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Dani llega – La maleta – Absenta en el Nueva Visión – Dextroanfetamina – El seductor y el escudero – Reaparece el profeta – Maldades veniales – Pieles feéricas – El caos exterior – Despedida de Dani – Pornografía vintage al 50% de descuento – The Birdmen
El viernes llegó Dani. Me llamó desde el aeropuerto. Yo todavía estaba en la oficina, así que quedamos en el centro, y cuando me encontré con él ya era casi de noche. Dani no conocía bien la ciudad y decidimos quedar en una cafetería en la que una vez, puede que un año antes o incluso que puede que dos, tomamos café y vasos de agua y combatimos una larga resaca en silencio. Llegué tarde por un asunto de última hora en la oficina. Dani, imaginaba yo, esperaría dentro, pero estaba en la acera, pegado a la pared de la cafetería, mirando la gente que pasaba, la riada de gente de vuelta del trabajo, con sus caras de viernes, a medias entre la fatiga y la expectación, los adolescentes emperifollados para los que comenzaba su breve y nómada recreo nocturno, los universitarios y los jóvenes profesionales que frecuentaban la cafetería como una posta antes de sus cenas y sus fiestas, las parejas que caminaban de la mano bajo las luces de navidad, extrañas como un avistamiento ovni, cuyo resplandor nimbaba de dorado el hálito colectivo de los transeúntes. Estaba tan cambiando y entre tanta gente que no habría sido raro no reconocerlo, pero lo reconocí al instante. Sostenía una maleta en la mano, una maleta vieja y oscurecida por el tiempo, la maleta que uno le imaginaría a un vendedor de corbatas o de baratijas, sortijas de latón, pendientes de cristal coloreado, oros falsos, aparatosos relojes taiwaneses, un tintineo constante en su movimiento. El pelo lo llevaba más largo, peinado hacia un lado, y el rostro pulcramente afeitado. Le protegía del frío un chaquetón negro, severo. Al verme levantó su mano libre como el que intenta detener un taxi. Nos saludamos con la distancia habitual en Dani, un apretón de manos, un palmeo sobre el hombro. Hacía meses que no nos veíamos. Le dije que entrásemos en la cafetería, yo seguía sin recordar sustituir la cazadora por un abrigo y el frío me estaba matando, pero se negó. A otro sitio, dijo. No pienso entrar ahí. Miré al interior de la cafetería por la luna de cristal y no vi nada terrible, sólo las mesas, el trajín de los camareros, las paredes pintadas de un rojo apagado, pero me pareció que tenía razón, no debíamos entrar en semejante sitio, otra vez no.
¿Qué hacemos?, dije.
Caminemos, propuso. Entramos en la riada hombro con hombro y pronto nos separamos, entretenidos en esquivar a los que venían en dirección contraria, sin hablar, él tirando del peso de su maleta, yo con las manos en los bolsillos.
¿Qué llevas en la maleta?, le dije.
Explosivos, respondió. Al abrirse y cerrarse las puertas de las tiendas dejaban salir ráfagas de villancicos. Una juguetería había instalado un surtidor de pompas de jabón en su fachada. Esferas perfectas llegaban desde lo alto y rozaban las cabezas sin romperse, se deslizaban por las largas cabelleras, tironeadas o repelidas por la electricidad estática, se enredaban con las estelas invisibles de los caminantes, desaparecían con algo que era más una implosión que un estallido. Giramos en una esquina y nos internamos por una bocacalle poco concurrida y oscura. Un neón verde parpadeaba anunciando una sauna.
¿Por aquí?, dijo.
Sí. Por qué no. Dejamos atrás la decoración navideña. Las calles se volvieron progresivamente sórdidas. Dani se detuvo, cambió de mano la maleta. Eh, dijo. Ese bar. Se refería a una cervecería venida a menos. Dentro olía a marisco pasado y frituras. El camarero le servía a un cliente un largo chorro de J&B en un vaso de tubo. Ambos nos miraron al entrar. El cliente, un tipo con el pelo grasiento, gris en las sienes, se volvió hacia el camarero y dijo: La perseverancia. Tenía la voz pastosa de los borrachos. Alzó un dedo admonitorio. La paciencia... La madre de la ciencia. ¿Verdad?
Bébete el cubata y cállate, le dijo el camarero. Dani y yo nos colocamos al otro extremo de la barra. Dejó la maleta entre sus piernas. Pedimos un par de cervezas. El borracho nos observó con detenimiento. Hizo un gesto de saludo que fingí no ver. Bueno, cuéntame, dije. ¿Qué tal en Munich?
Dani rozó la espuma de la cerveza con los labios y dejó el vaso en la barra. Ahora debería hacer un elogio de la cerveza alemana, dijo. Mencionar la insustancialidad de lo que nos sirven aquí, pero me da pereza. Considéralo hecho y pasemos a otra cosa, ¿de acuerdo?
De acuerdo, dije. ¿Pero qué tal te ha ido en Munich? Fue vago en la respuesta, poco preciso, mencionó unas conferencias, cierto tedio, una habitación de hotel.
¿Cómo conseguiste que te enviasen a ti?, le dije.
Se encogió de hombros. A alguien tenían que enviar, dijo. Hubiera preferido no ir. El camarero trajo un platillo con aceitunas. Dani las observó en silencio.
Tengo algo que decirte, dije. Sobre C. G. Kunis.
Dani asintió y sacó un paquete de Marlboro Light con la advertencia sanitaria escrita en alemán. Fumó mientras escuchaba la historia, mi visita a la librería de viejo, mis investigaciones nocturnas y febriles, Polina Aleksandrovna y las fotocopias de El Nudo, el robo del libro, la última y extraña conversación con el librero. Hizo algunas preguntas acerca de las biografías de Kunis, acerca de sus contradicciones y evidentes falacias. Después se quedó pensativo, la mirada otra vez en el platillo de aceitunas, intactas, mustias y apagadas. Conseguiré el libro, dije. No sé cómo dejé que me lo robasen.
Dani sonrió. Estabas corriendo tras una chica, dijo. Siempre te pasa más o menos igual. Pero no te preocupes, no tiene importancia.
¿Cómo que no?, dije.
No la tiene, dijo. Ya sé todo lo que hacía falta saber.
¿A qué te refieres?, dije.
Piénsalo, dijo. Es evidente. Sólo faltan los detalles, pero a quién le importan los detalles.
A mí, dije. ¿De qué estás hablando?
Dani me puso una mano en el hombro. Te lo pasarás mejor descubriéndolo por ti mismo, dijo. En cuanto ganes un poco de distancia se te hará evidente, como a mí. Es una conclusión decepcionante y no querrás saber nada más del asunto.
No me jodas, Dani, dije. No me has metido en esto para que...
Te contaré cómo descubrí a C. G. Kunis, pero no ahora, más tarde. Ahora tengo cosas más importantes en las que pensar.
¿Qué cosas? También te las contaré más tarde. Apuró su cerveza de un trago. Vámonos de aquí, dijo. Terminé mi cerveza también y pagamos. Dani levantó la maleta.
¿Qué llevas en la maleta?, le dije.
Armas y drogas, dijo.
¿Quieres que la dejemos en mi piso?
No, dijo. No importa. Quiero beber absenta. ¿Cómo se llamaba ese sitio en el que bebimos absenta?
Nueva Visión, dije.
Vayamos allí, dijo.
Todavía es temprano, hagamos tiempo, dije.
Recorrimos bares al azar. Bebíamos cervezas rápidas y pasábamos al siguiente. Dani, afectado pronto por la bebida, entraba en ellos como si fueran barcos a la deriva, zozobrando en la borrasca, inclinaba el cuerpo contra el peso de la maleta para mantener el equilibrio, los parroquianos lo miraban como a una aparición de otro mundo, una mezcla de predicador cuáquero y ballenero de Nantucket, y llegaba hasta la barra dispuesto a reclamar su arpón, su sombrero, su último trago. Las conversaciones eran confusas. Dani reclamó la destrucción de las pirámides egipcias y de cualquier cosa que ocultase un secreto en su interior. Hay que acabar con la ofensa del misterio, dijo. Aplicar nuestra curiosidad, la necesidad de conocer, como un bisturí, un bisturí láser, una finísima cuchilla de luz que seccione la roca y la carne y desvele el secreto. Y qué si eso nos cuesta la integridad de las pirámides o de la tumba del Emperador Amarillo con sus ríos de mercurio y sus guerreros de terracota, ya llevan demasiado tiempo ahí, llevan milenios, y creo que esta broma ya ha durado demasiado. Decía todo esto y otras reflexiones de corte similar y lo decía en voz alta, igual que si improvisase un púlpito en cada barra pringosa, y en los bares se hacía un silencio pequeño, mínimo, y se reanudaban las conversaciones ajenas, y a Dani le subía una expresión extraña a los ojos al salir a la calle, una expresión que había olvidado o a la que me había desacostumbrado, la manera en que te miraba como si no te conociese, como si te hubiese visto temblar y desvanecerte y volver a aparecer y ya no pudiera estar seguro de quién eras, de qué te había sustituido, como miran los sonámbulos que despiertan en un pasillo oscuro que podría ser cualquier pasillo.
Por fin, razonablemente borrachos, llegamos al Nueva Visión. Pedimos cerveza y absenta. Alisamos billetes sobre la barra. A la camarera le debimos parecer graciosos porque nos sonrió todo el rato. Bebimos la absenta y nos quedamos en silencio, tragando. Tenía un regusto a anís. Noté el rostro y el pecho un golpe de calor. Dejé el vaso en la barra. ¿Me lo contarás ahora?, dije.
¿Qué?, dijo Dani.
C. G. Kunis, dije. ¿Cómo lo descubriste?
Dani asintió. Bebió de su cerveza y sacó un par de cigarrillos. Te lo contaré, dijo y fumamos y escuché su historia, que duró lo necesario para terminar las cervezas y pedir otro par. Sonaba música surf, un contraste feliz con el mundo exterior, frío, navideño y estéril. Cuando Dani terminó de hablar se quedó mirando el televisor tras la barra. Coches de carreras se deslizaban sin sonido en la pantalla, tomaban curvas embarradas, salían del plano como si cayeran por el abismo del fin del mundo. Yo me apoyaba en una columna desconchada para no caer también. La absenta me había emborrachado por completo. Ese hombre, dije. ¿Se llamaba Amadís Dudú?
Dani me miró frunciendo el ceño. No, dijo. ¿Por qué iba a llamarse así? ¿Quién se llama así?
Ah, dije.
Dijo que se llamaba Pierre Menard, dijo Dani. Como si no fuera a pillar el chiste, sabes, como si sólo él...
Tengo que ir al meadero, le interrumpí. Dijo algo que no escuché. El local estaba lleno de gente y me moví en una masa densa de brazos, piernas, abrigos a medio quitar, bufandas desplegadas, llegaban helados de la calle y se sofocaban en el ambiente mal ventilado, se desvestían como amantes apresurados, dando codazos, con torpeza, se enganchaban los pendientes en el cuello de las sudaderas y los jerséis. Tropecé, alguien me empujó, seguí caminando. Uno de los servicios estaba inutilizable, la taza destruida, y en el otro no había luz. Oriné con la puerta entreabierta. Leí las pintadas de las paredes, firmas, consignas políticas, palabrotas, dibujos de penes y de tetas, me detuve en una incompleta, escrita con rotulador grueso en el techo: Run for your... ¿Corre por tu qué?, Dije. Un tipo gruñó a mi espalda. Se había formado cola. Salí del servicio. Busqué a Dani pero no lo vi por ninguna parte. Transpiraba, el sudor me resbalaba por las sienes, me pegaba la ropa al cuerpo. Me dieron ganas de gritar. ¡Corred! ¡Corred! ¡Brahms ha llenado de dinamita el tren! ¡Corred! Dani me tiró del brazo. Eh, dijo. ¿Qué té pasa?
Nada, dije.
Estás desencajado, dijo.
Estoy borracho como una cuba, dije. Creo que voy a vomitar.
Vamos fuera, dijo. Se abrió paso con la maleta por delante. En la calle el frío me alivió, pero no lo suficiente. El rostro de Dani brillaba y tenía el pelo rubio oscurecido y pegado al cráneo.
¿Mejor?, Dijo.
Negué con la cabeza. Me tambaleé unos pasos y vomité entre dos contenedores. Dani suspiró. A tu edad, dijo. Escupí. En mi vomitona no había nada sólido. La boca me sabía a cerveza y bilis.
Tenemos que ir a casa, dije. Estoy fatal. Me sujetaba el estómago con las manos. Contuve una arcada.
Componte, dijo Dani. Parece que te han pegado un tiro. Me miraba como a un niño caprichoso. Ahora te sientes mejor, ¿verdad?
Un poco, dije. Dejó la maleta a mi lado y se acercó a un chino que vendía latas y bocadillos. Compró dos cervezas.
¿Puedes beber?, dijo.
No debería.
Debes, dijo. Hazme caso, soy el hombre medicina.
Cogí la lata y la abrí. La espuma me chorreó por los dedos. El olor renovó la náusea. Es importante que no vuelvas a vomitar, dijo. Metió la mano dentro de su chaquetón y sacó un envase de plástico negro, como un carrete fotográfico. Le quitó la tapa con los dientes. Guardó su lata de cerveza en el bolsillo del chaquetón. La mano, pidió. La extendí. Dejó caer un par de tabletas blancas.
¿Qué es?
Dextroanfetamina, dijo. Bájalas con cerveza.
Obedecí. Dani tomó otras dos. Bebió cerveza y se quedó pensativo mirando un grupo de fiesteros que bajaba la calle. Cerró el envase y lo devolvió al interior del chaquetón.
¿Qué llevas en la maleta?, Le dije.
Los restos de una prostituta llamada Fairuza Volenski, dijo. ¿Adónde podemos ir?
No lo sé, dije. A cualquier sitio. Pero no nos movimos, seguimos bebiendo en la calle, temblando, el sudor se enfrió y se convirtió en una invisible escarcha de sal.
Tengo dos amantes, dijo Dani.
Eructé con el puño sobre la boca, saboreé una sombra de vómito. ¿Tú?, dije.
Sí, dijo.
¿Y?
Y nada, dijo. Sólo eso, dos amantes.
¿Quiénes son?, dije.
Dos mujeres, dijo.
Ya, claro, quiero decir que si las conozco.
Dani dudó, separó los labios, los cerró, y al final dijo: Una es mayor que yo. La otra es menor, no mucho. Cuatro o cinco años, creo, que a veces parecen un mundo y otras no parecen nada. La mayor tiene once años más.
Hice cuentas. Silbé. Vaya, dije.
Me gusta, dijo. Es pelirroja. Trabaja en el departamento.
¿Es profesora?
Sí, dijo.
¿Y la joven?
La joven no es profesora, dijo.
Bufé. ¿Quién es la joven?, dije.
No estoy engañando a nadie, dijo. No saben la una de la otra, aunque a veces puedan intuirse, pero no estoy engañando a nadie. La mayor sí engaña a su marido. La joven sólo me tiene a mí, hasta donde sé, pero no le preocupa si hay alguien más.
¿Estás enamorado?
Dani giró la cabeza hacia mí. ¿De quién?
De cualquiera de las dos, dije. De las dos.
No lo sé, dijo. Puede.
¿Y qué vas a hacer?, dije.
Estoy pensando en ello, dijo. Ahora mismo. Todo el rato. Se rascó la coronilla. Sería mejor no pensar tanto.
¿Desde cuándo pasa esto?, dije.
Unos meses, dijo.
Meses, dije. No me cuentas nada.
Y debería contar todavía menos. ¿Cómo te encuentras?, dijo.
Bien, bien, dije. Mejor.
Tiramos las latas a los contendedores entre los que había vomitado. Buscamos otro bar. Le hice más preguntas pero ya no quería seguir hablando del tema. La gente miraba la maleta de Dani y luego nos miraba a nosotros intentando comprender el chiste. Pedimos más cerveza y chupitos de Jack Daniel’s en un local oscuro en el que sonaba música ruidosa. La dextroanfetamina me había arrebatado el malestar y clarificado los pensamientos. Dejé de notar la borrachera y seguí bebiendo alcohol, pero era como no beber nada, como beber agua, como beber aire. Dani me pasó otra tableta.
¿Y tú?, dijo. Entendí la pregunta. Le hablé de Ana, de la larga noche en su sofá, de su bañera escaldándome las canillas, de la fragilidad y la fortaleza que convivían en un cuerpo tan menudo, de lo que me gustaba ese cuerpo, sus líneas, sus planos, sus angulosidades, su blanco de nieve y la media luna aún más blanca de sus ojos entrecerrados al correrse. Le dije que pese a todo no nos queríamos, que por eso nos rondábamos, volvíamos el uno al otro, como gatos malhumorados, como satélites sin órbita que deberían atraerse y chocar y estallar en mil pedazos, pero que eso no sucedía nunca, nos rozábamos, saltaban chispas, se desprendían trozos de piel y de mineral, pero nunca caíamos ni atravesábamos la atmósfera en llamas, sólo persistíamos en nuestras órbitas desorbitadas, pendientes de la posición, de la referencia, para que ninguno fuera demasiado lejos, para que ninguno se perdiera, para que siempre estuviéramos a una llamada, a una visita inesperada, de hacernos un poquito más de daño, de dejarnos nuevas cicatrices, de conseguir querernos de una vez por todas. Me ahorré hablarle de Orlando y de los hombres encapuchados porque me pareció demasiado complicado de explicar, aunque en realidad era lo más sencillo.
A lo mejor sí la quieres, dijo Dani.
A lo peor, dije.
Necesitamos otras mujeres, dijo Dani.
Mujeres, dije.
Sí, ¿qué te parece? Para poner las cosas en perspectiva.
Le dije que me parecía bien. Tú eres el seductor, dije. Yo seré el escudero.
Me miró un segundo muy serio, ponderando la palabra seductor, y luego sonrió. Hubo dos intentos infructuosos, una pareja de chicas que se dejaron saludar y cortejar y se esfumaron tras recibir una llamada telefónica, unas extranjeras borrachas, una media docena de ellas, con las que Dani intentó sin éxito una infiltración, y nos desplazamos al fondo del local donde todo era todavía más oscuro y las música más ruidosa, y yo lo miraba y no lo reconocía, ahora sí me era un desconocido, imposible de distinguir en una multitud, sus nuevos modales, sus nuevas maneras, la cansada cortesía con la que se acercaba a las mujeres, como si pasase por allí y todo, el ritual, la seducción, fuera producto de la casualidad y se gestase por sí mismo, sin que él pudiera hacer nada para evitarlo, sólo seguir los trámites entre divertido y resignado, y me dio un codazo y dijo: Mira esas. Estaban apoyadas en la pared, compartiendo un mini de cerveza, una alta y morena, la otra rubia, bajita, redonda.
Me gusta la morena, dijo Dani.
A mí la morena me parecía vulgar. Me vale la gorda, dije.
Espera aquí, dijo Dani y se acercó a ellas con un cigarrillo sin encender en los labios. No me apetecía acostarme con nadie, en realidad, pero sí añoraba el contacto, la cercanía, y mis sentidos espoleados por la anfetamina reclamaban algo, un roce, una caricia, una vaharada de perfume, el tacto de una nuca en las yemas de los dedos, el cosquilleo de una melena en el dorso de la mano. La idea de follar me daba escalofríos, sólo evocaba viscosidades, pelos enredados, muelas empastadas, extrañeza, suciedad, mi cuerpo tan desnudo y repugnante como cualquier otro cuerpo. Pero cuando Dani me hizo un gesto me acerqué y estaba dispuesto a cualquier salto al vacío, demasiado bebido y demasiado drogado para resistirme a la inercia, al pacto callado y mal asumido de lo que pretende un hombre en un bar, de lo que las mujeres están dispuestas a conceder. La rubia se llamaba Rocío. Su rostro relleno conservaba cierta angulosidad, tenía unos pómulos bonitos y unos ojos claros y grandes. Era más guapa que la morena. Tras cruzar dos frases me di cuenta de que no estaba nada cómoda, intentaba ser simpática, pero rehuía la mirada, mantenía siempre la misma distancia entre nosotros, si yo avanzaba, ella retrocedía, si yo me inclinaba para decirle algo cerca del oído, ella escuchaba y luego contorsionaba el cuello para ponerse fuera de alcance. Acabó con la espalda pegada a la pared y no porque yo la estuviera asediando. Tengo novio desde hace tres años, dijo, extemporánea y rápida, en el segundo que me tomó encender un cigarrillo.
Me encogí de hombros. ¿Y?, dije.
Se ruborizó. Nada, dijo. Que tengo novio desde hace tres años. Lo decía como si fuera un mantra que se hubiera estado repitiendo en su interior. Tengo novio desde hace tres años. Tengo novio desde hace tres años. Para no olvidarlo, para que no perdiera sustancia y realidad. Sus ojos estaban abiertos como si se le viniera encima un tranvía. No te preocupes, dije. Sólo estamos charlando mientras mi amigo y tu amiga se hacen amigos. Ella sonrió. Los miramos. Dani le cuchicheaba algo a la morena. Vi el envase de plástico volver a su bolsillo. La chica se llevó la mano a la boca. Me incliné hacia Rocío: Te avisaré cuando quiera besarte para que puedas escapar. De nuevo el rubor, casi instantáneo, pero no se retiró, y me miró a los ojos.
Tengo que ir al baño, dijo. Se acercó a su amiga y la tomó del brazo y tras decirle algo fueron en dirección a los servicios.
¿Qué le has dicho a la gorda?, me dijo Dani.
¿Qué le has dado a la fea?, le dije.
Dani hizo una mueca. ¿Quieres otra?, dijo. Tomé dos. Un tipo se nos acercó y nos preguntó qué teníamos. Pastillas para la tos, dijo Dani. El tipo ofreció dinero. Son pastillas para la tos, insistió Dani. El tipo nos echó un vistazo detenido. Sí, claro, dijo. Esa cara tenéis. Encendieron las luces del local. Las chicas volvieron.
¿Adónde se puede ir ahora?, dijo Dani. La morena propuso ir a beber cerveza a su piso. Rocío no dijo nada. Prestó atención a las bebidas derramadas y los cigarrillos aplastados del suelo. Dani recuperó su maleta, que había dejado junto a la barra, y las chicas lo miraron desconcertadas.
¿Qué llevas ahí?, le preguntó la morena.
Biblias mormonas, dijo Dani.
En el camino Dani y la morena fueron bromeando y riendo. Yo aproveché un coletazo de la dextroanfetamina para unirme a la conversación. Rocío permaneció silenciosa, caminaba con las manos dentro de una trenca verde, la cabeza gacha. En la calle Fuencarral había una ambulancia detenida. Atendían a un vagabundo que estaba tirado en un portal. Yo no miré pero Dani se detuvo. El profeta, dijo. Reconocí la caja de frutas, tirada en medio de la acera, rota.
¿Lo habías visto antes?, dije. Dani asintió.
¿Y vosotras?
Las chicas se miraron. Lo vimos en El Retiro, dijo Rocío. Hará un par de semanas. Decía que nos íbamos a ir todos al infierno y repartía panfletos. ¿Está muerto?
Sí, dijo Dani.
No, dije yo. Lo subieron a una camilla y lo empujaron dentro de la ambulancia.
Venga, vámonos, dijo Dani. Las chicas vivían en un piso diminuto, una caja de zapatos con tabiques. Dejamos los abrigos colgando en una percha y debajo de ellos la maleta. Dani y yo nos sentamos en un sofá y las chicas trajeron un par de botellas de cerveza y vasos. No llegué a servir mi primer trago cuando la morena le hizo un gesto a Dani y desaparecieron por el pasillo. Hay algo que quiero enseñarte, le dijo. Ya no volvieron. Rocío se sentó muy envarada en una silla.
¿Quieres beber?, dije.
Ella negó con la cabeza. Estoy bien, gracias, dijo. Escuchamos una risa femenina que se elevaba hasta quebrarse. Los tabiques eran de papel. Rocío se alteró, manoteó el mando a distancia que estaba sobre la mesa junto a las botellas, encendió el televisor. En la pantalla apareció una escena pornográfica. Cambió de canal varias veces. Dejó una teletienda con el volumen muy bajito.
Puedes irte a dormir, dije. Yo me quedo en el sofá.
No tengo sueño, dijo, pero no añadió nada más, y quedamos en silencio, observando las posibilidades de un artefacto portátil de ejercicios, las virtudes de una crema antiarrugas basada en la baba de caracol, la inusitada resistencia de un colchón hinchable que aguantaba alternativamente los envites de un oso juguetón y las peripecias de una gimnasta. En la pausa publicitaria hubo más pornografía, anuncios de contactos, vídeos de chicas desnudas para el teléfono móvil. Esta vez no cambió de canal, pero se sentó todavía más rígida y cerró los puños, rosados y regordetes, hasta que palidecieron en los nudillos. Yo notaba mi cuerpo sacudido por impulsos contradictorios, por un lado el cansancio, el madrugón, las horas de oficina, la sensación de haber puesto el cuerpo a más revoluciones de las que era capaz de soportar, y por otro la certeza de la dextroanfetamina que me sostenía, la energía histérica que me mantenía alto como una cometa, con los ojos muy abiertos, deseando moverme, echar a correr, bailar, cualquier cosa, contarle mi vida a esa chica, la pobre Rocío, cuya cerveza me estaba bebiendo, y que me veía sin duda como una fuerza invasora, un intruso que se había apoderado de su sofá, de su diminuto salón, y que además quería bajarle las bragas. Tengo novio desde hace tres años. Tengo novio desde hace tres años. Soy una buena chica. No engaño a mi novio. No me acuesto con desconocidos.
Entonces comencé a hablar. No recuerdo demasiado bien lo que le dije, sé que le hablé de mi vida en Madrid, de mi vida en la ciudad de piedra, cosas sencillas, cosas amables, porque no quería que me viera como un enemigo, como un sátiro, y mi voz no tenía mucho más volumen que el televisor, me salía un rumor grave de la garganta desollada por el humo y cauterizada por la bebida, le conté cómo eran mis días de oficina, mis días festivos, todos días inanes, le conté cómo era estar solo, sin sentir ninguna lástima ni consideración de mí mismo, y ella no dijo nada. El cristal sencillo de una ventana no lograba apagar los sonidos de la calle, una sirena, unas voces de borrachos. La noche progresaba ahí fuera y yo no dejaba de hablar. Me parecía importante que supiera que yo también era un buen chico, que toda mi maldad era venial y cotidiana, o producto de un error, de un azar del que no podía culpárseme. En algún momento se me olvidó con quién estaba hablando. Dirigía mi voz y mi mirada a la condensación que goteaba por las botellas de cerveza, una abierta y mediada, la otra intacta. Ella no era más que una sombra femenina. Cabeceaba de sueño. Me voy a la cama, dijo por fin.
Me despedí de ella, le agradecí el sofá, le pedí que apagase la luz al salir. Ella dudó, se quedó un momento quieta junto al interruptor como si fuera a decir algo. Apagó la luz y murmuró buenas noches desde la oscuridad. Sólo me iluminaba el televisor encendido. Pasé un rato sin moverme, las manos en los muslos. No tenía sueño. Lo único que se me ocurrió hacer fue buscar el cuarto de baño. Atravesé el pasillo a oscuras, guiándome por dos láminas de luz que escapaban bajo las puertas de las habitaciones. El cuarto de baño era también minúsculo, el espacio justo para un lavabo, una taza, un plato de ducha. Oriné y luego me lavé las manos y la cara. Las chicas tenían un jabón verde que olía a manzanas. El espejito me devolvió una mirada inyectada en sangre, dos ojos incandescentes en un rostro pálido y demacrado. Al salir una de las puertas estaba entornada. Primero me apoyé en el marco y esperé. Estaba sentada al borde de la cama, con un par de calcetines enrollados entre las manos. Los apretaba como para exprimirlos. Carraspeé. ¿Puedo pasar?, dije.
Asintió. Me senté a su lado. Una tabla del armazón de la cama crujió. Creo que voy a besarte, dije. Lo quité los calcetines de la mano. Ladeó su rostro hacia mí y no había lascivia ni deseo, pero sí invitación, la invitación que se hace a los asesinos y a los monstruos, la expresión de perplejidad con la que las vírgenes saltan al volcán, suben al altar de sacrificios, descienden un poco borrachas de vino caliente a los sótanos de la baronesa.
Fue como desvestir a una muñeca. Se quedó tendida en la cama. Su piel era muy blanca, pero distinta a la de Ana, de una tonalidad más cremosa, acogedora. La piel de Ana, tensa sobre los magros músculos, era porcelana o mármol. Rocío parecía una promesa de fertilidad. Me puse en pie para mirarla. Comencé a desabrochar mi camisa y ella perdió la mirada en el cielorraso de la habitación. Pidió a hacerlo a oscuras y a oscuras fue como sucedió, brillando su piel y la mía, pálidas ambas, en una fosforescencia casi feérica, y fue entonces cuando la besé y cedió toda ella a la fuerza invasora, el caos exterior, los remordimientos de mañana.
Más tarde llegó la imposibilidad del sueño. Ella me daba la espalda, acurrucada contra la pared. Yo recordaba otra noche igual, insomne junto a un cuerpo que rehuye el contacto, una noche cálida y pegajosa, cuando ya sabía que Violenne no me quería, había intentando decirlo sin decirlo y yo había intentando no enterarme, no saberlo, hacerme el loco, y ninguno de los dos dormía, ni hablaba, ni perdía la rigidez, cubiertos por la misma sábana, temerosos de las pesadillas por venir. Rocío tampoco dormía pero no dijo nada cuando salí de la cama y me vestí en la oscuridad. Ni siquiera se movió. Me serví un vaso de cerveza tibia y desbravada en el salón. El televisor seguía encendido. Miré las noticias inaudibles. Encendí un cigarrillo. Una luz pobre de amanecer entraba por la ventana. Al rato apareció Dani por el pasillo, sin zapatos, el cinturón colgando de la cintura de los pantalones, la camisa abierta. Eh, dijo. ¿No ha habido suerte?
Llevaba la maleta. Apartó con cuidado las botellas y los vasos y la abrió sobre la mesa. Hurgó dentro de ella acuclillado como un gnomo.
Difícil de decir, dije.
Oh, dijo. Sacó una camisa doblada de la maleta y la dejó en la silla que había ocupado Rocío. Vamos a ir a desayunar. Si quieres venir.
No, dije. Creo que me voy a casa.
¿Sí?
Sí. De una vez por todas.
Quizá pase el día con esta chica.
Bien, dije.
¿Vas a ir a ver a tus padres?
¿Cómo?
Estas vacaciones. ¿Te quedas aquí o vas a ver a tus padres o qué?
Ah, dije. Supongo que iré a ver a mis padres.
Entonces nos veremos por allí.
Sí, claro.
Dani.
Qué.
¿Te acuerdas de la chica coja?
Se quedó inmóvil un segundo. Sí, claro, dijo.
Me he acordado de ella.
¿Por qué? ¿Qué le has hecho a la gorda, Javo?
Nada. Tampoco le hicimos nada a la chica coja, ¿no?
Yo desde luego no, dijo.
Llevo unos días pensando en ella. ¿Cuántos años hace?
No lo sé. ¿Cinco? ¿Más?
Puede que más. Fue la primera vez que Violenne... ya sabes.
Sí, ya.
Me incorporé, cogí la cazadora de la percha. Dani había sacado una muda completa y cerró la maleta.
Dani, dije. ¿Qué llevas en la maleta?
Me miró desde abajo, frunciendo el ceño. Luego dijo: Krugerrands sudafricanos.
Nos dimos la mano. Me ha gustado volver a verte, dije.
Dani asintió. Ha sido entretenido.
Hasta la próxima. Sí, dijo. Hasta la próxima.