?
No contesté. Sentí el impulso de levantarme y salir corriendo. Sentí el impulso de cogerlo por las solapas de su traje y sacudirlo hasta sacarle aquellas espantosas gafas de la cara.
En cualquier caso, lo importante es que la has visto, dijo Santiago. ¿Cómo está?
Mal, dije. Miraba al señor Kurosaki. Me sostuvo la mirada. Sus ojos parpadearon. Plic. Plic.
¿Conocemos ya el motivo?
Recordé a Orlando metiéndose la camisa dentro del pantalón. La familiaridad obscena con la que trataba a Ana. No, dije.
Estoy preocupado por ella, dijo.
Es mayorcita, sabes, dije. Y no eres su padre.
Hay algo paternal en lo que siento por ella, dijo. En lo que siento por todos vosotros.
¿Nosotros?
Sí. Los primeros. Los que empezasteis todo esto. Me preocupo.
Dejó el vaso en sobre el mueble bar. ¿Por qué no habría de hacerlo? Os debo mucho. Creo que no he sabido recompensaros. Sobre todo a ti.
Oye, no me debes nada. Cobré hasta mi última nómina. Me fui porque quise.
Sí, sí. No supe retenerte. Igual que no supe proteger a la chica. Ahora está mal y tú trabajas en una oficina. ¿Te has visto en un espejo últimamente? Pareces un fantasma.
Quién fue a hablar.
Santiago sonrió. Llevó una mano moteada de pecas a las gafas oscuras y las retiró. Sus ojos, que había visto muchas veces, me parecieron nuevos. Apretó los párpados. La escasa luz de la habitación los herían. Los ojos de un feto. Unos ojos viscosos, cubiertos de légamo translúcido, cultivados en una cubeta, nunca expuestos antes a la crueldad de los fotones. ¿Recuerdas a Milan?
¿El fotógrafo checo? Sí.
¿Sabes qué está haciendo ahora? Lo que le da la gana. Pagado por mí. Se encarga de la división, digamos, artística. Erotismo, softcore, esas cosas. Vive en Praga. Aquí reside alguna chica descubierta por él que ha querido dar el paso a cosas mayores. Vive bien, nuestro amigo. Así es como debe ser.
No tienes nada parecido para mí, Santiago, dije. Su postura, desfallecido en el sillón, los ojos entrecerrados, la mano laxa que sostenía de una patilla las gafas, trasmitía un repentino abatimiento, una pesadumbre sincera. Bajo su lógica de vampiro tenía sentido. Tampoco puedo ayudarte, concluí. Ni a ti ni a Ana.
No prestó atención a lo último que dije. Ya pensaremos algo, dijo. Algo mejor que tu oficina. De momento, tengo una idea. Pronto empezará el rodaje de la que, espero, se convierta en una exitosa franquicia. Aprendiendo ruso por el uso. La primera entrega ha funcionado muy bien. Te quiero en el equipo.
Pero si yo no sé...
No necesitas saber nada. Estarás allí como mi contacto directo. Eso se rueda sólo. Sólo hay que buscar chicas guapas. Llevarás un par de actores, un cámara, un técnico de sonido. Nada complicado.
¿Llevarlos adónde?
Santiago se puso las gafas de nuevo. Sonrió. La pesadumbre se había esfumado. A Rusia, dijo. Moscú de momento. Aunque sería interesante visitar otras ciudades. Volver con material para dos o tres entregas. Habría que considerarlo. ¿No te interesaría? Unas semanas, quizá un par de meses, viajando por Rusia con los gastos pagados, tratando con bellezas...
Y aprendiendo ruso por el uso, dije.
¿Qué te parece?
Un disparate.
Santiago rió. Miró al señor Kurosaki en busca de complicidad. Hazlo, Javier, dijo. Por ti y por la chica.
Negué con la cabeza. Todo esto es rarísimo, dije. ¿Qué hora es? Voy a llegar tarde.
Santiago tomó el vaso del mueble bar. Piénsalo.
Me puse en pie. Tengo que irme.
Claro. Dile a mi chofer que te lleve donde quieras.
Gracias, dije.
Siempre es un placer reunirme contigo, dijo Santiago. No dejemos que pase tanto tiempo hasta la próxima vez.
Asentí, sin querer comprometerme a más. Adiós. El señor Kurosaki inclinó el cuerpo, mudo, rígido. Me pregunté qué pasaría si le abría la camisa, si el pecho sería liso y hueco como la carcasa de un ordenador, si estaría todo lleno de cables, mecanismos diferenciales, pequeñas dinamos. Por favor, dijo Santiago cuando puse la mano en el pomo de la puerta. Cierra al salir.
La luz del pasillo estaba encendida y me deslumbró. Guiñé los ojos. Salí del apartamento sin levantar los ojos del suelo, para ahorrarme visiones turbadoras en las puertas entornadas, chicas en ropa interior, quién sabe qué más. Afuera era casi de noche. El chofer esperaba fumando un cigarrillo. La chaqueta no le caía bien ni sentado ni de pie. Al verme irguió los hombros. Apostado en la acera, con su rostro aplanado a golpes, un velo de humo teñido de amarillo por las farolas sobre su cabeza, desprendía un aire ominoso, una sensación de amenaza. Supe que cualquier palabra, cualquier gesto, cualquier ápice de información que permitiera le sería referida a Santiago, procesada por el cerebro positrónico del señor Kurosaki, incluida en el perfil psicológico que utilizaban para predecir mis actos, para manipular mi conducta, para hacerme ir una y otra vez hasta Ana. Controlé el espasmo de paranoia. ¿Por dónde queda el metro?, le pregunté.
El chofer dio una calada antes de responder. Calle abajo, dijo. Su expresión ya no parecía ni relajada ni aburrida sino de una frialdad reptiliana.
Bien. Gracias.
Puedo llevarte. ¿Adónde vas?
No importa. Voy mejor en metro.
Una vaharada de humo me llegó deshilachada y leve hasta la cara. Preferiría llevarte, dijo el chofer. Ya que te he traído.
Gracias, pero no, dije.
El chofer sonrió como si tuviera una nueva consideración acerca de mí. Hasta la próxima, entonces.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Me dio la impresión de que no dejaba de mirarme mientras me alejaba calle abajo, pero cuando volví la cabeza el chofer no estaba por ninguna parte.

A la cafetería llegué tarde. No había más clientes que una mujer joven sentada al fondo del local, así que el casco de moto, expuesto convenientemente sobre la mesa, no resultó necesario. Debía rozar los treinta años y llevaba el pelo corto, castaño claro. Escribía en una agenda de tapas negras y junto al casco de la moto, una taza de café, una magdalena medio picoteada, como si sólo le hubiera tirado pellizquitos por tedio más que por apetito, y un libro de cuyas páginas surgían señaladores, tiras de papel adhesivo amarillo y azul. Me acerqué a su mesa y carraspeé. ¿Polina?, dije.
Sus ojos me enfocaron por encima del borde de la agenda. Durante un segundo se quedaron estáticos, calculadores, una arruga de concentración con forma de anzuelo entre las cejas. ¿Javier?, dijo. Una sonrisa diluyó la gravedad de su expresión. La arruga se fue sin dejar rastro.
Sí, sí, soy yo. Llámame Javi.
Sin dejar de sonreír me ofreció la mano y se la estreché un tanto desconcertado. Tenía la mano no muy distinta a como la había imaginado, fina, pálida, con huesecillos de caña, pero no bonita ni delicada. En el dedo índice llevaba un anillo metálico. Siéntate, dijo. Retiró el casco de la mesa y lo dejó en una silla contigua, en la que vi una mochila y un par de guantes de piel.
Tomé asiento. Llego tarde, dije. Perdona.
No te preocupes.
Nos sonreímos. Resoplé. La calefacción estaba encendida y me sofocaba. Bajé la cremallera de mi cazadora. Hace calor, eh.
Y frío ahí fuera, dijo ella.
Un camarero se acercó a la mesa. Parecía un sonámbulo, contagiado de la languidez de la cafetería vacía. Le pedí un café con leche. Otro cliente entró en el local y no pude evitar echar una mirada, esperando ver al chofer, a un hombre encapuchado, cualquier cosa. Era un tipo alto y delgado, con gafas. Pidió una tónica al camarero y se sentó en la mesa que quedaba a mi espalda.
Sabes, dijo ella. No te hubiera reconocido.
Yo estaba mirando la portada de su libro, una edición francesa de Salammbô. En la portada una ilustración de una mujer con los pechos descubiertos, ataviada con oros y sedas de colores. ¿Qué quieres decir?, dije. Si no nos habíamos visto antes.
Ella rió. Ya, ya, claro. Pero te imaginaba diferente. Mayor. Medio calvo. Como un oficinista, vamos. Volvió a reír, nerviosa. No te ofendas.
Dame tiempo. Nos veremos aquí dentro de diez años. A ver qué pinta tengo.
De acuerdo, dijo. Se volvió hacia su mochila. Por lo pronto, aquí tienes.
Sacó una carpeta de cartón y me la ofreció. ¿El Nudo?, dije.
Sí. Fotocopias. Las revistas no están para sacarlas por ahí, sabes. Algunas casi se caen a trozos. Además así te lo puedes quedar.
Abrí la carpeta y le eché un vistazo. Yo también te he traído algo, dije. Para que puedas echarle un vistazo. Antes de salir del apartamento había metido el poemario de Kunis en el bolsillo interior de la cazadora. Lo había llevado todo este tiempo apretado contra las costillas hasta llegar a olvidarme de él. Como el recurso de un guionista perezoso para detener una bala.
Cogió el libro con interés y lo estuvo hojeando mientras yo miraba con mayor atención las fotocopias. En realidad no me servían para nada. No conocía los poemas originales, ni siquiera traducidos, y el estilo de Kunis, los arañazos de los que había hablado la Aleksandrovna, se me escapaban. Servían, eso sí, para dar más entidad al misterio, para definir mejor los contornos de su sombra. Kunis había estado ahí fuera, escribiendo, traduciendo, firmando con su extraño nombre y dejando un rastro reconocible. Quizá todavía lo estaba. Un viejito que recorre despacio las avenidas de París.
El camarero trajo el café con leche en una bandeja. Eh, gracias, dije, y mientras lo removía escuché un tintineo a mi espalda. También había servido al otro cliente su tónica y al ir a pagar una moneda se le había caído de la mano. Llegó rodando hasta mi pie. La recogí y se la devolví al tipo que me miró con ojos miopes y desconfiados tras las gafas. En el cristal izquierdo se apreciaba con claridad media huella dactilar. Gruñó algo por agradecimiento y se echó sobre su bebida como si quisiera meter la cabeza dentro.
La Aleksandrovna tenía el poemario abierto sobre la mesa y escribía en la agenda negra. ¿Qué haces?, dije.
Estoy copiando la cita de Melville, dijo. Me suena, pero no la ubico.
¿Has leído a Melville?
Sí, claro, dijo sin levantar la cabeza. ¿Tú no?
Sonreí. Creo que nada en lo que viniera esa cita. ¿Puede ser de Moby Dick? Lo leí hace tiempo, así que...
No, dijo ella. Me sé Moby Dick de memoria.
Es una novela muy grande.
Pero la tengo muy reciente. Esta cita me suena de una manera más... No sé. Lejana. Puede ser de Billy Bud o Benito Cereno. No lo tengo claro.
¿Hay algo que no sepas?
Soltó el bolígrafo. El anzuelo entre sus cejas había vuelto. Te estoy diciendo que esto no lo sé, dijo.
Tranquila. Era un elogio. Estoy impresionado.
Bueno. Gracias.
Lo que me llama la atención son las revistas. ¿De dónde las sacaste? Nunca había oído hablar de El Nudo.
Eran de mi padre... Eh, espera. Se echó a reír. El Nudo, dijo. Como el nudo de la cita de Melville.
Joder, dije. Es verdad.
Fíjate, dijo ella. Qué curioso.
¿Qué crees que significa?
Se encogió de hombros. A lo mejor bautizó él la revista. Debía ser uno de los fundadores o algo. Lo que está clarísimo es que tenía sus obsesiones definidas. ¿Qué te estaba contando?
Decías que las revistas eran de tu padre.
Ah, sí. Mi padre publicó aquí sus primeros poemas. Sacaron siete números antes de desaparecer sin pena ni gloria. Yo he conseguido cuatro.
¿Tu padre?
Sí. Agustín Dolz.
¿Es posible que conociera a Kunis?
No creo. No era más que un adolescente recién llegado a Madrid desde León.
Pero quizá supo algo de Kunis. Mantuvieron correspondencia, no sé, cualquier cosa...
Eh... Quizá.
Podrías preguntárselo.
Arqueó una ceja. No, no podría.
¿Por?, dije.
A ver... Mi padre murió. Hace años.
Oh, dije. Perdón.
Da igual, dijo. Ha pasado mucho tiempo.
Pro primera vez desde que me senté a la mesa hurtó los ojos. Es mentira, pensé. Ha dicho una mentira. Una mentira pequeñita, no alejada de la verdad, una mentira a la que no acaba de acostumbrarse, una mentira piadosa o menos incómoda que la verdad. Cogió su taza de café, el anillo del índice hizo clic contra el cristal, y bebió un sorbo rápido. Su mínima turbación, que le impedía de momento mirarme, afanándose en cerrar su agenda, ponerle el capuchón al bolígrafo, me permitió mirarla, observar sus facciones. No era guapa, pero uno seguía mirándola, deteniéndose en sus rasgos, a medio camino entre la vulgaridad y lo otro, lo diferente, una suerte de belleza santa, transida, atravesada de dolor de parte a parte, pero ella ya sonreía otra vez y me devolvía la mirada y no tenía el aspecto de sufrir nada, como si le atravesase de una manera tan completa, tan limpia, que no lo sintiese o ya no le estuviera dado distinguir entre el gozo y la desdicha. O quizá no era así en absoluto, quizá no hay más literatura en el mundo que la que aportamos nosotros, y todo eso estaba en mí y no en ella.
Voy a irme, dijo. Tengo un millón de cosas que hacer.
Siento haber llegado tarde...
Tranquilo. No me podía quedar mucho, de todas formas.
Puso el poemario de Kunis sobre la carpeta de las fotocopias.
Termínate el café, ya hablaremos otro día. Cuando descubras algo más sobre Kunis. Se puso en pie y descolgó de una percha en la pared su chaqueta, negra, estrecha, llena de cremalleras plateadas. Ha estado muy bien, dijo.
Lo mismo digo. Si descubres tú algo más, avisa.
Recogió sus cosas, su mochila, su casco, sus guantes. Por supuesto. Todavía tengo que mirar a fondo la biblioteca de mi padre. Seguiremos en contacto.
Me estrechó de nuevo la mano. El gesto masculino seguía dejándome un poco perdido. La miré marchar. No había podido verle las piernas hasta entonces. Los vaqueros negros le sentaban bien. Me volví hacia mi café. Todavía no lo había tocado y estaba frío. Sentí que me dejaba algo. Toqueteé el libro de Kunis, alineé la carpeta en el borde de la mesa, removí el café. Al final salí tras ella. Estaba en la acera de enfrente, montada en la motocicleta, un artefacto oscuro y de manillares altos. Terminaba de ponerse los guantes y me miró sorprendida. ¿Qué pasa?, dijo.
No me has dicho tu nombre, dije.
Primero pareció estupefacta y luego se echó a reír. Reía mucho. Me gustó.
Pero si lo has adivinado tú solito.
¿Qué? Venga ya.
Sí, sí.
¿Polina? No te llamas Polina. Ni de coña.
A lo mejor sí o a lo mejor no.
Seguro que no.
Puede que no. Otro día te lo cuento.
Se colocó el casco y encendió la moto. Adiós, Javier.
Llámame Javi.
Ya descubriré cómo llamarte.
La puerta de la cafetería se abrió. Esperaba que fuera el camarero, porque me había ido sin pagar, pero sólo era el tipo de gafas. Llevaba el abrigo abrochado hasta el cuello. Nos echó un vistazo furtivo y caminó a paso vivo por la acera.
Hasta la próxima, dijo ella.
Sí. Hasta la próxima.
El motor hacía un ruido sordo. Las ruedas crujieron en el asfalto frío. Me hizo un gesto con la mano antes de girar en una esquina. Resoplé. Lo que me faltaba. Otra loca de la que estar pendiente. Entré de nuevo en la cafetería para beber el café, gélido a esas alturas, y leer las traducciones con más detalle. El camarero no me prestó atención. Repasaba con un paño un vaso de cóctel. Al llegar a mi mesa me quedé inmóvil un momento. Miré las mesas de alrededor. Me rasqué la cabeza. Oiga, le dije al camarero. ¡Oiga!
¿Qué pasa?, dijo el camarero.
¿Ha cogido mis cosas?
¿Cómo?
Mis cosas. Un libro y una carpeta. No están.
El camarero negó con la cabeza. Yo no me he movido de aquí.
Qué... Pero... ¿Se ha dado cuenta? ¿Lo ha visto?
El camarero me miró con ojos aletargados. ¿Ver qué?, dijo.
El tío de las gafas me ha robado, le dije. Se ha llevado mis cosas.
Hay que tener cuidado, dijo el camarero y fue como si lo dijera a un millón de kilómetros de distancia. No nos hacemos responsables de los descuidos de los clientes.

viernes, mayo 08, 2009

8

Segundo día de convalecencia – El arbitrio de fuerzas ajenas – Una visión – Futilidades – Orlando otra vez – Acerca del porno y de las chicas que lloran – Acerca del uso de los sombreros – El peor de todos – Un hombre encapuchado – ¡Hazel Morbid en su primera escena interracial! – Balas en Dallas

El segundo día de mi convalecencia desperté tarde y mareado, todavía enfermo. Palma había dejado la calefacción puesta y el apartamento estaba caldeado, un peldaño por debajo del bochorno tropical. En calzoncillos, y como un zombi pálido y aturdido, vagué de mi cuarto a la cocina y luego al salón, recogiendo los objetos que consideraba imprescindibles para mi supervivencia, una manta a cuadros, medio paquete de cigarrillos, una cafetera casi apurada, la novela policíaca, medicamentos diversos, regulé la caldera y me instalé en el sofá. Recordada a la luz del día mi búsqueda nocturna no parecía muy distinta de acostarse borracho con una desconocida, una suma de impresiones confusas, una mezcla de arrebato y languidez, un recuerdo que pasa a través de la neuralgia de la fiebre o la resaca. Había un incluso un deje de culpabilidad, como si además hubiera hurgado en los cajones de la desconocida durmiente, espiado sus bolsillos, consultado su bolso, sin comprender nada ni recordar su nombre, pero sí llevándome sus monedas sueltas. Estaba decidido a olvidarme de C. G. Kunis, el fantasma del escritor se configuraba ya como un laberinto lleno de callejones sin salida, un dédalo de biografías inconciliables. Al contrario de lo que dicen, uno puede resistirse tanto al amor como a la obsesión, no es más que una cuestión de voluntad, igual que uno decide caminar o no hacia el borde del precipicio, entregarse al arbitrio de fuerzas ajenas, el vértigo, la gravedad, las veleidades de otro ser humano. No debería permitirse poner cara de sorpresa en la caída. Yo no necesitaba más obsesiones inútiles, así que me mediqué, tomé algo de café, leí unas páginas de la novela. Afuera lloviznaba y estaba muy oscuro. Hice una pausa en la lectura para encender un cigarrillo, pese a que me dolía la garganta, y me quedé mirando la ventana. Me encontraba bastante mejor, sin fiebre, sólo cansado. Pensé en Ana. La vislumbré, con la misma claridad helada con la que había visto a Kunis la noche anterior, rodeada de todos aquellos objetos de su piso, los cuadros, los juguetes, las perchas, cuya suma era cero. Se miraba las manos y no parpadeaba. Si lo que intentaba era leerlas, aplicarles una quiromancia improvisada, no estaba sacando mucho en claro. Deseé estar a su lado. Deseé tomarla de las manos para que no volviera a mirarlas y a perderse de esa manera. Luego parpadeé y la visión se esfumó y me recordé que no era real, ni esa escena ni la de Kunis en su habitación parisina, sólo eran fantasías, proyecciones de mi frustración, de mis amores perdidos, de mi nula escritura, mis ansias mal colmadas, ridículas pérdidas de tiempo. Así que terminé el cigarrillo con calma, contento de mí mismo, de haber aprendido un par de cosas y ser menos estúpido. Pasaría el día descansando, me recuperaría, pondría en orden los asuntos que había dejado pendientes los últimos días, como cambiar las sábanas, poner una lavadora, barrer mi habitación, incluso podría adelantar algo de trabajo por correo electrónico. Cualquier ocupación que me alejase de las futilidades de Ana y de la literatura. Sonreí. Después tomé una segunda ración de analgésicos, me vestí y salí a la calle dispuesto a encontrarme con ella.

No se me ocurrió llamar antes por teléfono, simplemente me planté en su calle y apreté el botón del portero automático. En mi cabeza ella seguía sentada en el sofá mirándose las manos. Llamé dos veces y dos veces sonó también el timbre en mi visión y vi cómo giraba despacio el cuello, como si no pudiera apartar la mirada sin dificultad de las líneas indescifrables de su palma. Se quedaba mirando a un punto indeterminado, un punto nulo, vacío, justo por encima del falso Roerich. No se movía. Extendí la mano para volver a llamar, pero no me dio tiempo a hacerlo ¿Quién es?, dijo una voz de hombre.
Dudé. ¿Ana?
¿Quién es?, repitió la voz.
¿Es el piso de Ana?
Sí, dijo la voz.
Soy Javier. Javi.
Escuché un sonido rasposo, el micrófono al ser cubierto por una mano o apoyado contra el pecho del propietario de la voz. Pude escuchar una conversación ahogada, un intercambio de frases cortas, rápidas.
Ana está ocupada ahora mismo, dijo la voz al cabo de unos segundos.
¿Ocupada?
Sí. Vuelve más tarde. O mañana.
La voz parecía aburrida, como si la situación le pillase de paso y con ganas de hacer otra cosa.
Tengo que verla, insistí.
Bueno, dijo la voz. Más tarde.
No, dije.
Había comenzado a temblar dentro de la cazadora. ¿De quién era esa voz? ¿Su ex novio? ¿Por qué no hablaba ella? El estómago me dio un vuelco. Un brote de malestar sobrepasó las barreras de los analgésicos. La lluvia iba y venía en rachas flojas de viento. Tenía el pelo y los hombros calados.
Un minuto, dije. O déjame hablar con ella. Sólo eso.
Otro crujido de ropa, una pausa más larga. Dice que subas, dijo la voz por fin.
La puerta se abrió con un zumbido. No me concedí tiempo para reflexionar, para preguntarme qué estaba haciendo, en qué me iba a meter, enfilé las escaleras y subí los escalones de dos en dos. Ella ya me esperaba en la puerta, apoyando una mano en el marco. Hola, dijo.
Eh, dije, sin aliento. Me dio un ataque de tos.
Ella se me quedó mirando. Había algo raro en su expresión. Tragó saliva.
¿Estás bien?, dije entre jadeos.
Frunció el ceño. Estoy bien, dijo. ¿Estás bien tú?
Fenomenal, dije. En realidad tenía ganas de vomitar.
¿Qué te pasa?
A mí nada, dije. Quería verte.
Ajá.
¿Es un mal momento?
No dijo ni que sí ni que no. Hizo un visaje, una mueca de indiferencia. Ya me había fijado antes en su delgadez, pero ahora resultaba todavía más evidente, no era sólo que estuviera más delgada, parecía curtida, atezada, como si hubiera perdido el peso a fuerza de correazos, correazos que le habían dejado la piel tensa de los tambores, una lona demasiado estirada sobre el andamiaje frágil de los huesos. Los ojos le brillaban húmedos y tenía el rostro enrojecido. ¿Estás borracha?, dije.
Soltó una risita. No, dijo. Borracha no.
¿Qué te has metido?
Nada en especial, dijo. Apartó la mirada. Un poco de alegría.
Estiré el cuello y miré a sus espaldas, pero sólo pude ver el pasillo atestado de perchas complicadas. Luego la miré a ella, vestida con el mismo pijama que le había visto el domingo por la mañana, y dije: ¿Quién está contigo?
Ana parpadeó. Observó con detenimiento la punta de sus dedos sobre la madera barnizada del marco. Un amigo, dijo.
Ah, dije. Un amigo.
Sí. Un amigo.
Creía... Nada. Pasaba por aquí, sabes. Estaba en el barrio.
Claro.
Pero ya me voy, no quiero... No quiero molestar. Ya te llamaré un día.
Sí, sí.
Un día que no estés ocupada, dije. Había dejado de mirarla al rostro, miraba más o menos a las altura de sus rodillas. Me volví hacia las escaleras.
Nos veremos.
Ella no dijo nada más y cuando llegué al pasamanos de la escalera se me ocurrió volver a mirarla, permanecía quieta, la expresión idéntica a la de mi visión, y le pregunté, como si no se lo hubiera preguntando hace un minuto, como si no se lo hubiera preguntando antes, ni a ella ni a nadie, como si fuera una pregunta nunca expresada en mi vida, como si por primera vez tuviera sentido hacerla, como si por primera vez fuera necesaria, como si la pregunta saliera recién forjada, intacta, no gastada por el uso, no rebajada por la costumbre, como si la formaran por completo palabras nuevas, palabras iguales que animales desconocidos que abandonan la jungla, diría cubiertos de plumajes hermosos pero son animales de pelo, pequeños y veloces mamíferos, dispuestos a aguantarlo todo, con dientes, con ojos, con garras, con movimientos elásticos, y los animales formaron la pregunta que nadie, por lo menos ella y yo, había escuchado jamás: ¿Estás bien? Y Ana compuso una sonrisa que intentaba decir que sí, que estaba bien, pero era una sonrisa que no tenía ni un poquito de alegría, era una sonrisa que tendía a la histeria, una sonrisa que se resquebrajaba por los bordes, la sonrisa de Hans Rott la mañana en que decidió convertirse en asaltador de trenes, una sonrisa que me puso los pelos de punta. Ana, dije. ¿Puedo pasar?
Ella se abrazó el cuerpo. No sé, dijo.
Déjame entrar, vamos. Quiero conocer a tu amigo.
Se quedó un momento allí, dudando, parpadeó un par de veces y relajó los brazos y se dio la vuelta y entró en su piso. Pero no cerró la puerta a su espalda y esperé una invitación, una frase o una palabra que me franquease el paso, y como no la hubo decidí que el silencio era invitación suficiente y entré en el piso. Esperaban en el salón, Ana junto a la ventana, mirando a la calle, y él sentado a la mesa, tecleando algo en un ordenador portátil. Orlando, dije.
El tipo levantó la cabeza de la pantalla. Llevaba el fedora gris inclinado hacia atrás. Javier, dijo. Javi.
Miré a Ana, pero ella no quitaba los ojos de la ventana y lo que sea que pasara en el exterior, la lluvia, el tráfico, poco más.
Qué tal, amigo, dijo Orlando.
Bien.
Estás empapado, tío, dijo. Quítate la cazadora. Chica, tráele una toalla o algo para que se seque.
Miré a Ana de nuevo. Estoy bien así, dije.
Ya, dijo Orlando. Como prefieras. ¿Qué te trae por aquí?
Le miré a los ojos. Oscuros y pequeños. Cosas nuestras, dije. Entre Ana y yo.
Tamborileó los dedos sobre la mesa. Claro, claro. Tenéis mucha historia vosotros dos. Ana me ha hablado de ti.
Ana suspiró en la ventana.
Ah, ¿sí?
Sí. No sabía que te dedicabas al negocio.
¿Al negocio?
El negocio, claro.
No creo, dije. Viniendo de él, el negocio podía ser cualquier cosa que incluyera tráfico de drogas, proxenetismo, asesinatos a la carta.
¿No? Creo que sí. Tenemos más de un amigo en común. Santiago, por ejemplo.
Ajá. Pues no. Yo no estoy en el negocio. Ahora soy un civil.
Orlando sonrió. He visto tu trabajo. Interesante. Aunque yo me dedico a otra línea. Una línea más dura.
¿Mi trabajo? Yo sólo escribía los textos.
Lo sé, lo sé. Pero a eso me refiero. Orlando se volvió hacia Ana y dijo: ¿Cómo lo llamaba Santiago? ¿Porno sofisticado? ¿Con clase?
No recuerdo, dijo Ana.
Orlando puso cara de asco. Suena muy bonito y todo eso, pero no es más que una patraña. ¿Para qué quiere uno ver porno? Para hacerse pajas. Ya está. No te ofendas, lo que tú hacías estaba bien, pero qué innecesario. Santiago antes tenía las ideas más claras. Se le ha llenado la cabeza de pájaros. Y lo que no son pájaros. ¿Cómo se llama esa mierda que dice que tiene?
Fotofobia, dije.
Orlando se llevó el índice a la sien. De la puta olla, lo que yo te diga.
Ana, dije. ¿Podemos hablar un momento?
Eh, tranquilo, dijo Orlando alzando una mano. Ahora podréis hablar todo lo que os de la gana. Yo ya me iba. Pero ahora estamos hablando tú y yo, Javi. Por cierto, ¿Javi? No me dijiste ese nombre el otro día.
No, no te lo dije. Ana, ¿podemos hablar?
Ana no contestó. Orlando la miró y luego me miró a mí. Ahora hablaréis. No hay prisa. Intenté hacer negocios con Santiago, sabes. Un tipo complicado. No le gustó lo que hacemos. Fue ahí cuando empezó a soltar todas sus chorradas, el porno refinado y no sé qué hostias más. Orlando bufó. Como si yo quisiera trabajar con él. Nos va bastante bien por libre, pero quería trabajar con Ana. Esta niña es la bomba. Fue un acto de cortesía porque ella trabajaba con Santiago. Pedir permiso, digo. Propuse hacer algo a medias. No se puede ser generoso, Javi, te escupen a la cara. Vienen gilipollas como tu amigo Santiago y te escupen a la puta cara.
Con un gesto teatral, como si estuviera largamente ensayado, dio la vuelta al portátil y me enseñó la pantalla. El primer plano de una chica congestionada, con el maquillaje arruinado, bañada en lágrimas y con expresión de angustia. Pude leer la leyenda: Tías guarras follando y llorando en nuestra web. Distribuidas a lo largo de la pantalla miniaturas de otras escenas, estrangulaciones, gargantas profundas, dobles penetraciones, y sobre todos rostros femeninos arrasados, llorosos, manos que se metían en sus bocas, que les pinzaban la nariz, les sujetaban el cuello, las sometían por la cerviz.
¿Qué te parece?
Encantador.
Es todo consentido, dijo Orlando. Lo que supone parte de la gracia. Las mierdas que están dispuestas a hacer algunas tías. Es sorprendente. Al principio se resistían, sabes. Quiero decir, a mitad de la grabación decían basta, ya no más, y nos quedábamos jodidos. Pero aprendí un truco, llevar el dinero en metálico, ponerlo sobre una mesa donde puedan verlo. Si el dinero está ahí, si saben que se irán con él en el bolsillo, aguantan más. No tienes más que señalarlo. ¿No quieres que te la metamos por el culo? Bien. Y quitas unos billetes del montoncito, lo haces más pequeño, y ves cómo cambian de idea con cada billete. Eso también está en los vídeos. A nuestros clientes les gusta casi más que ver mamadas. Pero a tu amigo Santiago no le apetecía que su chica favorita...
Ana soltó una carcajada extemporánea. Ya está bien, dijo, sin dejar de reír.
Orlando me echó una mirada rápida, alzando las cejas. A otra que se le han cruzado los cables, parecía decir.
Dejaos de tonterías, dijo Ana. Hablad de algo divertido.
Tengo fiebre, dije. Estoy muy enfermo.
Ana se echó a reír y al momento Orlando la secundó con una carcajada, pero ni él ni ella se estaban riendo, en los ojos de Ana había una forma discreta de pánico, en los de Orlando, cálculo. Me interesaba lo que Orlando estaba diciendo, dije.
Ana negó con la cabeza. No, no, dijo. Se acercó a Orlando y le quitó el sombrero. ¿Te importa?
Tú misma, dijo Orlando que sin fedora tenía otro aire, menos dañino. Llevaba el pelo muy corto y le clareaba. Ana se puso el sombrero y se lo estuvo probando en diversos ángulos. ¿Así? ¿O así?, preguntaba. Orlando y yo asentíamos y murmurábamos. Ana vino a mí e intentó ponerme en sombrero, pero lo intercepté a tiempo. No, dije. Lo sostuve entre las manos y lo miré.
¿No te gustan los sombreros? Te quedaría bien.
Ya lo sé. Hice girar el fedora. No se trata de eso.
Orlando se recostó en la silla y se pasó la mano por la cabeza. ¿Y de qué se trata?
Lo miré. No se trata de llevar sombrero. Cualquiera sabe llevar sombrero. Dejé de girarlo, lo alcé, ensayé el ángulo que lo llevaría hasta mi cabeza sujetándolo por la copa. Pero lo importante es saber quitárselo.
Los dedos de Orlando hicieron tac, tac, tac en la mesa. Ya veo.
Te descubres ante una dama. No te cubres bajo techo. Son esos los detalles que marcan la diferencia. Es algo más que una cuestión de estilo. Es hacer las cosas como tienen que hacerse, ¿entiendes?
Orlando no dijo nada. Sorbió en seco por la nariz.
Por eso no voy a ponerme el sombrero.
¿Entonces me lo devuelves?, dijo Orlando.
Extendí la mano con el sombrero y Orlando extendió su brazo pero quedaba más de metro y medio entre nosotros y ninguno se movió, ni yo avancé un paso ni Orlando cambió de posición, y al final fue a Ana la que cedió y llevó el fedora de una mano a otra. Orlando ahora sí se incorporó y se caló el sombrero. Ha llegado el momento, dijo. Me largo.
Tenía los faldones de la camisa por fuera, arrugados, y con un gesto ostentoso los metió dentro de la cintura de sus pantalones. Miró a Ana y me guiñó un ojo después. Esta chica te deja baldado, ¿eh?
Ana miró al suelo. Sacudió una pelusa inexistente de su pecho. Orlando le dio un beso en la mejilla. Ahora podréis hablar. Haceros confidencias. Cuéntale cosas, Ana, el chaval quiere oírlas.
No te preocupes, dije. Ella sabe lo que quiere contarme y lo que no.
Orlando rió por lo bajo y pasó a mi lado. Ya nos veremos por ahí, Javi.
Seguro, dije.
Me caes bien.
Sí. Se nota.
Lo dicho. Nos veremos. Adiós, chavales.
Lo escuchamos caminar por el pasillo y la puerta al abrirse y al cerrarse. Ana se dejó caer en la silla. Quedamos en silencio, el extraño todavía entre nosotros, una presencia siniestra. Ella suspiró. Lo que sea que se había metido estaba tirando de ella hacia abajo, hundiéndola muy profundo. ¿Y ahora qué?, dijo.
Lo que tú quieras.
No quiero nada. Me gustaría dormir. Dormir una semana o más.
Buena idea. Yo me voy ya.
No, no, dijo, alarmada. No te vayas.
Yo estaba temblando dentro de la cazadora mojada. Notaba la fiebre subir, el dolor treparme por los músculos de la espalda, enroscándose en el cráneo. Creo que sí, tengo que irme.
No me lo he follado.
¿Qué?
A Orlando. No me lo he follado.
Ya. No es asunto mío.
Le he hecho cosas. Pero no me lo he follado.
Ana. En serio. Déjalo.
Puedo hacértelo también. ¿Quieres que te la chupe?
Carraspeé. No.
No te vayas. Te haré lo mismo que a él. Podemos follar, si quieres. Él nunca me ha follado. Tú sí. Tú muchas veces. Pero él nunca.
Señalé el portátil. ¿Quieres que hablemos de eso?
No, dijo. Bajó la pantalla del ordenador. No hay nada que hablar de eso.
Estaba llorando. Se frotó los ojos con el dorso de la mano.
¿Qué te pasa, Ana?
Nada. Intentó una sonrisa. Estoy drogada y tengo la regla. Quédate conmigo, como la otra noche. No me toques si no quieres, pero no te vayas.
Estoy muy enfermo, de verdad. No era una broma. Tengo que irme a casa y tomarme las medicinas...
Vale, vale, dijo. Vete.
Es mejor que hoy me vaya. Ninguno de los dos está lúcido como para...
Que sí, vale. Lárgate. Qué más dará, joder. Se ladeó en la silla y se puso a mirar otra vez por la ventana. No sé ni para qué has venido.
A verte. Una urgencia que me ha dado de golpe.
¿Y ya se te ha pasado?
Me ha vuelto la fiebre.
Giró la cabeza. Sí que tienes mala cara.
Tengo que descansar. Me voy, pero volveré. Si tú quieres. Llámame cuando estés tranquila, cuando quieras hablar o...
Me cortó con un gesto de la mano. Vete. Déjame en paz.
Ana...
Tú eres el peor, dijo.
Llámame. No seas tonta.
Fuera. Por favor. Largo de aquí.
Me di la vuelta y salí al pasillo. El peor de todos, escuché que decía.

Fuera había dejado de llover. Caminé hacia el metro más cercano arrastrando los pies por los charcos. Me detenía con frecuencia a recuperar el aliento. Lo único que me mantenía en pie era la promesa de más analgésicos al llegar a casa. La sopa que había sobrado de la cena. Unas horas de sueño. Cuando me detuve para descansar delante de una tienda de tebeos, fingiendo que observaba el escaparate, me fijé en una sombra que se reflejaba en el cristal, un tipo que caminaba en la acera contraria y se detenía al llegar a mi altura. Llevaba una capucha echada sobre la cabeza. Me volví pero el tipo echó a caminar otra vez y sólo pude ver que vestía vaqueros y una sudadera gris cuya capucha quedaba justificada por la lluvia que volvía a caer de manera suave y mansa. Sin embargo lo miré hasta que desapareció calle abajo. Aguardé un rato. No dejé de mirar por encima de mi espalda hasta que llegué al metro.

jueves, abril 23, 2009

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C. G. Kunis - ¡Brahms ha llenado de dinamita el tren! – Un interludio de fiebre – La ciudad de los asesinos y los monstruos – Palma cuenta un sueño – Como una lente de hielo – Las varias vidas de C. G. Kunis – París imaginado – A2M – Surf instrumental para separar fases

En la última página del poemario figuraban otras obras del autor, un libro de relatos llamado La fábrica de universos de Dios y Búfalos, una novela en preparación. Me costó encontrar referencias a C. G. Kunis en Internet, las pocas que había estaban sepultadas por entradas y entradas de la actriz de mismo apellido. En un blog literario lo mencionaban de pasada, en una enumeración sin gracia de escritores de leyenda o misteriosos, como un poeta y prosista español del siglo veinte. En un foro preguntaban por Kunis, el poeta desaparecido, a fecha de febrero de dos mil cinco, y a finales de dos mil ocho todavía nadie había respondido a la pregunta. Poca cosa más. Investigar el título del poemario, sin embargo, me llevó a Hans Rott, un compositor austriaco del siglo diecinueve, alumno de Bruckner, compañero de Mahler. Despreciado por Brahms, Rott enloqueció a la edad de veintiún años y tomó un tren al grito de: ¡Brahms ha llenado de dinamita el tren! Murió cuatro años después, internado en un psiquiátrico y enfermo de tuberculosis. Su obra, la que no destruyó antes de morir, se define por los expertos como visionaria, un germen, una semilla de lo que había de venir. Todo esto me hizo ver el poemario de manera diferente, la frase de Rott aparecía citada en todas partes entre exclamaciones, las apropiadas, imagino, para el grito de un loco, para la advertencia histérica de un paranoico, pero Brahms ha llenado de dinamita el tren no llevaba exclamaciones porque no era un grito, era una reflexión, la constatación de un hecho, quizá la única certeza de todo el poemario, viajamos en un tren cargado de dinamita, estamos perdidos. El libro, que no mencionaba a Rott en ninguna parte ni a Brahms más allá del título ni hablaba de composiciones perdidas ni de sinfonías ni de las seminales claves de un arte futuro, declaraba que el músico loco tenía razón y punto.
Eso lo descubrí el domingo. Luego pasé un rato mirando fotografías de Mila Kunis, terminé la antología de ciencia ficción rusa y conseguí dormir algo. Al despertar de madrugada estaba temblando y tenía fiebre. Había soñado con antiguas amantes, con chicas a las que había besado y chicas a las que no me había atrevido a besar. Había soñado con la chica coja y sus calcetines rayados. Hacía años que no pensaba en ella. Años, más bien, en los que me había impedido pensar en ella. Esperé un rato, envuelto en las mantas, y cuando clareó el día y no se me pasaba ni la fiebre ni el temblor fui al salón y tomé algunos medicamentos de Palma al azar. Unas pastillas para el dolor, un jarabe para la tos, un sobre cuyo contenido disuelto sabía a naranjas químicas. Los síntomas del catarro que ya había notado el sábado por la noche se habían confundido durante el domingo con la resaca y ahora sólo quedaban ellos, enseñoreados, dejándome al borde de la alucinación. Llamé a la oficina y les dije que no podía ir a trabajar. Me tumbé en el sofá hasta que los medicamentos hicieran efecto. Escuché a Palma levantarse para ir a trabajar. El ruido de la ducha. El microondas calentando una taza de café. Entró en el salón a coger algo y escuché una exclamación de sorpresa y luego mi nombre, Javo, ¿estás bien?, ¿Javo?, y no me moví ni dije nada y al final me quedé dormido otra vez. A media mañana, sacudido por la fiebre, fumé un par de cigarrillos y bebí café e intenté seguir el hilo de una novela policíaca. Notaba la cabeza hinchada y dolorida, como si fuera a estallarme por las suturas del cráneo. Entre página y página miraba la programación matutina de la televisión y apenas comprendía lo que sucedía en la pantalla. Tomé más medicamentos. Leí sobre crímenes y tiroteos. Jerga angelina de los años cincuenta pésimamente traducida. Los ojos como dos rescoldos o dos piedras calientes que no podía dejar ni cerrados ni abiertos. Volví a leer Lecciones de revólver. De repente la ciudad fantasma podía ser cualquiera. De repente no era la historia de una mujer muerta sino la de un joven perdido, todo fragilidad, todo talento, en la ciudad de los asesinos y los monstruos. O no. Podía ser cualquier cosa. La mujer muerta en Viena. El joven perdido en Madrid. A Kunis, como a Lovecraft, como a Ballard, como a Kafka, como a uno o dos, los mejores, de esos infames beatniks, había que leerlo con fiebre, amarrado a un punto, a un mástil, justo entre la enfermedad y la locura.
Por la tarde fui al médico. El tipo me auscultó, me miró la garganta y habló de un virus molesto pero inofensivo que estaba enfermando a todo el mundo. Mientras me abrochaba la camisa y el médico tecleaba en su ordenador me miró de reojo e hizo un par de preguntas sobre mi dieta y mi nivel de estrés. Utilizó la palabra anemia. Como si pudiera diagnosticarla con un vistazo, leerla en mis ojeras, en mis hombros alicaídos. Me preguntó qué tal dormía. Se lo expliqué. Volvió a mirarme de reojo, sin dejar de teclear, y utilizó la palabra depresión. Le dije que estaba todo bien. ¿Seguro?, dijo. Seguro, le dije. Al final firmó un papel que me permitía ausentarme del trabajo durante tres días. Me dijo que no fumara. Me dijo que no bebiera en exceso. Me dijo que comiera bien. Habló de la calidad de vida, de lo necesario de la alegría y el disfrute, sin quitar los ojos del monitor, monocorde. Le dije que no estaba deprimido. Por supuesto que no, dijo él. Garabateó unas recetas. Consultó una lista y luego apretó el botón de un aparato y dijo el nombre del próximo paciente.
Ya en la calle temí que me diera un vahído. Me vi con total claridad cediendo hacia una papelera en busca de apoyo. Me vi con una rodilla hincada en el suelo y los ojos en blanco. Me vi siendo llevado en volandas al interior del centro de salud. Mantuve el equilibro, ahuyenté la visión. Tomé aire con fuerza. Abrí los ojos de par en par y miré. Una larga avenida en la que corría el viento y las farolas se encendía una a una, los coches detenidos en los semáforos, los últimos vestigios de tarde resbalando hacia poniente, una noche en ciernes tan fría y tan húmeda que cristalizaría el mundo. Una llovizna casi invisible me alivió la frente y los ojos. Sentí que la fiebre cambiaba, no cesaba ni se retiraba, sólo cambiaba, se convertía en otra cosa, una fiebre fría, una fiebre lúcida, como una lente de hielo. No me hacía sentir mejor. De camino al apartamento me detuve en una farmacia para hacerme con las recetas y de paso compré preservativos. No sé por qué. Hacía mucho que no me acostaba con nadie, casi tanto como llevaba sin escribir, como si ambas cosas estuvieran íntimamente relacionadas, miserablemente relacionadas, puede que no entre ellas pero sí con el mismo estado de ánimo, la misma inquietud. Como si ambas respondieran a los mismos arañazos y mordiscos del animal interno.
Palma, al regresar del trabajo, examinó los medicamentos recetados, me dio consejos, afeó mis conductas, mi pésimo abrigo, mi mala alimentación. Hizo sopa para los dos. Tú también estabas enferma, le dije. Pero ya no, contestó. Cenamos viendo la televisión. Yo cabeceaba en el sofá como un anciano. ¿En qué piensas?, dijo. En lo que soñaré esta noche. Siempre sueño cosas muy raras con la fiebre. ¿Qué cosas?, preguntó. Negué con la cabeza. Contadas no tienen gracia.
Ella tenía en las manos el libro de C. G. Kunis. Había leído algunos poemas mientras se hacía la sopa. Había dicho que le gustaban pero que no eran para tanto. La otra noche soñé contigo, dijo. El sábado. ¿Sí? Sí. Era como ver una película, yo no salía en el sueño. ¿Qué pasaba? No mucho. Entrabas en un bar, un sitio mal iluminado, que parecía un vagón de tren, muy estrecho, con banquetas alargadas y mesas bajas. Ibas a la barra y pedías algo al camarero. Yo me daba cuenta de que eso lo había soñado antes, de que sabía lo que iba a pasar, pero no lograba recordarlo. Me distraían detalles, la gente que ocupaba las banquetas, las botellas y vasos en la barra, tus gestos como si llamases a alguien, la música que sonaba, y lo olvidaba todo otra vez antes de llegar a recordarlo. ¿Y qué más pasaba? Llegaba un hombre y te hablaba, un hombre alto, oscuro. ¿Oscuro? ¿Qué quieres decir? No sé. Oscuro. No se le veía bien. ¿Un hombre encapuchado? Palma me miró. No, no encapuchado. No se le veía bien y tampoco escuché lo que decía. ¿Y qué más? Nada más. Me desperté. Estaba en el sofá. Fui al cuarto de baño y entonces vi que no estabas en tu habitación. Sonrió. Estaba medio dormida y me asusté. Pensé que te iba a pasar algo malo o que te había pasado ya. Pero luego fui al cuarto de baño y me metí en la cama y ya me encontraba mejor. No soñé nada más que recuerde. ¿Qué te parece?
Me encogí de hombros. Al rato Palma se fue a acostar y yo me retiré a mi habitación y al ordenador y tecleé de nuevo C. G. Kunis. Busqué con mayor ahínco, di con enlaces rotos, páginas de finales de los noventa que habían quedado como fósiles azules y amarillos, ilegibles e inútiles, y por fin encontré información, pero resultó ser confusa o abiertamente contradictoria. En un blog figuraba un tal Kunis, sin las iniciales, un poeta anarquista que había luchado en la guerra civil española y había desaparecido en Barcelona, durante el asalto al edificio de Telefónica. No consta, decía el texto, que fuera encarcelado o fusilado, sólo desaparecido. Acompañaba al texto un poema de Brahms ha llenado de dinamita el tren, aunque el autor del blog lo refería como extractado de una antología de mil novecientos setenta y tres, sin aportar más datos. Era uno de los poemas más breves y neutros, no de los mejores. El resto del blog carecía de interés, otras cuatro o cinco entradas sobre poetas españoles que parecían copiadas de una enciclopedia de segunda categoría. No se actualizaba desde dos mil cuatro. Escribí un correo electrónico al autor que supe que nunca sería respondido.
Más tarde, ya de madrugada, con la fiebre fría en su apogeo, encontré otro rastro, pero en esta ocasión falaz de manera muy evidente. Otro blog abandonado, de tema literario, que trazaba una semblanza de Kunis claramente inspirada en Leopoldo María Panero. Comprobé que incluso la fecha de nacimiento, año, mes y día, era la misma. Como si se hubieran limitado a sustituir un nombre por otro y a limar algunos datos biográficos. Esto me desconcertó bastante. Parecía un intento deliberado por confundir. Sin embargo, la equivalencia entre Kunis y Panero tenía sentido. Me resultaba más fácil imaginármelo como coetáneo de Panero que como un anarquista de la primera mitad del siglo veinte. No había correo electrónico al que escribir.
Hice una pausa para tomar medicinas y encender un cigarrillo. Estaba agotado, hecho polvo, pero no quería parar. Creo que de no haber estado enfermo, de no haber entroncado la fiebre con los primeros conatos de una obsesión, me habría aburrido mucho antes porque nada de aquello era fácil de encontrar. Alternaba buscadores, pateaba largas y estrambóticas páginas web, foros, blogs, seguía enlaces al azar. El último hallazgo de la noche, el que me pareció más importante, lo hice en un foro, uno de sus hilos se dedicaba a recopilar escaneadas revistas literarias de los años setenta. Encontré a Kunis en el tercer número, que vio la luz en diciembre de mil novecientos setenta y ocho, de la revista El Nudo, dedicado a los poetas malditos. La revista se dividía en dos partes, la primera dedicada a los malditos originales con poemas traducidos al español de Corbière, Desbordes-Valmore, Borel, Artaud, Mallarmé y Rimbaud, y la segunda dedicada a los nuevos malditos, todos españoles y todos, supuse, jóvenes y letraheridos de los setenta, entre los que se contaba a Kunis con una versión incompleta, o primigenia, de Lecciones de revólver. La revista incluía una breve reseña del autor, en la que sólo se decía que Kunis había nacido en España en mil novecientos cuarenta y que actualmente residía en París. Consultando las otras páginas descubrí que también firmaba la traducción de Desbordes-Valmore. Me registré en el foro lo que me dio la oportunidad de enviar un mensaje privado a la persona que había colgado la revista y que firmaba como P. Aleksandrovna.
Cerré los ojos y todavía podía ver como grabadas en las retinas las páginas amarillentas de El Nudo, con sus dobleces, con su tinta desvaída, los versos que se desintegran, se borran, y desde las páginas veía también a C. G. Kunis, encorvado en la penumbra de una habitación parisina, con veintisiete o veintiocho años, pergeñando en unos papeles sus lecciones de revólver, sus mujeres muertas y sus ciudades fantasma, traducciones de poetisas francesas, sostenido apenas por la devoción y el hambre, así lo imaginé o lo quise imaginar, al borde de la desesperación o desesperado ya de pleno, pero escribiendo, escribiendo como si fuera a servir para algo, y en la ventana un París invernal y el vidrio como la lente de hielo, la durísima lente de hielo, que muestra unos árboles de hojas negras y nombre desconocido, los balcones ajenos, las persianas bajadas, las cortinas echadas, las fachadas sufridas de los edificios en un lento amanecer. Abrí los ojos y miré mi habitación y mis libros y mis manos y no entendí nada. Pensé que estaba deprimido y anémico. Pensé que tampoco importaba mucho.

miércoles, abril 01, 2009

6

Ve a casa y duerme un poco – Librerías, whiskerías, locales clausurados – Un espacio diferente – Ex libris – Vastas regiones viscosas y gelatinosas – Brahms ha llenado de dinamita el tren – Hazel Morbid en su primer gang bang – Neat Neat Neat

En la puerta me despidió diciendo: Ve a casa y duerme un poco. No fue una frase exenta de cariño pero también estaba preñada de distancia. Me pregunté si volvería a verla, si esto no había sido más que una pequeña tregua con el olvido obligado de los amantes que ya no lo son, y le di un beso en la mejilla que ella no devolvió. Sin embargo, su mano se aferró a mi codo un segundo y se separó con una caricia por el antebrazo. Bajé a la calle y me detuve en la acera para subir el cuello de la cazadora. Los adoquines salpicados de sal, los árboles pelados, el hielo en los parabrisas de los coches. No había nevado. El cielo seguía oscuro y bajo pero si visto desde el ventanuco de la cocina parecía de película de terror ahora parecía el cielo al final de una película muy triste, una tristeza tranquila y sin aspavientos, pero muy triste, tristísima. Encendí un cigarrillo y levanté la cabeza. Ana estaba en la ventana, tapada a medias por la cortina, e hizo un gesto, un saludo o una despedida, y se retiró. Entonces supe que la volvería a ver, que no habíamos hecho más que comenzar, aunque comenzar qué. La idea me asustó un poco. Como si fuera un signo a interpretar o una encrucijada en la que se decidieran más cosas de las aparentes. Una suerte de destino. Bostecé mirando la ventana vacía y la cortina inmóvil. La falta de sueño me ponía dramático.
Pero me sentía limpio, lúcido, pese al cansancio que me cargaba la espalda y las piernas. Caminé calle abajo, decidido a no volver a casa. No podría dormir y si lo hacía, si descabezaba un sueño por breve que fuese, pasaría la noche en vela. Al día siguiente me arrastraría como un zombi por la oficina. Entré en un bar cerca de Gran Vía y desayuné una tostada y otro café con leche. Entonces, mientras mareaba las páginas de un periódico deportivo, recordé el encargo que me había hecho Dani. Conservaba su mensaje de texto en el móvil, la dirección en la que recoger su libro misterioso, y recordaba vagamente la consulta que hice en un callejero. No estaba lejos. Quizá era temprano para un domingo, no habían dado las once de la mañana, pero me serviría de distracción, mejor que un paseo sin rumbo o echar el rato en una gran superficie hojeando libros y tebeos que no pensaba comprar. Pagué y dediqué unos minutos al callejeo errático, atento al nombre de las calles, dejándome guiar por mi defectuosa brújula interna. Contra mis propios pronósticos, tengo un sentido de la orientación nefasto y muy poco intuitivo, acabé frente a una librería de viejo cuyo emplazamiento coincidía con la dirección indicada. Era una calle estrecha y corta, casi un callejón, un atajo entre dos calles mayores, y la librería tenía a un lado una whiskería y al otro un local clausurado, la puerta cerrada con una plancha metálica cubierta por varias generaciones de carteles de conciertos y espectáculos, convocatorias a manifestaciones, propagandas diversas. Flotaba en la calle un aroma a papel encolado y húmedo. La whiskería estaba cerrada. La librería, sin embargo, tenía la persiana metálica subida a medias. Hola, dije. Toqué con los nudillos en la persiana, la cabeza gacha para mirar. ¿Está abierto?
Alguien tosió dentro de la librería. Gruñó. Pase, dijo una voz de hombre que surgía como de las profundidades de una caverna. La puerta entornada de la librería no parecía la de un establecimiento comercial sino la de una casa antigua, grande y de madera, el barniz y la pintura descascarillados, con llamadores de hierro negro, la cerradura moderna incrustada en el conjunto como un implante quirúrgico y feo, una prótesis metálica obscenamente visible, brillante. Entré a un pasillo iluminado por una bombilla pelada, ambas paredes cubiertas hasta el techo por baldas y libros. Tropecé con una escalerita con ruedas. ¿Oiga?, dije.
Después del pasillo, el mostrador de la tienda, una caja registradora, un ordenador. Los libros se cernían sobre uno, estaban por todas partes, en las paredes, en cajas por el suelo, en pequeñas pilas como torreones que me hicieron pensar en el falso Roerich. Allí el olor del papel era seco y viejo, contundente como una bofetada. Encajada entre dos altas estanterías había una puerta pequeña y por ella salió el hombre. Llevaba una bata azul y una taza de café en la mano. Era muy alto y grueso, la cabeza redonda, una barba reciente y negra que le llegaba hasta los pómulos. Cierto aire de bulldog desorejado. Debía tener unos cuarenta y tantos años. Buenos días, chaval, dijo.
Hola, buenas, dije. ¿Está abierto?
El hombre alzó los hombros y los dejó caer. Como ver el alzamiento y derrumbe de una cadena montañosa. Sí. Por qué no, dijo.
Está usted en pijama, dije.
El hombre me miró un par de segundos y luego dijo: No me digas.
Eh... Sí, bueno, perdone. Venía a por un libro.
Dio un sorbo a la taza de café. Bien. Aquí tenemos montones de libros.
Ya, pero...
¿Qué libro? El hombre dejó la taza sobre el mostrador. Si me dices el título o el autor lo puedo buscar en el cacharro.
A ver, es que... Vengo a por el libro. El libro.
El hombre había encendido el ordenador y sin quitar el dedo del botón me echó otra mirada. Los ojos eran pequeños y negros y en el rostro bulboso, perruno, destacaban con una astucia inesperada, más que los de un perro eran los de un oso saliendo del letargo, sumidos en una lentitud aparente, ficticia, unos ojos fríos, inteligentes, con hambre. El libro, dijo. ¿Qué libro?
El libro.
El hombre carraspeó. ¿Quién eres?
Me llamo... Soy Daniel.
Ajá, dijo. Vale, chaval.
El hombre fue a la entrada y le echó una vuelta a la cerradura. Ven por aquí, dijo. Cogió su taza de café y fue hacia la puerta pequeña por la que había aparecido. Tenía que encogerse y ladearse para pasar. Lo seguí hasta la trastienda, un almacén cuyas dimensiones no logré precisar, no debía ser muy grande y estaba todavía más atestado libros que la tienda en sí, hasta el punto de no verse las paredes, sólo el techo de hormigón desnudo, pero de alguna manera daba la impresión de que se ampliaba tras las estanterías metálicas, que crecía en una forma diferente de espacio, un laberinto fractal, una biblioteca infinita. Me pasé una mano por los ojos, confuso. La falta de sueño, me dije. El exceso de cafeína. Mi tendencia a la alucinación. Pero el hombre, como para confirmar mis temores de espacio inacabable, me llevó hasta otra puerta tras las estanterías, y entramos en un pasillo oscuro, también con libros, pero diferente, el pasillo de una casa, de un apartamento. Las estanterías eran bajas y los libros se apilaban con mayor desahogo. El suelo era de baldosines blancos y negros. No flotaba sólo el olor del papel, también olores humanos, olores de comida, tabaco, productos de limpieza, olores cotidianos. Seguí al hombre hasta una cocina diminuta en la que casi no me atreví a entrar una vez hubo entrado él. Su cabeza quedaba a un centímetro de la lámpara apagada del techo. Me hizo un gesto. ¿Quieres un café, chaval?
No, gracias.
El hombre se sirvió de una cafetera. El café estaba recién hecho, humeaba todavía. Lo bebía solo y sin azúcar. ¿Seguro?
No sé los que llevo ya. Mejor no.
El hombre asintió. Es mi segunda cafetera del día, dijo. ¿Fumas?
Asentí. Sacó una cajetilla del bolsillo de la bata. Eran unos cigarros cortos, oscuros, envueltos en hoja de tabaco. Tomé uno y lo encendí. El hombre se apoyaba en una encimera de piedra con pinta de llevar ahí desde antes de la guerra civil. El fregadero rebosaba ollas y platos sucios. Encendió su cigarro, bebió café, me miró sin decir nada.
Bueno, qué, dije. El humo del cigarro me había desollado la garganta y la voz salió ronca, envejecida.
El hombre bebió café y chasqueó los labios. Normalmente os gusta la conversación, dijo.
Nos gusta la conversación.
Sí. Hacer preguntas. Cómo lo encontraste, cuántos quedan, qué pasó con los demás. Y todos quieren contar su historia, cómo llegaron hasta aquí. Su pequeña epifanía. Su particular viaje iniciático.
Bueno. Yo sólo quiero el libro.
Está bien, está bien, dijo el hombre. Sonrió. La charla no está incluida en el precio. Sigue por el pasillo.
Precedí al hombre hasta una sala de estar. Señaló un butacón. Siéntate.
Sí, dije, pero me quedé de pie. Había tres puertas en la sala, como las de un concurso televisivo, sólo les faltaba estar numeradas. Espera aquí, dijo el hombre y entró por una de las puertas, la central, y la cerró a sus espaldas. La sala también tenía muchos libros que supuse de su colección personal. Miré una estantería. Libros de ocultismo, platillos volantes, teosofía, esoterismos varios. Cogí un ejemplar viejísimo pero en buen estado de Los rituales satánicos del Tercer Reich. Recordaba haberlo leído con doce años. También había libros de Von Däniken y Andreas Faber-Kaiser y El retorno de los brujos y La rebelión de los brujos de Bergier y Pauwels. También otros de autores que no conocía, autores de nombres anglos, rusos, hispanos, con pirámides y ovnis y haces de luz en la portada. Encontré un libro de Charles H. Fort, al que nunca había leído, y lo hojeé. La primera página estaba fechada a bolígrafo en mil novecientos setenta y siete, Buenos Aires, y firmada por un tal Adolfo. Un bolígrafo diferente había subrayado fragmentos del texto. Leí una frase: "¿Admitiremos que en los espacios infinitos flotan vastas regiones viscosas y gelatinosas?" Se me pusieron los pelos de punta. Después me acerqué a la única ventana de la sala y miré el cielo. Seguía igual. Triste.
El hombre volvió a la sala. Llevaba algo en las manos. Toma, dijo. Me entregó un paquete pequeño envuelto en papel de estraza. Por el tacto y el peso supuse que sería el libro.
Échale un vistazo.
No sé qué esperaba, no algo tan pequeño y liviano. Esperaba quizá un volumen grande, enciclopédico, un grimorio encuadernado en piel negra con remaches metálicos, manuscrito con quién sabe qué aberrante mixtura de tinta y sangre. Pero lo que tenía en las manos parecía un pequeño ejemplar de bolsillo. Los pliegues del papel de estraza estaban sellados con celo excepto en uno de sus extremos de forma que cumplía las funciones de un sobre improvisado. Luego, dije.
El hombre arqueó una ceja, el cigarro colgando de la comisura de los labios. ¿No quieres verlo?
No hace falta, ¿verdad?
El hombre se rascó el mentón produciendo un ruido como de fósforo y lija. No, claro. Es el libro.
Está bien. Ahora tengo que irme.
Claro. Por aquí.
En lugar de volver a la tienda el hombre llevó por el pasillo hasta otra puerta y al abrirla vi un descansillo y una escalera. Ha sido un placer, dijo.
Sí, claro, dije. Hasta otra.
Hasta otra, dijo el hombre.
Bajé las escaleras y salí a la calle y entonces me di cuenta de que en ningún momento había tenido que subir. Había entrado al edificio por un bajo, pero acababa de bajar de un primer piso. Guardé el libro en el bolsillo interior de la cazadora. En la ciudad de piedra pasaba igual, entrabas a un edificio y al asomarte por una ventana de la fachada contraria descubrías que estabas en un primero o un segundo o un semisótano. En Madrid no había visto nada parecido. Respiré hondo. No reconocí la calle a la que había salido. Eché a caminar en busca de una parada de metro.

Palma seguía tumbada en el sofá viendo la tele como si no se hubiera movido desde la última vez que la vi. Continuaba en la mesa su despliegue farmacológico pero había retirado los pañuelos de papel arrugados y los vasos con posos de medicamento. Bueno, bueno, dijo. Qué tenemos aquí. ¿Dónde andabas?
Muy largo de contar, dije de pie junto al sofá.
Una noche completita, ¿eh?
Sí. Bastante.
Te lo dije.
¿Qué?
Que fueras encantador. Caía seguro.
¿Quién?
Gloria, ¿no?
Oh, dije. Gloria.
¿Qué pasa?
Que es todavía más largo y raro de contar de lo que pensaba.
¿No estabas con Gloria?
No.
¿Dónde has dormido?
Con Ana.
¿Ana? ¿Qué Ana?
Pues Ana.
¿La chica del porno?
Sí.
Palma se incorporó en el sofá. Me lo tienes que contar ahora mismo.
No pasó nada, dormí en su sofá.
Da igual. Cuéntamelo.
Sonreí. Más tarde. O mañana. Ahora estoy hecho polvo.
Te estás quedando conmigo, ¿verdad? Estabas con Gloria.
Visto en perspectiva, lo hubiera preferido. Pero no.
Hice un gesto de despedida. Voy a caer en coma.
Palma puso los ojos en blanco. Descansa, sí. A saber lo que has hecho.
En mi habitación saqué el libro del bolsillo de la cazadora y lo dejé sobre la almohada. Me descalcé y colgué la cazadora del respaldo de una silla y sin fuerzas para otra cosa me senté en la cama. Cogí el libro envuelto y le di un par de vueltas en las manos, palpando como para leerlo al tacto, y por fin lo extraje del papel de estraza y lo miré. Portada, contraportada y lomo de un color amarillento, oscurecido por el tiempo, sin ornamento ni dibujo ni fotografía, sólo el título y el nombre del autor, Brahms ha llenado de dinamita el tren, C. G. Kunis. Poemario. Ciento y pico páginas. No me sonaba nada, ni el autor ni el libro. Hojeando un poco descubrí que era una primera edición, quizá única, impresa en noviembre de mil novecientos ochenta y tres por Litografías Balmés, sita en Madrid. No figuraba editorial ni ISBN ni depósito legal ni advertencia sobre derechos de autor. Una autoedición, supuse, aunque con ese nombre lo más probable es que fuera una edición pirata de algún oscuro poeta soviético, pero quién querría editar semejante cosa, qué sentido tendría, qué beneficio podría sacarle. ¿Se editaban libros así en el Madrid de los ochenta, sería normal entonces? Seguramente no, pero en realidad no tenía ni idea. Dejé el libro a un lado y cerré los ojos. Todo mi interés por el asunto se había esfumado de repente. Unos minutos después, incapaz de dormir, tomé el libro de nuevo. Leí un poema al azar. Luego leí el siguiente. Fui hasta la primera página y comencé a leer en serio. El poemario se abría con una cita de Herman Melville que no reconocí. No tardé mucho en leerlo completo, menos de una hora, y me quedé con cara de idiota mirando al techo de la habitación como un fiestero demasiado drogado para dormir. Releí algunos poemas, en especial el más extenso, Lecciones de revólver. Eran poemas sin métrica ni rima distinguibles, pero sólidos, compactos, muy narrativos en los momentos que más me gustaron, casi una especie de prosa desarmada o destruida. Me parecieron el jugueteo de un narrador puro con la poesía, un experimento que había salido bien. Poemas que se movían entre el escepticismo, el asco y la depravación, poemas que levantaban la ceja en medio de la orgía y el desastre, dotados de un sentido del humor esquivo, semblanzas y retratos grotescos, alucinados, de gente y de lugares, paisajes que al leerlos por el filtro de C. G. Kunis sólo podían imaginarse explotando, ardiendo, aunque nada se dijera de fuego o explosiones. El autor, por otra parte, me pareció indiscutiblemente español, pese al nombre, como mucho latinoamericano, pero la ciudad descrita, la ciudad que era la protagonista de Lecciones de revólver, no podía ser otra que Madrid. Aparecía en ése y otros poemas como una ciudad fantasma o el fantasma de una ciudad, aunque también podría ser una mujer o podría ser todo un gran engaño, podría no haber ciudad en absoluto ni mujer ni poemas porque hasta los poemas dudaban de sí mismos. Un poemario como una madrugada de niebla, difusa, con las farolas encendidas todavía en la oscuridad, la luz haciendo extraños gestos en la cercanía, borrándose por completo en la distancia.
Volví a la cita de Melville como quien busca una explicación o un culpable:

- ¿Qué anudas ahí, hombre?
- El nudo- fue la breve respuesta sin mirarle.
- Eso parece, pero ¿para qué es?
- Para que otro lo deshaga.


Tócate los huevos, dije.

viernes, marzo 06, 2009

5

Un caballo enfermo – Su cráneo aéreo y leve – Evocaciones breves acerca de viejas películas de terror y ciencia ficción – Desnudo bajo el agua – Hombres encapuchados – El silencio acuático – La polla más grande de la historia del porno – Gotta Gettaway

Tenía la sensación de que algo espantoso había sucedido durante la noche pero al despertar no podía recordarlo. Me dolía la cabeza y la garganta. Recordaba, sin embargo, haber soñado con un caballo. Ana no estaba a mi lado, estaba en la mesa tecleando con lentitud en su portátil. Había dormido vestida, como yo, pero ahora llevaba un pijama y se recogía el pelo con un pañuelo. Hola, dije.
Buenos días, dijo. ¿Te he despertado?
No, dije. Por la ventana, la persiana bajada a medias, se colaba una luz fría y gris. ¿Qué hora es?
Las nueve casi, dijo. Hace un día de perros. ¿Tienes resaca?
Tengo de todo.
Estoy haciendo café. ¿Quieres zumo?
No te molestes. Cogí su paquete de cigarrillos y encendí uno.
Pronto empiezas.
El desayuno de los campeones.
Yo ya no fumo por las mañanas. Me sienta mal.
¿Qué estás haciendo?
Le escribo un correo a una amiga. Lo iba a hacer en mi habitación, pero se conecta peor a Internet ahí. Perdona.
No me has despertado tú, tranquila. Me incorporé en el sofá y tuve un pequeño mareo. Esperé a que se pasase con el cigarrillo en la boca y las manos sobre los ojos. ¿Has dormido bien?, dijo Ana.
Sí. Dentro de lo que cabe.
Yo no he dormido casi. Tú has soñado y todo.
Levanté la cabeza. ¿Cómo lo sabes?
Hablabas en sueños.
Había un silencio antinatural a nuestro alrededor. El silencio de un domingo invernal, los días en los que el mundo parece más que dormido, casi muerto, hibernado durante unas horas, con unos pulmones que no se hinchan, con un corazón que no late, y los sonidos de un coche que pasa por la calle, de una puerta que se cierra, de una voz al otro lado de la pared, son como intrusos irrespetuosos, pequeños recordatorios de que nada se ha detenido y todo sigue en marcha. En aquel silencio, que todavía había de durar, escuchaba incluso el crujido del tabaco al quemarse. ¿Qué decía?, dije.
No se te entendía bien. Le hablabas a alguien.
No recuerdo, dije. He soñado con un caballo, eso sí.
¿Un caballo?
Es como un perro pero más grande y te puedes montar encima...
Gilipollas. ¿Qué hacía el caballo?
No recuerdo. Poca cosa.
Ana se mordió el labio inferior y tecleó en el portátil.
¿Qué haces?
Estoy buscando el significado de tu sueño.
Bufé. Venga ya...
Mira, he encontrado una página... Hay un montón de significados para sueños con caballos. Soñar un caballo blanco que pasta tranquilo es símbolo de prosperidad y buena salud. ¿Qué te parece?
Una tontería.
¿Cómo era tu caballo? ¿Era blanco?
Era oscuro. Pardo o negro. No sé.
¿Lo montabas? Si montas un caballo negro al parecer es señal de mal rollo.
No me digas. Es un simbolismo muy sofisticado.
¿Lo montabas o no?
No. Sólo estaba ahí, en mi habitación. Lo que ya es raro. Daba golpes en las paredes, como si rascara, con las patas delanteras. También se llaman manos en los caballos.
Ajá...
Estaba enfermo, eso sí lo sé.
Ana volvió la vista a la pantalla. Soñar con un caballo enfermo, a ver qué significa...
El caballo era mío pero yo no sabía qué hacía allí metido, en mi habitación, y tampoco recordaba haberme ocupado nunca de él. Haberle dado de comer o beber. Haber hecho nada por el caballo. Por eso estaba enfermo, supongo.
Iba recordando el sueño despacio, volvían detalles borrosos. Heridas que el caballo tenía el vientre, como úlceras secas o cánceres abiertos, chancros, parecidos a los agujeros en la corteza de los árboles muy viejos, pero no me sentía capaz de describir eso.
Así que iba a la cocina, dije. Para darle de comer. En el frigorífico había fresas y las picaba y el caballo las comía de un cuenco. Puedes mirar también qué significa soñar con fresas, si quieres, porque no recuerdo haber tenido nunca fresas en el frigorífico.
Pero Ana ya no estaba mirando nada en el portátil. Me miraba a mí y me miraba muy seria. ¿Qué más pasaba?
No mucho. El caballo comía pero yo pensaba que era demasiado tarde.
¿Tarde para qué?
Para evitarlo. Para solucionarlo. Lo que sea.
Recordé la sensación que había tenido al despertar. Algo espantoso que había sucedido o estaba por suceder. Ana no dijo nada. Sus ojos de nuevo distantes, ciegos o mirando muy lejos, demasiado lejos, a cosas que no quieren y no deben verse.
¿Qué significa soñar con un caballo enfermo?, le dije.
He cerrado la página, dijo y bajó la pantalla del portátil. ¿Quieres un café?
Sí. De acuerdo.
Ana se levantó y fue a la cocina. Recogí algo de ceniza que había caído sobre mi muslo mientras hablaba y tiré el cigarrillo a la lata de cerveza. Me puse en pie con dificultad y caminé con cuidado hasta la puerta de la cocina. Ana preparaba un par de tazas de café. El pantalón del pijama se le ceñía a las nalgas, marcando las costuras de su ropa interior, sus formas menudas, sus muslos delgados pero firmes, pero lo que despertó un prurito del antiguo deseo, el que nunca desaparece, aunque ya no ames, incluso aunque ya odies, fue la manera en que el pañuelo anudado le recogía el pelo, descubriendo el cuello tan blanco, el tenue azul de las arterias dibujado sobre los músculos níveos, los huesecillos de ave que sostenían su cráneo también aéreo, leve. Sabes, dijo alzando la voz. Hueles fatal.
No jodas, dije, levantando un brazo y olisqueando.
Ana se sobresaltó. Joder. ¿Qué haces ahí?
Vengo a por el café.
Haces menos ruido que mi gato.
¿Huelo mal?
Sí. Como un gato sucio.
Culpa tuya... ¿Tienes un gato?
Sí. Bueno, no. Lo tienen mis padres. Toma. Corto de leche y azúcar, ¿verdad?
Gracias. Tomé la taza y di un sorbo.
¿Quieres darte un baño?
Si me voy a ir ya. En cuanto llegue a casa me ducho.
Pero así te despejas. Venga, voy a buscarte una toalla.
No tenía ánimo para discutir nada. Me aparté de la puerta para que saliera y luego entré en la cocina. Dejé la taza en la encimera, llené un vaso de agua y lo bebí de un trago. Apuré el café. La cocina tenía un ventanuco y me entretuve mirando el cielo, oscuro y a ras de los edificios, un cielo de película de terror. Preparé otro café y lo bebí sin pensar en gran cosa, en monstruos y platillos volantes, en estallidos de sangre filmados en tecnicolor.
Me sentía bastante desorientado, como si hubiera viajado en el tiempo, nueve o diez meses atrás, cuando Ana y yo follábamos en la clandestinidad y la urgencia, follábamos borrachos, follábamos con resaca, follábamos en hostales, follábamos los domingos por la tarde, los miércoles de madrugada, nos metíamos mano en bares frecuentados por prostitutas en retirada, por alcohólicos terminales. Al día siguiente sería lunes y a esas horas ya estaría sentado en la oficina, mandando ofertas por correo electrónico, reclamando facturas, chapurreando por teléfono en mi mal inglés. Sólo imaginarlo me dejó hecho polvo. Pero, al mismo tiempo, la rutina forzada de la jornada laboral me seducía. Los horarios inmutables, los madrugones, el estrés, todo eso me regulaba de alguna forma. No dejaba tiempo para pensar, para angustiarme, no dejaba lugar para la extrañeza. Me ayudaba a controlar la bebida y el insomnio. No había borrachera que compensase ocho horas de resaca en la oficina, no era tan divertido. Cuando no podía dormir me quedaba quieto en la cama, mirando el techo, escuchando la emisora fantasma. Sin hacer nada. Sin pensar en nada. Hasta que sonaba el despertador. Por otra parte, el trabajo no estaba mal pagado y con la vida monacal que llevaba conseguía ahorrar bastante dinero. Mis padres, cuando hablaba con ellos por teléfono, me recomendaban comprar un coche, invertir en un piso, trazar un plan hacia algún objetivo. Pero no hay plan. Sólo ocho horas de oficina y borracheras de fin de semana y mirar sin prisas el techo las malas noches que ya nunca son tan malas como solían ser. Era fácil y plácido, como dejarse ir al fondo de una piscina, y al mismo tiempo insoportable, la presión en los oídos, la presión en el pecho, el fárrago en tinieblas del mundo sumergido.
Enjuagué la taza de café. Escuchaba el agua correr en el cuarto de baño y fui hasta allí. Ana estaba sentada al borde de la bañera. A su alrededor, champúes, geles, acondicionadores, cremas diversas para la piel, esponjas, una manopla.
Estás llenando la bañera, dije.
Para que te bañes.
Pensaba que era una forma de hablar. Prefiero una ducha.
Bah, venga. Cuánto hace que no te das un baño, ¿eh?
No lo sé. Mucho. Años.
Ana sonrió y se puso en pie. Báñate, dijo. Verás qué bien.
Salió del cuarto de baño y me quedé un momento inmóvil frente al espejo cada vez más empañado y después me senté como ella al borde de la bañera para quitarme las zapatillas. Seguía pensando en darme una ducha rápida, la idea de bañarme en casa de una chica con la que había compartido tanto pero ya no podía compartir ni cama, apenas un sofá, se me hacía rarísima. Me desvestí despacio, dejando la camisa y los pantalones doblados sobre la tapa bajada del váter. Desnudo ya, la ropa interior también sobre la tapa, me vi reflejado otra vez en el espejo, nublado por el vaho, mi gemelo paliducho y flaco, el asomo de barba que me permitía los fines de semana. Decidí no volver a afeitarme, aunque lo hacía con frecuencia desde que trabajaba en la oficina. Sin barba me reconocía menos, me era más desconocido mi reflejo.
Ana llamó a la puerta. Te traigo una toalla, dijo. ¿Puedo pasar?
Estoy desnudo, dije.
Ana entró con la toalla doblada sobre el antebrazo como una camarera con servilleta. Se me quedó mirando un segundo. ¿Te importa?
No dije nada y le cogí la toalla.
Te he visto así mil veces, eh.
Mil veces, dije.
Por lo menos, dijo intentando una sonrisa.
Pensé en ello mientras desdoblaba la toalla, desnudo y blanco y con frío, sin saber qué hacer. No habían llegado a mil, desde luego, pero cuántas habrían sido, ¿cien acaso? Un par de docenas seguro, una cuarentena a lo sumo, incluso una cincuentena, y no son tantas veces, aunque lo parezca en la memoria, y siempre de desnudez compartida y activa. Esta desnudez inerte, lenta, de pene flácido y luz halógena y cruel, me hacía sentir ridículo, además de vulnerable y desvalido. Entonces la miré y me di cuenta de que ella en su pijama no estaba mejor protegida que yo, igual de desvalida o más. Si la noche anterior me había parecido valiente, alguien que se precipita al vacío inmóvil, sin un gesto, apretando los dientes, ahora ya no, ahora estaba a punto de desmoronarse, un avión de papel el segundo antes de hacerse pedazos en el vendaval.
Puse la toalla junto a la ropa y pasé una pierna sobre el borde de la bañera. El agua estaba muy caliente. Con cuidado, dijo ella. Resbala.
He entrado antes en bañeras, cariño, dije. Me concedí un segundo, con el agua escaldándome las pantorrillas. Está caliente. ¿Qué pretendes, hacer estofado conmigo?
Quejica. Si no está caliente no tiene gracia.
Al sentarme el calor me quitó el aliento, pero en cuanto pasó el impacto comencé a sentirme mejor, mucho mejor. ¿Qué tal?
Creo que he matado a toda una generación de espermatozoides, dije. Joder.
Ana se acuclilló junto a la bañera y me acarició la cabeza. Se está bien, ¿eh?
Se está mejor.
Bien, dijo. Se sentó en el suelo, con la espalda en la pared y encendió un cigarrillo. Sabes, dijo soplando el humo. Si metes la cabeza bajo el agua, escuchas perfectamente lo que pasa en los otros pisos. Sobre todo las voces. No se entiende mucho. Son como voces de fantasmas.
Tú te das muchos baños, ¿no?
De vez en cuando, dijo. Dejó caer la ceniza en el bidet.
Dame una calada, anda.
Toma, dijo acercándome el cigarrillo a los labios.
No tengo las manos mojadas, dije.
Fuma así, dijo. Fuma.
Le di una larga calada con los labios rozando las yemas de sus dedos. Me retiré y expulsé el humo. Ella me miraba con atención. ¿Otra?
Por favor.
De nuevo, sus dedos en mi boca, la larga calada.
Vas a oler como yo, dijo. A mi gel y a mí champú.
Solté el humo. Y a tu tabaco.
El grifo seguía abierto, haciendo crecer un nódulo de espuma junto a mi rodilla, y lo cerré. El agua agitada producía un sonsonete marítimo. Me así las rodillas y acerqué las piernas al pecho. Estiré el cuello para que me diese otra calada.
¿Te puedo contar algo?, dijo.
Lo que quieras.
Es un poco raro, dijo. Miraba la punta del cigarrillo. Dio una calada rápida, sopló el humo sin tragarlo.
Cuenta, dije. Me incliné hacia ella, el codo sobre el borde de la bañera como si fuera la barra de un bar.
Creo que me persiguen.
¿Cómo?
Que me persiguen. Alguien.
Pero... ¿Quiénes? ¿Orlando y el otro?
No, no, ellos no. Son otros. Unos hombres encapuchados.
¿Quiénes son?
No lo sé, dijo. Y no estoy loca, ni lo pienses. Sé lo que he visto.
Has visto a hombres encapuchados seguirte, dije.
Sí. Eso mismo.
¿Cuándo?
Desde hace unas semanas. Al principio... Bueno, piensas que son cosas tuyas. Pero no. Los he vuelto a ver. Me siguen de uno en uno, pero sé que hay varios. Siempre con las capuchas echadas sobre la cara, demasiado lejos.
No entiendo... ¿Qué tipo de capuchas?
Pues capuchas, capuchas de abrigo o de sudadera, dijo. Ese tipo de capuchas.
Ah, vale, dije. Estaba imaginando a hombres envueltos en túnicas negras con ojos rojos y malignos dentro de las capuchas...
Ana me echó una mirada gélida. No te burles de mí, dijo.
No. No me burlo. Perdona.
Me han seguido hasta aquí. Saben dónde vivo. No sé qué quieren.
Apoyé el mentón en el antebrazo. Ya, dije.
No estoy loca, de verdad. No estoy loca.
No creo que estés loca.
No respondió a eso. Le dio otra calada rápida al cigarrillo, mirando los azulejos de la pared contraria. Tengo miedo, dijo.
¿Por eso me llamaste anoche?
En parte, dijo.
En parte.
Sí. En parte.
Ése es tu problema. Que unos hombres con capuchas te persiguen.
¿Te parece poco?
No. ¿Hay algo más?
Vi cómo se le tensaban los músculos del cuello. Qué más quieres que haya, joder, dijo. Qué coño más quieres que haya.
Se puso en pie y salió del cuarto de baño. Me quedé mirando el espacio vacío que había ocupado y luego me eché hacia atrás y sin pensarlo metí la cabeza bajo el agua. Aguanté la respiración un buen rato, escuchando, hasta que no pude más y saqué la cabeza y escupí agua y jabón y tosí. Me froté los ojos. No se escuchaba gran cosa ahí abajo. El rumor de mi sangre, mis latidos aburridos, ninguna voz, ningún fantasma.
Ana trasteaba en otra habitación, sonaba como si arrastrase sillas o muebles. Está como un cencerro, pensé. Tengo que largarme de aquí. Pero no me moví todavía. Escuché los ruidos que hacía, tratando de interpretarlos, el goteo de mi pelo, el agua calmándose tras mi emersión. La espuma crujía como una cosa que se quema.