La Gente Terrible

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jueves, agosto 13, 2009

14

Segmentos – Cenobitas, ángeles y pordioseros – El sueño de los dientes y la sangre – Ana se explica – Araña – Un encapuchado – Garaje

En total vimos cuatro segmentos más: Rascacielos, Hotel 1, Hotel 5 y Garaje. La variedad de prácticas sexuales llevadas a cabo era amplia, de la felación a la sodomía, pasando por la penetración múltiple, tocaban todos los palos, incluso la bisexualidad masculina en la orgía de Hotel 5. El artificio era poco, la cámara no se movía y los actores no parecían dirigidos, se colocaban como mejor se les ocurría, desaparecían en las zonas mal iluminadas, daban la espalda al objetivo, ocultaban lo que debería constituir el centro de atención, sus genitales tumefactos y mojados, las manipulaciones, tirones, succiones, mordidas e inserciones que efectuaban en ellos y con ellos. Algunos actores aparecían vestidos como para una fiesta, otros desnudos, otros ataviados como supervivientes de un holocausto. Comencé a distinguirlos mentalmente entre cenobitas, ángeles y pordioseros. Los cenobitas, desprovistos de cadenas y ganchos y cuchillas, se comportaban como si quisieran empujarse a ellos mismos y a sus compañeros de cama o de moqueta o de alféizar de ventana, al mismo límite, hacia el precipicio, y despeñarse durante el orgasmo. Eran terribles. Los ángeles, por su parte, eran frágiles y estaban dispuestos a soportarlo todo. Los ángeles eran las víctimas. Yacían o se inclinaban y separaban las nalgas como si estuvieran obligados por una promesa o una apuesta o ambas cosas, pero qué podrían haber apostado. Desde luego no su pureza o su inocencia, pues nada les quedaba, y supuse que la condición angelina me la sugería el abandono y la indiferencia, el mismo gemido, la misma mueca, cuando sufrían o cuando gozaban. Eran hermosos y terroríficos. Los peores eran los pordioseros. Los pordioseros no tenían nada, sólo hambre. Los pordioseros entraban en plano, vestidos de fiesta o desnudos como ángeles o vestidos efectivamente de pordioseros, para comérselos a todos. En un mundo en el que sólo cabía ser víctima o verdugo, los pordioseros llegaban como huracanes o terremotos, como la peste negra, emisarios de la fatalidad.
Estas distinciones, me daba cuenta incluso cuando las pensaba, no tenían demasiado sentido, sobre todo porque algunos actores me parecían alternativamente una cosa u otra. Pero no pude quitármelo de la cabeza y seguí viendo a cenobitas, ángeles y pordioseros follando y haciéndose daño en habitaciones pequeñas, en páramos de moqueta, contra paredes de hormigón. Todos con un brillo mate en los ojos, producto de la droga o de los primeros envites de la demencia.
Tras ver Garaje ya no pude soportarlo más. En el segmento una pareja joven, un chico y una chica, hablaba en el asiento trasero de un coche. Estaba muy oscuro, el coche podría haber estado dentro de una caverna, aunque debía ser, como indicaba el título, un garaje o un aparcamiento subterráneo. Los rostros eran indistinguibles. Por encima del cuello sólo había sombras, algún reflejo en las puntas del cabello de la chica. Tras la conversación mínima y susurrada, el chico introducía la mano bajo la falda de la chica, le bajaba las bragas hasta las rodillas, unas bragas tan blancas como sus piernas, y la masturbaba durante unos minutos. Luego se desbrochaba el pantalón y la chica lo masturbaba a él. El segmento terminaba cuando se hacía evidente la presencia de alguien mirando por la ventanilla, una mano que se aplastaba contra el vidrio, la tercera persona. El mirón, el proxeneta, el asesino, nosotros.
Me voy a la cama, anuncié. Luis no dijo nada hasta que llegué a las escaleras. Que descanses, musitó. En la pantalla no había más que oscuridad desenfocada, los muslos pálidos y borrosos de los amantes y él tenía los ojos clavados allí como si estuviera a punto de descifrar el gran secreto.

Ana estaba despierta, sentada en la cama, la espalda apoyada en la pared. ¿Dónde estabas?, dijo.
Con Luis. Viendo sus segmentos.
Oh...
¿Qué te pasa? ¿No puedes dormir?
Me senté a su lado en la cama. He tenido una pesadilla, dijo. Se me caían los dientes mientras dormía. Soñaba que estaba dormida y despertaba y la almohada estaba llena de sangre.
Vaya.
Ya se me ha pasado, pero qué mal rato.
Me acomodé en la cama. Los párpados me pesaban y notaba el cuerpo dolorido. La presión del pecho me adelgazaba la respiración, un hilito de aire que entraba y salía y casi no era suficiente. ¿Has visto mi segmento?, dijo.
No. Preferiría no verlo.
Yo quiero que lo veas, dijo. Es lo último que hice en el porno. Es una escena a solas, yo en una cama. Lo digo por si tienes celos.
La idea de no tener que ver a Ana con otro tipo se me antojó apenas un poco más soportable. ¿Lo has dejado en serio? ¿No volverás a hacer porno?
Se echó sobre mi regazo. Lo he dejado en serio, dijo. Por el momento.
¿Por qué?, dijo.
Porque sólo soporto que me toques tú, dijo.
El aliento se me fue del todo. ¿Por qué?
Porque tú eres tú, dijo.
Hubiera sido el momento de echarse a temblar o a aullar o a llorar, pero lo que hice fue quedarme en silencio y cerrar los ojos. Vi imágenes desordenadas de los segmentos de Luis, como grabados en la retina, dibujados con el resplandor del filamento de una bombilla que se apaga, y al abrir los ojos el rostro de Ana se desvanecía, se convertía en una sombra del rostro conocido o en su radiografía, una placa en azules y grises, los huesos translúcidos, los músculos de agua, la piel invisible. Me asió por la nuca y me hizo bajar la cabeza hasta besarla. Todavía le sabía la boca a quinina y limón. No te entiendo, dije. Nunca he sabido qué hacer contigo.
Le acaricié las mejillas con los dedos. ¿Qué te ha pasado?, dije.
Nada...
Reformulé la pregunta: ¿Qué te hicieron, Ana?
Tragó saliva. Nada, en realidad... Nada que yo no quisiera que me hicieran.
Recordé la página web de Orlando, las fotos de las chicas llorando, los maquillajes arrasados, los rostros congestionados, fotografiados en la náusea y la arcada, las chicas enfrentadas a dos, tres penes al mismo tiempo, la vejación consentida y extrema de sus orificios, la irrumación hasta el vómito.
¿Qué te hicieron?, dije otra vez pero ya no quería que lo dijera, ya estaba claro, pero tenía que decir algo, algo que se instalase en el silencio y lo mitigase.
Tenía curiosidad, dijo. Pensé que tendría sentido, probar mis propios límites. No necesitaba el dinero, no me engañaron para hacerlo ni me obligaron. Quería hacerlo. Ver hasta dónde podía llegar... Como meter los dedos en un enchufe sólo para ver qué es lo que pasa, qué es lo que se siente... Y lo hice.
Lo hiciste, dije.
Y ya no quiero volver a hacerlo más.
¿Tan malo fue?
Sí... Me hicieron algunas cosas que no había hecho nunca, aunque la mayoría sí y también delante de una cámara. Pero ellos lo hicieron todo más... Más fuerte, más sucio, más humillante... Peor.
Estaba llorando, despacio, lágrimas lentas y grandes de las que no se daba cuenta o a las que no quería prestar atención. Cogí la sábana y le sequé bajo los ojos. Qué gesto tan ridículo, ahora que lo recuerdo, podría haber sido tierno, pero sólo era torpe, toda mi buena voluntad no cambia eso, y las lágrimas siguieron fluyendo y retiré la punta de la sábana, apenas húmeda, porque supongo que algunos no sabemos lidiar con las lágrimas ajenas, no sabemos borrarlas ni frenarlas, ni siquiera confortarlas. Al final fue ella la que se pasó las manos por el rostro, esparciendo la humedad, y dejó de llorar.
Me trataron como si fuera una cosa, dijo. Como si fuera una muñeca o un trozo de carne y me insultaron y me escupieron y yo pensaba puedo hacerlo, esto no es nada, es todo mentira, puedo aguantarlo. Pero no podía y me eché a llorar. Ellos no pararon, no, porque es parte de la gracia, que la chica llore. Podría haberme levantado e ido. Podría haberlo hecho perfectamente. Pero no lo hice. No sé por qué. Me quedé allí y lo aguanté todo hasta que ellos terminaron. Después me limpié, estaba muy sucia, me di una ducha y me fui a casa. Al día siguiente llamé a Santiago y le dije que no quería volver a hacer porno.
Le sacudió otro acceso de llanto, hizo una mueca. Eh, dije. Tranquila...
Soy una idiota. ¿Has visto alguno de los vídeos de la web? Todas las chicas entran igual, pensando que saben lo que les va a pasar, y acaban hechas polvo, destrozadas... Yo pensaba qué idiotas. No son profesionales, no son tan listas como yo. Yo sé que todo esto es mentira, una escenificación, que es mi cuerpo pero no tengo porqué ser yo... Soy una idiota. Todo resultó ser demasiado real y desde luego me estaba pasando a mí.
Vamos, dije. Acuéstate.
Nos metimos bajo las sábanas y ella me pasó el brazo por encima y pegó su boca a mi oído y susurró: No quiero que nadie me vea así. No quiero que nadie vea ese vídeo.
El roce de sus labios me galvanizó. Sentí la necesidad de decirle que la quería. Era algo que no sentía desde Violenne, pero me pareció ahora como entonces un sentimiento mentiroso, una trampa, unas arenas movedizas. Decirle: Te quiero. Decirle: Te necesito. Y decirle también: Estás loca. Decirle: Estás como para que te aten. Decirle, al fin y al cabo, lo que había que decir. Pero no lo hice, como tampoco lo hice con Violenne, me mordí la lengua. Apreté los dientes como si me mordiera la lengua, sí, o las palabras o el sentimiento o la necesidad o la mentira o todo a la vez, como si me mordiera a mí mismo y a mi miedo.
No lo pienses, dije. Duérmete.
Nunca he dicho te quiero porque nunca he pensado que fuera a servir para algo. Lo cierto es que no decirlo tampoco me ha servido para gran cosa.

Al día siguiente despertamos temprano. Los restos de la noche anterior, las colillas, los vasos sucios, las manchas de alcohol derramado, habían desaparecido. Sólo quedaba un leve olor a tabaco que se iría en cuanto se abrieran las ventanas. Me deprimió imaginar Luis, en su estado de hombre demolido, recogiendo en la penumbra, vaciando los ceniceros, pasando un paño húmedo por la mesa, sin más motivo que encontrar el lugar otra vez limpio tras unas horas turbias de sueño, como negación de lo que había sucedido, de su progresivo hundimiento, de la sordidez de sus segmentos. Pero al verlo cambié de opinión. Era el único que vestía ropa nueva, ni Ana ni yo habíamos llevado más que lo puesto, y estaba recién duchado y de buen ánimo. Desayunamos en la cocina y después fuimos a buscar el coche para que nos llevase a la estación de tren. En la calle Ana se dio cuenta de que había olvidado su teléfono móvil y volvió al chalet corriendo con las llaves de Luis. Nos quedamos en silencio un momento, apoyados en el coche. Hablamos un poco del tiempo, de la mañana que hacía y del cielo por el que se deslizaban enormes bancos de nubes y que era como observar una migración de ballenas. Encendí un cigarrillo y luego le pregunté sin más: ¿Qué te parece Ana?
La pregunta le sorprendió sólo medio segundo. Sacó su propio paquete de cigarrillos y dudó antes de responder: Le tengo mucho cariño. Es como una niña.
Ya, dije.
Me miró de reojo mientras encendía el cigarrillo. Mira, dijo. Sopló el humo. No me entiendas mal, es como una niña, lo digo en serio. La mayor parte del tiempo. Pero también es...
Ana volvía caminando despacio, sonriente, una sonrisa de kevlar o aramida en la cara, y arrastrando a su espalda una estela de aire frío casi visible.
Luis dio una calada al cigarrillo. Ya sabes cómo es, dijo.
Sí, dije, pero no estaba muy seguro. Ana no era una niña, nunca lo había sido, aunque se pusiera ese ropaje a ratos, para los ojos cobardes. Ana tampoco era una víctima y sus ropajes de víctima, con los que se había vestido los últimos días, se caían a pedazos. Entonces sentí miedo, un miedo impreciso, un escalofrío que me trepaba por la espalda. Supe que Ana era como una araña, pero cuando llegó a mi lado y me tomó de la mano lo olvidé o quise olvidarlo, en cualquier caso no lo supe más y ése fue otro de mis errores.

Volvimos a Madrid en un tren casi vacío. Ana dormitó a mi lado otra vez y yo lamenté no llevar algún libro. Los minutos se arrastraron igual que el paisaje, nublados, invernales, lentos. Al bajar en la estación e ir a tomar líneas de metro diferentes me dijo: ¿Por qué no vienes a mi casa? Quédate conmigo. Pasemos el día juntos.
¿Seguro?, dije.
Sí... ¿Por qué no?
Se me ocurrieron un par de motivos, pero dije: De acuerdo.
Fuimos a su barrio. En la ciudad había llovido y las aceras estaban mojadas y los árboles y los coches goteaban. El paseo hasta su edificio fue agradable, ella parloteaba, yo miraba los escaparates de las tiendas de música y de tebeos. En el cielo se abrían huecos entre las nubes y caían largos haces de luz sobre el domingo limpio, como lavado, y el frío era un alivio para mi fiebre y mis dolores. En el portal nos detuvimos un momento, mientras Ana hurgaba dentro de su bolso en busca de las llaves. Al encontrarlas alzó los ojos y se quedó lívida. ¿Qué te pasa?, dije.
Señaló con el índice de la mano que sostenía las llaves y las hacía tintinear al ritmo de su temblor. Giré la cabeza. A mi espalda, con la mano en el capó de un coche, había un hombre encapuchado. Estaba parado ahí, el gesto medio aburrido, esperando que lo descubriéramos. Miré a Ana a los ojos. No, dije. No es...
Pero el encapuchado dijo: Hola.
Volví a mirarlo. La capucha se le había retirado unos centímetros y vi los cristales sucios de sus gafas. Queremos hablar con vosotros, dijo.

martes, agosto 04, 2009

13

Pericarditis vírica – Luis – El castillo – Plantas de invierno – Ana dormida – La mujer y el chico – Segmentos – Hotel 3

Tras la visita de Dani fui a pasar una semana de vacaciones a casa de mis padres. De estos días hay poco que contar ahora, como mucho que mi catarro mal curado derivó en una pericarditis vírica, dolencia poco grave pero muy molesta que me tuvo postrado gran parte de las vacaciones. El médico que me lo diagnosticó dijo que ni se me ocurriera fumar. No le hice caso. Fumaba y pensaba todo el rato en Ana y en C. G. Kunis. No volví a ver a Dani en mucho tiempo.

Tampoco esperaba ver a Ana, pero me llamó por teléfono al día siguiente de mi vuelta a Madrid. Actuaba como si no hubiera pasado gran cosa entre nosotros. Como si fuera de nuevo el año anterior, los meses en los que nos llamábamos y nos buscábamos y dormíamos juntos. ¿Te apetece una excursión?, dijo.
No, dije. ¿Qué clase de excursión?
A un pueblo de la sierra. A ver a un amigo. Me gustaría que le conocieras.
¿Quién es?
Un amigo, dijo. Me recuerda a ti. Creo que os llevaríais bien. ¿Qué me dices?
No lo sé, dije, pero en realidad sí que lo sabía y el sábado por la mañana estábamos tomando un tren hacia la sierra. Ninguno mencionó nuestro último encuentro, a Orlando, sus lágrimas, mi fiebre. Nos comportamos como lo que no habíamos llegado a ser, una pareja sin urgencias, un par de cómplices. Mientras esperábamos en el andén ella calentó sus manos con las mías. Tenía ojeras, el pelo suelto, su abrigo negro. Al saludarnos me dio un beso en los labios, leve, un roce. No quise cuestionarme la naturaleza de la tregua que quedaba fijada así, con el beso sin lujuria pero íntimo, ofrecido y aceptado. Le hablé de mi enfermedad, del dolor que tenía en el pecho, del cansancio que no se iba. Ella me escuchó y luego me abrazó, como si le hubiera contado la historia más triste del mundo, y a mí me dio terror decir cualquier cosa que pudiera romper el abrazo. Después llegó el tren y subimos al vagón. En nuestros asientos le pregunté por el amigo que me iba a presentar.
Oh, dijo. Lo conocí por trabajo.
Por el porno, quieres decir.
Sí. Por el porno.
Ajá. ¿Él qué hace? ¿Es actor o director o qué?
Las dos cosas, supongo.
Ya... ¿Y qué hiciste con él? ¿En qué trabajaste?
Ana sonrió. Tú lo que quieres saber es si me ha follado.
No, dije apartando la mirada hacia la ventanilla. No quiero saberlo.
Como prefieras, dijo ella. Apoyó la cabeza en mi hombro y al rato se quedó dormida. Me dediqué a mirar el paisaje de enero, el cielo nublado que aplastaba el horizonte. El trayecto duró hora y media. El tipo nos estaba esperando cuando llegamos. Era un cuarentón medio calvo y mal afeitado. Por el abrigo abierto se le veía un jersey rojo y el arrugado faldón de una camisa. No lo había imaginado así. Se llamaba Luis.
Nos llevó en coche hasta el pueblo. Yo me senté atrás y seguí mirando el paisaje. Ana, sentada en el asiento del copiloto, le hablaba de conocidos comunes. Luis conducía en silencio, pero asentía y de vez en cuando dejaba caer una pregunta o una exclamación. Me sentí bastante desconectado de ellos, como cuando llegaban los amigos franceses de Violenne y se nos llenaba la casa de gabachoparlantes. Tanto si chapurreaban en su mal español, sobre gente que yo no conocía o cafés parisinos o marselleses que yo nunca pisaría, como si hablaban en francés tenía la sensación de ser un intruso, un molesto huésped que no sabe dónde meterse. En el asiento trasero del coche azul de Luis tenía la misma sensación. Y Ana y Luis, aunque hablaban en mi idioma, eran pornoparlantes y yo hacía meses que me había convertido en un civil. Frases como “Toni ya no está con Amanda, por eso no fue a lo de Esteban en Alicante” eran al mismo tiempo sencillas e inescrutables.
Luis aparcó en la plaza mayor del pueblo. Por encima del edificio del ayuntamiento, encaramado a una loma, se veía un castillo. Bajé del coche y encendí un cigarrillo mirándolo. Pequeñito y roto, triste como son los castillos de los pueblos. Luis siguió mi mirada. Es de origen celtíbero, dijo. En el interior hay una iglesia. ¿Ves la espadaña?
Pájaros negros volaban en círculos sobre el castillo y se posaban en sus muros.
¿Son cuervos?, dijo Ana.
Grajos, digo Luis. Venga, vamos a comer.
El restaurante estaba en los soportales de la plaza. Formaba parte de una casa rural y estaba medio vacío. Los camareros conocían a Luis por el nombre. Al parecer, comía allí con frecuencia. Nos recomendó el cordero. Mientras comíamos se esforzó por incluirme en la conversación. ¿A qué te dedicas, Javier?, dijo.
Yo estaba masticando un trozo de cordero y antes de que pudiera tragar Ana dijo: Es escritor.
No, dije. Soy oficinista.
Ana hizo una mueca. Luis nos miró a ambos y sonrió.
Trabajaba con Santiago, dijo Ana. Así nos conocimos. Hizo todo aquello de crear al personaje y tal... Aunque luego no lo usamos mucho. Lo del personaje, digo.
Estabas en el negocio, me dijo Luis. No lo sabía.
El negocio, dije. Sólo me pagaron por escribir cuatro chorradas.
Más o menos eso te convierte en escritor, ¿no?, dijo Luis. Aunque trabajes en una oficina. Ya sabes, uno tiene un trabajo para pagar las facturas y que le permita dedicarse a lo que quiera en su tiempo libre...
No. Soy un oficinista, eso es todo lo que hago.
Como quieras, dijo Luis, sin perder la sonrisa. Yo trabajo en el ayuntamiento, aquí al lado, pero además...
¿Vives en el pueblo?, dije.
Sí. Desde hace diez años.
Es un sitio tranquilo, dije. ¿No?
Sí, dijo Luis.
Deberías ver sus películas, dijo Ana. Creo que te gustarían.
Sí, sí, dije. Algún día. Es bonito el castillo, por cierto.
¿Por cierto?, dijo Ana.
Estaría bien acercarnos a verlo luego.
Claro, dijo Luis.
Estupendo, dije.
¿De verdad quieres ver el castillo?, dijo Ana. ¿Tú?
Parece interesante, dije. Me afané en cortar otro trozo de cordero.
¿No te vas a cansar mucho? Por lo del pecho, eso que tienes.
Negué con la cabeza.
¿Qué te pasa?, dijo Luis.
Está enfermo.
Ya estoy curado, le dije a Luis. No te preocupes.
Se hizo un breve silencio. Los cubiertos rascaron los platos. Lo que te estaba diciendo Luis es que él también hace porno, dijo Ana.
Respiré por la nariz. Ya lo sé. Me lo dijiste en el tren.
Pero es diferente. Otro rollo.
Carraspeé. Cogí el vaso de agua y di un sorbo.
Deberías ver lo que hizo conmigo.
Algún día, dije.
Luis nos miraba arqueando una ceja.
¿Qué os apetece de postre? Os recomiendo el flan de queso.

Visitar el castillo fue un suplicio. El ascenso por la loma pudo matarme en un par de ocasiones. La presión del pecho me dejaba sin aliento y la cabeza me daba vueltas, pero seguí caminando al paso de Ana y Luis. Sudaba a chorros bajo el abrigo. Casi en la cima tropecé y me quedé parado con los brazos abrazados a las costillas, jadeando. Ana se detuvo y me cogió de la mano. ¿Puedes seguir?, dijo. Asentí. Venga, pareja, dijo Luis.
El interior del castillo no se podía visitar por las obras de restauración, sólo se permitía el acceso a la iglesia de su patio en días especiales para celebrar cultos. Desde fuera Luis nos explicó su historia y sus particularidades. Yo me senté en una piedra que parecía un trozo desprendido de la mampostería de la muralla y escuché la historia de la reclusión de un alto funcionario de Felipe II en el castillo, su fuga en la noche, la lucha en las estrechas escaleras del torreón, con dagas y espadas y pistolones, entre alguaciles y asaltantes. Los grajos volaban en círculos y nos miraban posados en la espadaña de la iglesia. Luego me sentí con fuerzas como para visitar un puente prerromano que salvaba un arroyuelo al otro lado de la loma. Sé que contó alguna anécdota más, quizá se trasladó allí la lucha y la fuga, prosiguieron los tiros de arcabuz y las puñaladas, los vive dios y los voto a tal, pero no lo recuerdo. Tampoco sé si el funcionario logró escapar. Creo que no.
Estaba exhausto cuando volvimos al bar del restaurante. Era temprano pero pedimos whisky con hielo y Ana una ginebra. La charla se volvió distendida. El alcohol me anestesió el dolor y tras la segunda ronda Luis no llevó a su casa, un chalet en las afueras del pueblo, con cancela y jardín delantero, rosales podados y desnudos, macetas con cactos, con plantas de aloe, narcisos, rododendros, y una hiedra que trepaba por la fachada de ladrillo visto hasta casi las ventanas del piso superior. Su casa era acogedora, pero tenía un aire desangelado, como una vivienda vacacional ocupada por un extraño, aunque él vivía allí todo el año, por lo que nos dijo. Tenía muchas películas, en vídeo y deuvedé, y una cantidad razonable de libros. En una estantería había una foto de dos niños sonrientes en un cumpleaños. Son mis hijos, dijo Luis. Viven con su madre.
Estaba abriendo el mueble bar, sacando botellas, vasos, una cubitera. Voy a llenar esto, dijo con la cubitera en la mano.
Miré a Ana, mientras él estaba en la cocina, y le pregunté: ¿Habías estado aquí antes?
No, dijo. Estaba de pie junto a la ventana que daba al jardín. Mira, ya se ha hecho de noche.
Afuera estaba muy oscuro y nublado, pero no era de noche. El sol estaba ahí arriba, en alguna parte. Me acerqué a ella y le pasé un brazo por la cintura. Por la ventana se veía el pueblo, el castillo, las montañas con las cumbres blanqueadas. Se estaba frotando las manos junto a un radiador que aún no había entrado en calor. Tomé sus manos entre las mías, que apenas estaban tibias, y me pareció que bajo su abrigo y su jersey y bajo las sucesivas capas de ropas que la ocultaban, en su mismo tuétano, había un núcleo de frío inextinguible. Luis volvió con el hielo y sirvió más copas. Ana tomó otra ginebra con tónica. Luis y yo bebimos Jack Daniel’s con hielo. Los tres estábamos borrachos.
¿Por qué no pasáis la noche aquí?, dijo Luis. Hay un cuarto libre.
Miré a Ana. Por mí bien, dijo ella.
Mañana os llevaré al primer tren.
Le di un sorbo a mi copa. Como quieras, dije.
Picamos algo en la cocina, sin dejar de beber, y luego nos sentamos en el salón mientras Luis ponía viejos vinilos de jazz en el tocadiscos. La música me atravesó como una ráfaga de aire limpio, sin dejar marca. Hice un comentario sobre mi preferencia por la música ruidosa y rápida y se echaron a reír, aunque no era ninguna broma.
Ana fue incapaz de terminar su última copa. Daba cabezadas en el sofá, se le consumían los cigarrillos entre los dedos. Mientras Luis manipulaba la ecualización del equipo de sonido le pregunté si quería irse a dormir. Asintió. Tengo mucho sueño, dijo.
Sube a la cama, dije. Yo dormiré aquí, en el sofá.
No seas idiota. Ven conmigo.
Apuré lo que me quedaba de bourbon y nos despedimos de Luis. La habitación de invitados estaba en la segunda planta. La noche se había despejado, una luna enorme colgaba del cielo, y entraba suficiente luz desde la calle, un resplandor plateado, y no encendimos la lámpara al entrar en el cuarto. No miré cómo se desvestía, permanecí de cara a la ventana. El castillo se recortaba casi indistinguible contra el fondo de montañas. Escuché un susurro de sábanas, un crujido de madera. ¿Qué haces ahí?, dijo Ana. Ven de una vez.
Me descalcé y quité los pantalones. La calefacción caldeaba la habitación y en camiseta y calzoncillos me metí en la cama. Las manos de Ana me pasaron por el rostro un momento, como si se hubiera quedado ciega de repente y tuviera que reconocerme al tacto. Estoy muerta de cansancio, dijo.
Yo estaba rígido, los ojos clavados en el techo. Yo también estoy cansado.
La mano de Ana me pasó por el pecho. ¿Te duele?
No mucho.
Tienes que cuidarte, dijo. Tienes que dejar de beber y de fumar.
¿Y eso por qué?
Porque no quiero que te mueras, dijo con un hilo de voz.
Pensé que bromeaba, pero no lo hacía. Tranquila, dije. No me voy a morir. Por lo menos hasta pasado mañana.
Escuché su respiración, se iba acompasando despacio. Idiota, dijo. Qué idiota.
Unos minutos después estaba dormida, roncando con suavidad por una pequeña desviación en el tabique. Creo que en algún momento yo también me quedé dormido, con su mano sobre mi pecho, pero no duró mucho y con cuidado para no despertarla me deslicé fuera de la cama. Me puse los pantalones en la oscuridad. Me dolía la cabeza y estaba muerto de sed. Fui de puntillas al cuarto de baño junto a la habitación y bebí del grifo y me enjuagué la boca. Al salir de nuevo al pasillo me percaté del resplandor que subía por la escalera. Antes de pisar el primer escalón carraspeé y tosí, para no sorprender a Luis en nada demasiado privado, y bajé al salón. Estaba sentado sin más luz que la que arrojaba el televisor, fumando. Su copa se había aguado. En la pantalla había una imagen en pausa, una habitación de hotel, una mujer con un vestido ajado sentada en la orilla de la cama. Eh, dije.
Amigo, dijo. Estaba muy serio. Había notado un proceso en él a medida que bebía, un desmadejamiento, como si se le aflojasen las cuerdas, se le fuera la entereza y se instalase en él una melancolía despiadada. ¿No puedes dormir?
Negué con la cabeza desde el último tramo de escaleras, agarrado al pasamanos, como si una ola fuera a venir para arrastrarme hacia el océano.
Estaba viendo mis viejas películas, dijo. Ven. Siéntate. Hay somníferos en el mueble bar.
Cogí un vaso limpio y pesqué con los dedos los últimos hielos que flotaban en la cubitera. Serví bourbon hasta el mismo borde. ¿Quieres ver la película?, dijo Luis.
Me senté en el sofá. De acuerdo, dije.
Luis tomó el mando a distancia y devolvió el movimiento a la imagen. La mujer se estaba tocando el cabello, una media melena rubia y despeinada.
¿Quién es?, dije, pero Luis no me respondió.
La mujer soltó un par de botones de su vestido, mostró un sujetador blanco, unos hombros escuálidos.
No son películas exactamente, dijo Luis. Yo los llamo segmentos, a falta de un nombre mejor. Ninguno dura más de veinte minutos.
La iluminación de la escena era miserable, rácana, y contribuía a crear una atmósfera sórdida. El maquillaje de la mujer, el vestido arrugado y el pelo desordenado hablaban de un fin de fiesta, de una exhausta llegada a meta. Una sombra comenzó a proyectarse en la colcha de la cama. La mujer miró en dirección a la cámara y dijo algo, pero Luis mantenía el volumen tan bajito que no pude entenderlo. Entró un chico en plano, vestido sólo con unos pantalones vaqueros, muy delgado. Tenía el aspecto de un heroinómano de buena familia. Se sentó junto a la mujer.
¿Eras tú el que grababas?, dije.
Sí, dijo Luis.
El chico y la mujer compartieron un cigarrillo. Dejaban caer la ceniza al suelo y el chico le decía algo, o eso me pareció porque sólo se le veía la nuca, y la mujer respondía en susurros inaudibles. Ella debía tener treinta y tantos y él con suerte justo la edad legal para hacer pornografía.
Busqué el paquete de Marlboro de Luis y cogí un cigarrillo. Mis dedos parecieron una araña en la penumbra. El chico comenzaba a tocar a la mujer, le metía la mano bajo el vestido, acariciaba el sujetador. La mujer tenía una expresión ausente. Tras unos minutos, dos o tres eternos minutos, se arrodilló y tiró de los pantalones del chico que bajaron abrochados por sus huesudas caderas. El pene del chico era como una larva blanca y me estremecí cuando la mujer se lo llevó a la boca. La cámara no se movía, no se preocupaba de mostrar nada, ningún detalle, cosa que agradecí, el vaivén de la melena rubia sobre las ingles hundidas ya me desazonaba bastante. El rostro del chico se contorsionaba, se deshacía en muecas como de pesar. Dio un par de espasmos, sujetó la cabeza de la mujer, se dejó caer de espaldas en la cama. La mujer se zafó de las manos, laxas y flojas ya, y el semen se escurrió por sus labios hasta el suelo. La imagen se desenfocó poco a poco hasta desaparecer. Yo tenía ganas de vomitar, pero no de asco. De pura inquietud. De ganas de llorar.
¿Qué cojones es esto?, dije.
Un segmento, dijo Luis. ¿Qué te ha parecido?
No lo sé, dije. La escena me había dejado un nudo en la garganta. Tragué bourbon. Es intenso. Incómodo.
Ajá.
Da la impresión... No sé. De que están perdidos. De que les va a suceder algo irremediable... Busqué las palabras: Es como si hubiera una tercera persona en la habitación, no me refiero a ti, me refiero a otra persona, alguien escondido en un armario o pegando la cara a un agujero en la pared. Alguien que va a hacerles daño. A follárselos y descuartizarlos y a follárselos otra vez.
Luis dio una calada a su cigarrillo. Interesante interpretación.
¿Quién coño eran esos dos?
Tampoco me lo dijo ahora. Cogió su copa aguada y la miró un instante antes de beber. En esto es en lo que me gusta trabajar. Pero no hay mucha demanda, te puedes imaginar.
¿Por qué lo haces?
Luis se encogió de hombros. Me parece que logro decir algo. No es un mensaje muy claro, fácil de transmitir, pero creo que está ahí. ¿Quieres ver otro segmento?
Lo que quería era cubrirme los ojos con las manos. Sí, dije.
¿Quieres ver el de Ana?
Los hielos tintinearon en mi vaso. No, dije.
Lo entiendo, dijo Luis. ¿Cuánto tiempo lleváis juntos?
No estamos juntos.
Oh, creía que...
Lo estuvimos. Seríamos ex, en cierto sentido, pero... Ella tenía novio. No sé. Él es el ex. Yo soy el tío que se la follaba al mismo tiempo.
¿Y ahora?
Ahora somos amigos. Algo así.
Di por supuesto que erais pareja. Perdona.
A veces nos comportamos como si lo fuéramos. No importa.
Luis pulsó un botón en el mando a distancia y la pantalla pasó al menú del deuvedé. El segmento que acabábamos de ver se llamaba Hotel 3. Había segmentos nombrados así hasta el número seis. Otro segmento se llamaba Garaje. Otro se llamaba Expiación.
¿Cómo es el segmento de Ana?, dije.
Es hermoso.
Hermoso...
Sí.
¿Cómo piensas que es el segmento que acabamos de ver?
Luis se retrepó en su asiento. Echó un vistazo al fondo vacío de su copa. Pienso que a su manera también es muy hermoso.
Entonces no quiero verlo.
De acuerdo. Creo que este te gustará... Eligió un segmento llamado Rascacielos. Estaba muy borracho y muy cansado. Cerré los ojos un momento y al volver a abrirlos otro mal sueño se desplegaba en la pantalla.

martes, julio 28, 2009

12

Ohne Grausamkeit kein Fest

Empecemos por el cielo. El cielo es una bóveda limpia e iluminada sobre la ciudad de piedra. La luz parece generarse en el mismo azul, descender uniforme de las alturas, desde todos los puntos, sin ninguna relación con el disco pálido y débil que ya tiende hacia el oeste. La luz surge del aire, surge de las aceras, del asfalto, de la carrocería de los coches, traspasa los objetos y las personas. No hay sombras. Es una luz clara y amable, una luz que limpia los ojos. Es diciembre. Apenas hay tráfico en la avenida, un coche que se interna en la ciudad, otro coche que alcanza la rotonda de salida en dirección contraria, camino de la autovía. Los árboles no tienen ni una hoja y sus cortezas oscuras hacen pensar en internos de la unidad de quemados. En el horizonte aparece una nube fina, llevada por un viento imperceptible. Todo parece tocado por una cierta gracia, un equilibrio que con la mejor voluntad podría llamarse belleza. Este es el escenario del comienzo tal y como lo imagino, porque al fin y al cabo esto no es más que una evocación, y en realidad no sé cómo era el día en que Dani abandonó la ciudad de piedra para ir a Munich, si era luminoso, si era nublado, si era un día olvidable o lleno de señales y signos, así que prefiero imaginarlo henchido de luz, límpido, sin fenómenos climatológicos que dificulten la mirada, y así poder ver con total claridad a Dani en su chaquetón negro, tirando de una maleta, camino de la estación de autobuses. De la historia que viene a continuación una parte me la contó él, la otra la he inventado yo. En su narración había sustracciones, detalles omitidos, elipsis groseras, ausencias que la oralidad soporta, pero no es esto lo que he intentado corregir, lo que me ha llevado a añadir cosas, a inventar. De hecho, he sustraído y omitido todavía más de su narración en beneficio de la mía. No he querido ser fiel a su historia ni al espíritu de su historia, quizá sólo al esqueleto de su historia, al mondo y gris esqueleto de su historia. He garabateado encima de un dietario ajeno, una lista de lugares visitados, transacciones, abluciones, insomnios, comidas y copas solitarias, horarios de autobuses y aviones, parques desolados, hasta conseguir lo que quería, atendiendo sólo a criterios de ritmo y de drama, despreciando la narración de lo cierto en favor de mi capricho. Sirva esto de advertencia, la historia que viene a continuación no siente ningún respeto por la verdad o el testimonio. Esto es lo que yo considero mi privilegio, la única ventaja del oficio de contar mentiras.
El autobús lo lleva hacia el este, lo que es lo mismo que decir que lo lleva hacia la noche. Oscurece pronto. Dentro del autobús hay pocos pasajeros, nadie habla. El silencio es funerario. Dani mira por la ventana, contempla un paisaje que alterna dehesa y roquedales, y mira la pantalla que tiene delante en la que se reproduce una película sin sonido. Lleva un libro en las manos que no abre, un volumen grueso, de tapas duras y letras doradas, escrito en alemán. Sabe que perderse en las arquitecturas lingüísticas de otro idioma le distraería y acortaría el viaje, pero no puede concentrarse. Piensa en sus dos amantes. Se ha citado con ambas antes de partir y con ambas se ha acostado, lo que le ha dejado una vaga sensación de sordidez y desasosiego. Una culpabilidad difusa. La mayor lo citó en la Facultad para ultimar algunos asuntos del viaje a Munich. Hablaron de trabajo en su despacho. Una semana antes habían acordado no volver a acostarse. Al despedirse ella propuso tomar una copa, una forma callada de sellar la nueva relación, el pacto que excluía el sexo. Fueron en el coche de ella hasta el centro, hasta el bar en el que se habían iniciado sus relaciones. Cuando las copas estaba casi vacías ella salió un momento para hablar por el teléfono móvil. Al volver pidió otras dos copas y le asió del brazo para susurrarle al oído. Ella pagó las copas y la habitación de un hotel barato. Hablaban mucho al principio y casi nada al terminar. Ella se quedaba tendida y desnuda, con el rostro oculto en la almohada, el pelo rojizo abierto en abanico sobre la espalda. Parecía dormida o muerta. Rechazaba las caricias y Dani aprendió pronto a separarse, encender la televisión, fumar un cigarrillo, hasta que ella se recompusiera y equilibrase de nuevo las fuerzas del remordimiento y el deseo. La llamaron al teléfono móvil y lo atendió en el cuarto de baño, con la puerta cerrada, todavía desnuda. Pese a su edad, cerca de la cuarentena, tenía un cuerpo joven, sin más estragos que los inevitables y unas estrías desvaídas que le dejó el embarazo y parto de su única hija. Sus pecas, diminutas y tenues, formaban constelaciones. Dani encendió entonces el cigarrillo, sentado en la orilla de la cama, y escuchó su voz amortiguada e ininteligible. A quién le habla. A quién le miente. ¿Su marido? ¿Su hija? Había visto fotos de los dos. Le parecieron personajes de ficción, sin sustancia en el mundo real. Unos minutos después ella salió del cuarto de baño, le sonrió, recogió su ropa y volvió a encerrarse. Dani apagó el cigarrillo en un cenicero con el emblema del hotel grabado en la base. Lavada y vestida ella parecía la antítesis del pecado, fresca, inocente. Le dio un beso en la mejilla, se despidió, le deseó un buen viaje. Nos veremos cuando vuelvas, dijo. Luego Dani se quedó solo y desnudo en la penumbra de la habitación. Las sábanas todavía olían a su perfume y al sexo. La mancha de humedad en el colchón era como una lámina del test de Roschard antes de fragmentarse y duplicarse. Se vistió con lentitud. Le envidiaba la compostura, su manera inmaculada de abandonar habitaciones de hotel. Él, reflejado en los escaparates de las tiendas y las ventanillas de los coches, parecía un fornicador de tira cómica, un putero encorvado, con la ropa arrugada y los ojos inyectados en sangre.
Por fin llega a Madrid sin haber logrado más que abrir el libro y pasar los ojos por un par de páginas. El idioma alemán, que lee y habla desde hace años, le resulta incomprensible. El aire de la dársena huele a humo negro, combustible quemado, caucho caliente. Recoge su equipaje de las tripas del autobús y toma el metro hasta el centro de la ciudad. La decoración navideña, grandes hileras de bombillas que penden sobre las calles y se enredan en las ramas de los árboles, está colocada pero no encendida. El avión sale a primera hora del día siguiente. Había planeado llamarme al llegar, por sorpresa, pasar la noche en mi apartamento,

a esas horas yo ya he vuelto de la oficina y estoy sentado en el sofá viendo la televisión, calculando el número prudente de latas de cervezas que puedo tomar antes de ir a la cama, Palma se hace algo de cena en la cocina, y todavía no sé nada de C. G. Kunis ni de hombres encapuchados y, de haberme preguntado alguien, hubiera dicho que jamás volvería a ver a Ana y, de haber seguido preguntando, hubiera dicho que no pasaba nada, que estoy bien, todo va bien, no siento nada, aunque en el centro de las cosas, en su eje secreto, ya se están gestando las decisiones sin forma, la insatisfacción que desemboca en plan de fuga

pero de repente la perspectiva de la ciudad, de sus enormes posibilidades, le seduce. El anonimato total en el que está sumergido actúa como un bálsamo. Callejea por el centro hasta encontrar un hostal cerca de Gran Vía y alquila una habitación para la noche. El cuarto que le asignan es pequeño y limpio. Deja la maleta dentro de un armario empotrado y se tumba sin quitarse el chaquetón en la cama. La colcha es áspera y huele a detergente. La almohada es dura. Apaga la lámpara y observa los contornos sombreados de sus zapatos, la mesita junto a la cama, las molduras del techo, el filamento incandescente que se desvanece en su envase de cristal. Por la puerta entornada del cuarto de baño ve la luz de la calle reflejada en el espejo. Este espacio alquilado, este tiempo prestado, no le recuerda las habitaciones de hotel de la ciudad de piedra ni sus encuentros con la amante casada. Piensa, sin embargo, en su otra amante, la joven. Tras dejar el hotel e ir a su piso para ducharse y preparar la maleta para el día siguiente ella lo llamó para invitarlo a cenar. No le apetecía verla, no después de haberse acostado con la otra, pero no tuvo ánimos para poner excusas o mentir. Vivía cerca y pensó que podría solventarlo con una visita de unos minutos, alegar cansancio, escabullirse tras la cena. Pero no llegaron a cenar. En cuanto puso un pie en su piso ella lo llevó a la habitación, un cuartito alfombrado que olía a incienso, y allí estuvieron hablando, él sentado en la cama, ella sentada en el suelo con las piernas cruzadas. Tenía muchas cosas que decirle, ella siempre tenía muchas cosas que decir, antes, durante, después, de sus clases y sus compañeros de clase en la facultad, de su trabajo en una tienda de abalorios y bisuterías, de sus padres, de mucha gente a la que Dani no conocía ni llegaría a conocer jamás, ella le contaba cualquier cosa, no había anécdota que fuera demasiado pequeña o demasiado privada, ella lo contaba con un discreto pero poderoso sentido de la maravilla por lo cotidiano. Eso le gustaba, quizá por contraste con el limpio cinismo de la adúltera. Se habían descalzado y dejado los zapatos en el pasillo, para no ensuciar las alfombras. Ella rozaba sus pies con los de Dani. Sus calcetines rojos, los de él negros. Luego trepó a la cama, como un enorme cachorro de gato, y le puso una mano en el pecho hasta tumbarlo sobre el colchón. Él preferiría no hacerlo, pero existen gestos inapelables. Con la camisa desabrochada, el cinturón suelto y las manos bajo la ropa de ella, las opciones se desvanecen. Pero estaba demasiado cansado y vacío como para llegar con facilidad y al final ella lo terminó con la boca. Aguantaba hasta el último momento y después escupía en el interior de una botella de bebida isotónica de medio litro. Tras el sexo lo que le queda es una sensación de imposibilidad, de conexión frustrada. Se pregunta cuándo se volvió tan imbécil.
Al rato se levanta y mira por la ventana. Es una primera planta y ve con todo detalle el fulgor anaranjado de las farolas, el escaparate de una tienda de instrumentos musicales, una mujer que enciende un cigarrillo refugiada en un portal, con su bolso al hombro, el maquillaje evidente, las altas botas de tacón. A él no le queda tabaco. Tiene hambre. Ya no le apetece salir ni enfrentarse a la noche y a la confusa promesa que le ha traído al hostal. La aspereza de la colcha ha agotado las posibilidades de la ciudad, pero tiene que salir y sale de nuevo a la calle, más ligero sin la maleta. Come una milanesa en una pizzería argentina y la baja con un par de Quilmes. El local es pequeño y cena sentado en un taburete, el plato en una repisa que da a un ventanal por el que se ve la calle. Desfilan por la acera parejas, grupos de amigos, chicas guapas, y todas esas vidas ajenas le parecen más limpias, ordenadas y envidiables que la suya. Al salir toma una dirección al azar y callejea sin propósito. Se suceden de igual manera las parejas, los amigos, las chicas guapas. Un tipo borracho grita improperios en francés en una esquina. Podría estar recitando a Rimbaud o a Baudelaire, recitándolos a gritos, a aullidos, pero a él le parece que blasfema, como un dios ciego y sordo en el vórtice del universo. Quizá sólo recita la alineación de la selección francesa que ganó el Mundial. Durante un segundo tiene ganas de ponerse a gritar en alemán. Le compra una lata de cerveza a un chino y bebe mientras camina y ya no sabe dónde está. Las calles son oscuras y las prostitutas subsaharianas le hacen gestos y le llaman como viejas amigas. Sus pieles son tan negras que devoran la luz de las farolas. Al cabo de un rato, perdido y algo borracho, se detiene y espera. Tira la lata de cerveza y le parece que de un momento a otro comenzará a temblar de como de fiebre. En ese momento, en el límite mismo del temblor, se abre un portal y sale una chica. Lleva un abrigo verde y el pelo recogido sobre la nuca. Bajo el abrigo, un vestido y las piernas que surgen de la falda van enfundadas en medias gruesas y él sólo puede ver su espalda, cómo se aleja calle arriba, y comienza a seguirla como en un sueño, un sueño lúcido en el que sólo a medias tiene control sobre lo que hace. La distancia es suficiente como para que ella no lo advierta. La necesidad de ver su rostro se vuelve obsesiva. Su rostro, piensa, es la señal que estaba esperando. Sólo quiere eso, aunque también piensa que tirar de sus medias y descubrir sus muslos y sus pantorrillas e hincar ahí los dientes, en la carne que se promete blanca, tibia, suave, sería una respuesta a preguntas aún por formular. Se conformaría con su rostro. Eso sería suficiente. Ella camina deprisa, camina con un itinerario definido. Algunas calles después entra en la puerta de un bajo. Dani remolonea en la acera, añora un cigarrillo, y por fin se decide y traspone la puerta y entra en un vestíbulo en penumbra, con dos tramos de escalera, uno que sube y otro que baja, y sin dudar baja a las entrañas del edificio, empuja otra puerta, pesada y pintada de negro, y entra en un lugar extraño. Las paredes son azules, la iluminación rebota en ellas, y en la penumbra azulada se distingue el humo, las mesas, los parroquianos. Lo primero que piensa es que tiene que salir de allí. Luego se acerca a la barra. Ella está sentada a la barra, el abrigo todavía puesto, y consulta un teléfono móvil. Dani se sienta a un par de taburetes de distancia. Mira su rostro revelado, su perfil en realidad, y no siente nada. La camarera se acerca a él y le pregunta qué quiere. Pide cerveza, bourbon y le pregunta dónde puede conseguir cigarrillos. Ella le sirve una botella de cerveza, un chupito de Four Roses y deja un paquete de Chesterfield en la barra. Dani paga, se moja los labios con la cerveza, bebe el bourbon y enciende un cigarrillo. Una náusea le recorre el cuerpo, silenciosa y lenta, una convulsión que le levanta los hombros y curva la espalda. Cierra los ojos, aguanta. El bourbon se asienta en su estómago. La chica del abrigo verde lo está mirando cuando abre los ojos y toma aire, pero aparta el rostro, lo dirige hacia el techo nublado del bar. Dani carraspea, se limpia la boca húmeda. ¿Estás bien?, le pregunta la camarera. Le parece que es la primera vez que un ser humano le habla en siglos. Sí, dice. Ella le sonríe, sin alegría ni complicidad, una sonrisa reflejo, y se aparta de la barra. Dani descubre una mesa vacía al fondo del local y se traslada allí con la botella de cerveza, el cigarrillo en la boca, el humo enredado en los ojos. Sentado divisa la espalda de la chica del abrigo verde, los rostros de otros clientes, cabizbajos y meditabundos, que conversan entre ellos como conspiradores infinitamente tristes. El lugar es una aproximación al purgatorio o al limbo, una región fronteriza, un lugar suspendido en el tiempo, en gelatina, en el légamo de un sueño. Sobre la mesa hay una copa olvidada, un cenicero con una única colilla aplastada, algunos papeles. Enciende un cigarrillo con el que tiene en la boca y coge uno de los papeles. Es la fotocopia de una revista con un único y largo poema. Lecciones de revólver. C. G. Kunis. Lo lee y lo deja a un lado, perplejo. Los otros papeles, cuenta cinco más de apretadas líneas mecanografiadas, son un relato sin título. Está demasiado borracho como para tener un cabal conocimiento de lo que lee, pero la sensación general es de fascinación, de haber encontrado un pequeño tesoro. Un suicida en la pista de baile, Vacaciones, Aviación, son los títulos sucesivos que se le ocurren según avanza en la lectura. Al terminar siente que ninguno de ellos resume lo que ha leído. El relato no lo lleva hacia una gran revelación, más bien siente que le recuerda algo que ya sabía, ha iluminado una certeza, con luz de gas, con luz de una bombilla de quince vatios, de la que ya era consciente. En los márgenes de los papeles hay anotaciones indescifrables, palabras sueltas escritas con tinta negra, una letra pequeña y enmarañada, flechas que sugieren un orden diferente en algunos párrafos. Está intentando seguir ese orden de lectura cuando aparece el hombre. No le presta atención, pese a su tamaño de gigante, hasta que pone las manos sobre el respaldo de la silla libre al otro lado de la mesa. Dani levanta los ojos de los papeles. El hombre es negro y tiene la cabeza afeitada. La boca abierta en una sonrisa que enseña dientes enormes. Ésta era mi mesa, dice. Dani se saca el cigarrillo de los labios y dice: No había nadie cuando llegué. Lo sé, lo sé, dice el hombre. Lo que quiero decir es que esos papeles son míos. Dani deja el relato sobre la mesa. Ajá, dice. El hombre aparta la silla. ¿Puedo sentarme?, dice, pero no espera respuesta y se sienta. Saca un paquete de cigarrillos franceses. ¿Cómo te llamas? Javier, dice Dani. Yo soy Pierre, dice el hombre. Pierre Menard. Dani frunce el ceño. No dice nada. El hombre enciende un cigarrillo. ¿Lo has leído? Dani asiente. ¿Qué te parece? Tengo curiosidad. Dani se encoge de hombros. No había leído nunca a C. G. Kunis, dice. Ni oído hablar de él. El hombre sopla el humo, sonríe. Bien, dice. Entonces tendré que hablarte de él.
Unos minutos después se encienden las luces del local. Los clientes abandonan sus puestos y caminan hacia la puerta. Dani comienza a levantarse de la silla, pero el hombre le hace un gesto con la mano, le muestra la palma, le detiene. Tranquilo, podemos seguir hablando. Van a cerrar, dice Dani. No, dice el hombre. Sólo van a despejar el ambiente. Dani mira a su alrededor. En algún momento la chica del abrigo verde ha desaparecido. Siente un conato de intranquilidad. Tiene la impresión de que ha caído en una trampa, de que todo, la chica, la mesa vacía, los papeles, ha sido dispuesto para que le lleve hasta el hombre negro y la conversación. Una trampa para incautos tendida cada noche, para cierto tipo de melancólicos y desesperados, como las redes que se arrojan al mar, tejida la malla para el matiz exacto de su soledad. Será retenido y encadenado en el sótano, el sótano bajo este sótano que es un bar, y después torturado, despedazado, borrado del mundo.
La mujer aparece cuando el bar ya está vacío. Acaricia el brazo del hombre y durante un momento parece que va a sentarse en su regazo. ¿Puedo acompañaros, Pierre?, dice. Él lo mira primero, como si necesitase su aprobación, y Dani asiente. La mujer acerca una silla y se sienta junto al hombre. Te presento a la propietaria del local, dice. La mujer está encendiendo unos de los cigarrillos franceses del hombre y le hace un gesto con las cejas a modo de saludo. Es preciosa, aunque su belleza podría ser producto de la borrachera y la oscuridad y el humo, porque reside toda en el misterio. Su pelo es largo y ondulado y los aretes de sus orejas le dan un aspecto de zíngara, fácil imaginarla entre carretas decoradas con medias lunas y estrellas, rodeada de criadores de serpientes y bebedores de veneno, de decidores de fortuna, geomantes, echadores de cartas, lectores de vísceras, intérpretes de sueños, trastornados y epilépticos, parte de uno de esos pueblos secretos, nómadas y arteros y libres de cualquier alianza, que veneran a los locos y los tullidos y apedrean a los pelirrojos y a los zurdos, cuyas mujeres usan la alheña tanto como el albayalde y conocen argucias de vírgenes y cortesanas, pueblos, en realidad, que nunca han existido ni hollado la tierra, esta tierra al menos, y que se resumen y se vindican en la gracia de sus gestos, en la oscuridad sideral de sus ojos, en la danza y los pases conjuradores que trazan sus manos al encender el cigarrillo con una cerilla, la leve sacudida que apaga el fuego y lo convierte en una fantasmal voluta de humo.
Al fondo, la camarera retira vasos y botellas de la mesa y trastea con la máquina registradora, lo que tranquiliza a Dani porque no cree que forme parte de la conspiración y el crimen. La camarera es su seguro de vida.
Hablamos de Kunis, dice el hombre. Nuestro amigo acaba de descubrirlo. Oh, dice ella. ¿Qué historia le has contado? El hombre repite a grandes rasgos lo que le ha contado a Dani, la historia de un joven exiliado en México, depositario de un secreto heredado de su padre muerto en la guerra civil española, un joven que se convierte en hombre y vuelve a España y luego viaja a París y esconde en sus poemas y relatos fragmentos de ese secreto, un buen escritor sin suerte, nunca publicado, nunca reconocido. Farsante, dice la mujer. El hombre sonríe. ¿Qué historia le contarías tú?
La historia que le cuenta la mujer gira entorno a la locura y el amor. Hay una amante muerta, un manicomio, infinitas botellas vacías, un asesinato, ningún secreto. Se repite París y nada más. En esta historia la literatura es una explosión blanca, una fría fuente de luz, un recurso sin esperanza.
¿Cuál es la historia verdadera?, dice Dani. Ellos sonríen. Podríamos contarte cuatro o cinco más, amigo. Ninguna que hayamos inventado nosotros. Son sólo facetas del misterio Kunis.
No deberíamos hacerle esto, dice la mujer. Míralo. Tan niño.
¿Por qué no?, dice el hombre.
¿Os estáis burlando de mí?
El hombre se echa a reír. No, no, dice. Pero ella teme que te obsesiones. Como nosotros.
Dani coge los papeles, los mira, los vuelve a dejar en la mesa. ¿Quién es C. G. Kunis?
Amigo, dice el hombre. Dímelo tú.
En la calle Dani camina contra un viento helado. Lleva en el bolsillo interior del chaquetón un papel con un nombre y una dirección de correo electrónico, alguien que si bien no solucionará el misterio, podría facilitarle parte de la obra de Kunis. En unos días Dani le escribirá y conseguirá hacerse con un poemario, un libro que yo recogeré y luego me será robado y después devuelto, pero todavía no hemos llegado a eso. El hombre y la mujer le han ofrecido un lugar para pasar la noche pero, ahora sí, Dani descubre una invitación subyacente, un pase al sótano bajo el sótano, y durante un segundo le tienta la idea, le sacude la necesidad de seguir con ellos. La mujer merece el riesgo y la sordidez, sólo por verla desprenderse de la ropa, no de los aretes. La rigidez de su horario no lo permite y vuelve al hostal, inquieto por la posibilidad de no encontrar el camino, pero resulta ser más sencillo de lo esperado. Se lava la cara, se cambia de ropa, y tirando de la maleta parte hacia el aeropuerto. El cielo clarea. El despertador suena en mi apartamento y salgo de la cama tiritando, medio dormido, y voy a asearme para ir a la oficina. Nada sé todavía.

martes, junio 23, 2009

11

Dani llega – La maleta – Absenta en el Nueva Visión – Dextroanfetamina – El seductor y el escudero – Reaparece el profeta – Maldades veniales – Pieles feéricas – El caos exterior – Despedida de Dani – Pornografía vintage al 50% de descuento – The Birdmen

El viernes llegó Dani. Me llamó desde el aeropuerto. Yo todavía estaba en la oficina, así que quedamos en el centro, y cuando me encontré con él ya era casi de noche. Dani no conocía bien la ciudad y decidimos quedar en una cafetería en la que una vez, puede que un año antes o incluso que puede que dos, tomamos café y vasos de agua y combatimos una larga resaca en silencio. Llegué tarde por un asunto de última hora en la oficina. Dani, imaginaba yo, esperaría dentro, pero estaba en la acera, pegado a la pared de la cafetería, mirando la gente que pasaba, la riada de gente de vuelta del trabajo, con sus caras de viernes, a medias entre la fatiga y la expectación, los adolescentes emperifollados para los que comenzaba su breve y nómada recreo nocturno, los universitarios y los jóvenes profesionales que frecuentaban la cafetería como una posta antes de sus cenas y sus fiestas, las parejas que caminaban de la mano bajo las luces de navidad, extrañas como un avistamiento ovni, cuyo resplandor nimbaba de dorado el hálito colectivo de los transeúntes. Estaba tan cambiando y entre tanta gente que no habría sido raro no reconocerlo, pero lo reconocí al instante. Sostenía una maleta en la mano, una maleta vieja y oscurecida por el tiempo, la maleta que uno le imaginaría a un vendedor de corbatas o de baratijas, sortijas de latón, pendientes de cristal coloreado, oros falsos, aparatosos relojes taiwaneses, un tintineo constante en su movimiento. El pelo lo llevaba más largo, peinado hacia un lado, y el rostro pulcramente afeitado. Le protegía del frío un chaquetón negro, severo. Al verme levantó su mano libre como el que intenta detener un taxi. Nos saludamos con la distancia habitual en Dani, un apretón de manos, un palmeo sobre el hombro. Hacía meses que no nos veíamos. Le dije que entrásemos en la cafetería, yo seguía sin recordar sustituir la cazadora por un abrigo y el frío me estaba matando, pero se negó. A otro sitio, dijo. No pienso entrar ahí. Miré al interior de la cafetería por la luna de cristal y no vi nada terrible, sólo las mesas, el trajín de los camareros, las paredes pintadas de un rojo apagado, pero me pareció que tenía razón, no debíamos entrar en semejante sitio, otra vez no.
¿Qué hacemos?, dije.
Caminemos, propuso. Entramos en la riada hombro con hombro y pronto nos separamos, entretenidos en esquivar a los que venían en dirección contraria, sin hablar, él tirando del peso de su maleta, yo con las manos en los bolsillos.
¿Qué llevas en la maleta?, le dije.
Explosivos, respondió. Al abrirse y cerrarse las puertas de las tiendas dejaban salir ráfagas de villancicos. Una juguetería había instalado un surtidor de pompas de jabón en su fachada. Esferas perfectas llegaban desde lo alto y rozaban las cabezas sin romperse, se deslizaban por las largas cabelleras, tironeadas o repelidas por la electricidad estática, se enredaban con las estelas invisibles de los caminantes, desaparecían con algo que era más una implosión que un estallido. Giramos en una esquina y nos internamos por una bocacalle poco concurrida y oscura. Un neón verde parpadeaba anunciando una sauna.
¿Por aquí?, dijo.
Sí. Por qué no. Dejamos atrás la decoración navideña. Las calles se volvieron progresivamente sórdidas. Dani se detuvo, cambió de mano la maleta. Eh, dijo. Ese bar. Se refería a una cervecería venida a menos. Dentro olía a marisco pasado y frituras. El camarero le servía a un cliente un largo chorro de J&B en un vaso de tubo. Ambos nos miraron al entrar. El cliente, un tipo con el pelo grasiento, gris en las sienes, se volvió hacia el camarero y dijo: La perseverancia. Tenía la voz pastosa de los borrachos. Alzó un dedo admonitorio. La paciencia... La madre de la ciencia. ¿Verdad?
Bébete el cubata y cállate, le dijo el camarero. Dani y yo nos colocamos al otro extremo de la barra. Dejó la maleta entre sus piernas. Pedimos un par de cervezas. El borracho nos observó con detenimiento. Hizo un gesto de saludo que fingí no ver. Bueno, cuéntame, dije. ¿Qué tal en Munich?
Dani rozó la espuma de la cerveza con los labios y dejó el vaso en la barra. Ahora debería hacer un elogio de la cerveza alemana, dijo. Mencionar la insustancialidad de lo que nos sirven aquí, pero me da pereza. Considéralo hecho y pasemos a otra cosa, ¿de acuerdo?
De acuerdo, dije. ¿Pero qué tal te ha ido en Munich? Fue vago en la respuesta, poco preciso, mencionó unas conferencias, cierto tedio, una habitación de hotel.
¿Cómo conseguiste que te enviasen a ti?, le dije.
Se encogió de hombros. A alguien tenían que enviar, dijo. Hubiera preferido no ir. El camarero trajo un platillo con aceitunas. Dani las observó en silencio.
Tengo algo que decirte, dije. Sobre C. G. Kunis.
Dani asintió y sacó un paquete de Marlboro Light con la advertencia sanitaria escrita en alemán. Fumó mientras escuchaba la historia, mi visita a la librería de viejo, mis investigaciones nocturnas y febriles, Polina Aleksandrovna y las fotocopias de El Nudo, el robo del libro, la última y extraña conversación con el librero. Hizo algunas preguntas acerca de las biografías de Kunis, acerca de sus contradicciones y evidentes falacias. Después se quedó pensativo, la mirada otra vez en el platillo de aceitunas, intactas, mustias y apagadas. Conseguiré el libro, dije. No sé cómo dejé que me lo robasen.
Dani sonrió. Estabas corriendo tras una chica, dijo. Siempre te pasa más o menos igual. Pero no te preocupes, no tiene importancia.
¿Cómo que no?, dije.
No la tiene, dijo. Ya sé todo lo que hacía falta saber.
¿A qué te refieres?, dije.
Piénsalo, dijo. Es evidente. Sólo faltan los detalles, pero a quién le importan los detalles.
A mí, dije. ¿De qué estás hablando?
Dani me puso una mano en el hombro. Te lo pasarás mejor descubriéndolo por ti mismo, dijo. En cuanto ganes un poco de distancia se te hará evidente, como a mí. Es una conclusión decepcionante y no querrás saber nada más del asunto.
No me jodas, Dani, dije. No me has metido en esto para que...
Te contaré cómo descubrí a C. G. Kunis, pero no ahora, más tarde. Ahora tengo cosas más importantes en las que pensar.
¿Qué cosas? También te las contaré más tarde. Apuró su cerveza de un trago. Vámonos de aquí, dijo. Terminé mi cerveza también y pagamos. Dani levantó la maleta.
¿Qué llevas en la maleta?, le dije.
Armas y drogas, dijo.
¿Quieres que la dejemos en mi piso?
No, dijo. No importa. Quiero beber absenta. ¿Cómo se llamaba ese sitio en el que bebimos absenta?
Nueva Visión, dije.
Vayamos allí, dijo.
Todavía es temprano, hagamos tiempo, dije.
Recorrimos bares al azar. Bebíamos cervezas rápidas y pasábamos al siguiente. Dani, afectado pronto por la bebida, entraba en ellos como si fueran barcos a la deriva, zozobrando en la borrasca, inclinaba el cuerpo contra el peso de la maleta para mantener el equilibrio, los parroquianos lo miraban como a una aparición de otro mundo, una mezcla de predicador cuáquero y ballenero de Nantucket, y llegaba hasta la barra dispuesto a reclamar su arpón, su sombrero, su último trago. Las conversaciones eran confusas. Dani reclamó la destrucción de las pirámides egipcias y de cualquier cosa que ocultase un secreto en su interior. Hay que acabar con la ofensa del misterio, dijo. Aplicar nuestra curiosidad, la necesidad de conocer, como un bisturí, un bisturí láser, una finísima cuchilla de luz que seccione la roca y la carne y desvele el secreto. Y qué si eso nos cuesta la integridad de las pirámides o de la tumba del Emperador Amarillo con sus ríos de mercurio y sus guerreros de terracota, ya llevan demasiado tiempo ahí, llevan milenios, y creo que esta broma ya ha durado demasiado. Decía todo esto y otras reflexiones de corte similar y lo decía en voz alta, igual que si improvisase un púlpito en cada barra pringosa, y en los bares se hacía un silencio pequeño, mínimo, y se reanudaban las conversaciones ajenas, y a Dani le subía una expresión extraña a los ojos al salir a la calle, una expresión que había olvidado o a la que me había desacostumbrado, la manera en que te miraba como si no te conociese, como si te hubiese visto temblar y desvanecerte y volver a aparecer y ya no pudiera estar seguro de quién eras, de qué te había sustituido, como miran los sonámbulos que despiertan en un pasillo oscuro que podría ser cualquier pasillo.
Por fin, razonablemente borrachos, llegamos al Nueva Visión. Pedimos cerveza y absenta. Alisamos billetes sobre la barra. A la camarera le debimos parecer graciosos porque nos sonrió todo el rato. Bebimos la absenta y nos quedamos en silencio, tragando. Tenía un regusto a anís. Noté el rostro y el pecho un golpe de calor. Dejé el vaso en la barra. ¿Me lo contarás ahora?, dije.
¿Qué?, dijo Dani.
C. G. Kunis, dije. ¿Cómo lo descubriste?
Dani asintió. Bebió de su cerveza y sacó un par de cigarrillos. Te lo contaré, dijo y fumamos y escuché su historia, que duró lo necesario para terminar las cervezas y pedir otro par. Sonaba música surf, un contraste feliz con el mundo exterior, frío, navideño y estéril. Cuando Dani terminó de hablar se quedó mirando el televisor tras la barra. Coches de carreras se deslizaban sin sonido en la pantalla, tomaban curvas embarradas, salían del plano como si cayeran por el abismo del fin del mundo. Yo me apoyaba en una columna desconchada para no caer también. La absenta me había emborrachado por completo. Ese hombre, dije. ¿Se llamaba Amadís Dudú?
Dani me miró frunciendo el ceño. No, dijo. ¿Por qué iba a llamarse así? ¿Quién se llama así?
Ah, dije.
Dijo que se llamaba Pierre Menard, dijo Dani. Como si no fuera a pillar el chiste, sabes, como si sólo él...
Tengo que ir al meadero, le interrumpí. Dijo algo que no escuché. El local estaba lleno de gente y me moví en una masa densa de brazos, piernas, abrigos a medio quitar, bufandas desplegadas, llegaban helados de la calle y se sofocaban en el ambiente mal ventilado, se desvestían como amantes apresurados, dando codazos, con torpeza, se enganchaban los pendientes en el cuello de las sudaderas y los jerséis. Tropecé, alguien me empujó, seguí caminando. Uno de los servicios estaba inutilizable, la taza destruida, y en el otro no había luz. Oriné con la puerta entreabierta. Leí las pintadas de las paredes, firmas, consignas políticas, palabrotas, dibujos de penes y de tetas, me detuve en una incompleta, escrita con rotulador grueso en el techo: Run for your... ¿Corre por tu qué?, Dije. Un tipo gruñó a mi espalda. Se había formado cola. Salí del servicio. Busqué a Dani pero no lo vi por ninguna parte. Transpiraba, el sudor me resbalaba por las sienes, me pegaba la ropa al cuerpo. Me dieron ganas de gritar. ¡Corred! ¡Corred! ¡Brahms ha llenado de dinamita el tren! ¡Corred! Dani me tiró del brazo. Eh, dijo. ¿Qué té pasa?
Nada, dije.
Estás desencajado, dijo.
Estoy borracho como una cuba, dije. Creo que voy a vomitar.
Vamos fuera, dijo. Se abrió paso con la maleta por delante. En la calle el frío me alivió, pero no lo suficiente. El rostro de Dani brillaba y tenía el pelo rubio oscurecido y pegado al cráneo.
¿Mejor?, Dijo.
Negué con la cabeza. Me tambaleé unos pasos y vomité entre dos contenedores. Dani suspiró. A tu edad, dijo. Escupí. En mi vomitona no había nada sólido. La boca me sabía a cerveza y bilis.
Tenemos que ir a casa, dije. Estoy fatal. Me sujetaba el estómago con las manos. Contuve una arcada.
Componte, dijo Dani. Parece que te han pegado un tiro. Me miraba como a un niño caprichoso. Ahora te sientes mejor, ¿verdad?
Un poco, dije. Dejó la maleta a mi lado y se acercó a un chino que vendía latas y bocadillos. Compró dos cervezas.
¿Puedes beber?, dijo.
No debería.
Debes, dijo. Hazme caso, soy el hombre medicina.
Cogí la lata y la abrí. La espuma me chorreó por los dedos. El olor renovó la náusea. Es importante que no vuelvas a vomitar, dijo. Metió la mano dentro de su chaquetón y sacó un envase de plástico negro, como un carrete fotográfico. Le quitó la tapa con los dientes. Guardó su lata de cerveza en el bolsillo del chaquetón. La mano, pidió. La extendí. Dejó caer un par de tabletas blancas.
¿Qué es?
Dextroanfetamina, dijo. Bájalas con cerveza.
Obedecí. Dani tomó otras dos. Bebió cerveza y se quedó pensativo mirando un grupo de fiesteros que bajaba la calle. Cerró el envase y lo devolvió al interior del chaquetón.
¿Qué llevas en la maleta?, Le dije.
Los restos de una prostituta llamada Fairuza Volenski, dijo. ¿Adónde podemos ir?
No lo sé, dije. A cualquier sitio. Pero no nos movimos, seguimos bebiendo en la calle, temblando, el sudor se enfrió y se convirtió en una invisible escarcha de sal.
Tengo dos amantes, dijo Dani.
Eructé con el puño sobre la boca, saboreé una sombra de vómito. ¿Tú?, dije.
Sí, dijo.
¿Y?
Y nada, dijo. Sólo eso, dos amantes.
¿Quiénes son?, dije.
Dos mujeres, dijo.
Ya, claro, quiero decir que si las conozco.
Dani dudó, separó los labios, los cerró, y al final dijo: Una es mayor que yo. La otra es menor, no mucho. Cuatro o cinco años, creo, que a veces parecen un mundo y otras no parecen nada. La mayor tiene once años más.
Hice cuentas. Silbé. Vaya, dije.
Me gusta, dijo. Es pelirroja. Trabaja en el departamento.
¿Es profesora?
Sí, dijo.
¿Y la joven?
La joven no es profesora, dijo.
Bufé. ¿Quién es la joven?, dije.
No estoy engañando a nadie, dijo. No saben la una de la otra, aunque a veces puedan intuirse, pero no estoy engañando a nadie. La mayor sí engaña a su marido. La joven sólo me tiene a mí, hasta donde sé, pero no le preocupa si hay alguien más.
¿Estás enamorado?
Dani giró la cabeza hacia mí. ¿De quién?
De cualquiera de las dos, dije. De las dos.
No lo sé, dijo. Puede.
¿Y qué vas a hacer?, dije.
Estoy pensando en ello, dijo. Ahora mismo. Todo el rato. Se rascó la coronilla. Sería mejor no pensar tanto.
¿Desde cuándo pasa esto?, dije.
Unos meses, dijo.
Meses, dije. No me cuentas nada.
Y debería contar todavía menos. ¿Cómo te encuentras?, dijo.
Bien, bien, dije. Mejor.
Tiramos las latas a los contendedores entre los que había vomitado. Buscamos otro bar. Le hice más preguntas pero ya no quería seguir hablando del tema. La gente miraba la maleta de Dani y luego nos miraba a nosotros intentando comprender el chiste. Pedimos más cerveza y chupitos de Jack Daniel’s en un local oscuro en el que sonaba música ruidosa. La dextroanfetamina me había arrebatado el malestar y clarificado los pensamientos. Dejé de notar la borrachera y seguí bebiendo alcohol, pero era como no beber nada, como beber agua, como beber aire. Dani me pasó otra tableta.
¿Y tú?, dijo. Entendí la pregunta. Le hablé de Ana, de la larga noche en su sofá, de su bañera escaldándome las canillas, de la fragilidad y la fortaleza que convivían en un cuerpo tan menudo, de lo que me gustaba ese cuerpo, sus líneas, sus planos, sus angulosidades, su blanco de nieve y la media luna aún más blanca de sus ojos entrecerrados al correrse. Le dije que pese a todo no nos queríamos, que por eso nos rondábamos, volvíamos el uno al otro, como gatos malhumorados, como satélites sin órbita que deberían atraerse y chocar y estallar en mil pedazos, pero que eso no sucedía nunca, nos rozábamos, saltaban chispas, se desprendían trozos de piel y de mineral, pero nunca caíamos ni atravesábamos la atmósfera en llamas, sólo persistíamos en nuestras órbitas desorbitadas, pendientes de la posición, de la referencia, para que ninguno fuera demasiado lejos, para que ninguno se perdiera, para que siempre estuviéramos a una llamada, a una visita inesperada, de hacernos un poquito más de daño, de dejarnos nuevas cicatrices, de conseguir querernos de una vez por todas. Me ahorré hablarle de Orlando y de los hombres encapuchados porque me pareció demasiado complicado de explicar, aunque en realidad era lo más sencillo.
A lo mejor sí la quieres, dijo Dani.
A lo peor, dije.
Necesitamos otras mujeres, dijo Dani.
Mujeres, dije.
Sí, ¿qué te parece? Para poner las cosas en perspectiva.
Le dije que me parecía bien. Tú eres el seductor, dije. Yo seré el escudero.
Me miró un segundo muy serio, ponderando la palabra seductor, y luego sonrió. Hubo dos intentos infructuosos, una pareja de chicas que se dejaron saludar y cortejar y se esfumaron tras recibir una llamada telefónica, unas extranjeras borrachas, una media docena de ellas, con las que Dani intentó sin éxito una infiltración, y nos desplazamos al fondo del local donde todo era todavía más oscuro y las música más ruidosa, y yo lo miraba y no lo reconocía, ahora sí me era un desconocido, imposible de distinguir en una multitud, sus nuevos modales, sus nuevas maneras, la cansada cortesía con la que se acercaba a las mujeres, como si pasase por allí y todo, el ritual, la seducción, fuera producto de la casualidad y se gestase por sí mismo, sin que él pudiera hacer nada para evitarlo, sólo seguir los trámites entre divertido y resignado, y me dio un codazo y dijo: Mira esas. Estaban apoyadas en la pared, compartiendo un mini de cerveza, una alta y morena, la otra rubia, bajita, redonda.
Me gusta la morena, dijo Dani.
A mí la morena me parecía vulgar. Me vale la gorda, dije.
Espera aquí, dijo Dani y se acercó a ellas con un cigarrillo sin encender en los labios. No me apetecía acostarme con nadie, en realidad, pero sí añoraba el contacto, la cercanía, y mis sentidos espoleados por la anfetamina reclamaban algo, un roce, una caricia, una vaharada de perfume, el tacto de una nuca en las yemas de los dedos, el cosquilleo de una melena en el dorso de la mano. La idea de follar me daba escalofríos, sólo evocaba viscosidades, pelos enredados, muelas empastadas, extrañeza, suciedad, mi cuerpo tan desnudo y repugnante como cualquier otro cuerpo. Pero cuando Dani me hizo un gesto me acerqué y estaba dispuesto a cualquier salto al vacío, demasiado bebido y demasiado drogado para resistirme a la inercia, al pacto callado y mal asumido de lo que pretende un hombre en un bar, de lo que las mujeres están dispuestas a conceder. La rubia se llamaba Rocío. Su rostro relleno conservaba cierta angulosidad, tenía unos pómulos bonitos y unos ojos claros y grandes. Era más guapa que la morena. Tras cruzar dos frases me di cuenta de que no estaba nada cómoda, intentaba ser simpática, pero rehuía la mirada, mantenía siempre la misma distancia entre nosotros, si yo avanzaba, ella retrocedía, si yo me inclinaba para decirle algo cerca del oído, ella escuchaba y luego contorsionaba el cuello para ponerse fuera de alcance. Acabó con la espalda pegada a la pared y no porque yo la estuviera asediando. Tengo novio desde hace tres años, dijo, extemporánea y rápida, en el segundo que me tomó encender un cigarrillo.
Me encogí de hombros. ¿Y?, dije.
Se ruborizó. Nada, dijo. Que tengo novio desde hace tres años. Lo decía como si fuera un mantra que se hubiera estado repitiendo en su interior. Tengo novio desde hace tres años. Tengo novio desde hace tres años. Para no olvidarlo, para que no perdiera sustancia y realidad. Sus ojos estaban abiertos como si se le viniera encima un tranvía. No te preocupes, dije. Sólo estamos charlando mientras mi amigo y tu amiga se hacen amigos. Ella sonrió. Los miramos. Dani le cuchicheaba algo a la morena. Vi el envase de plástico volver a su bolsillo. La chica se llevó la mano a la boca. Me incliné hacia Rocío: Te avisaré cuando quiera besarte para que puedas escapar. De nuevo el rubor, casi instantáneo, pero no se retiró, y me miró a los ojos.
Tengo que ir al baño, dijo. Se acercó a su amiga y la tomó del brazo y tras decirle algo fueron en dirección a los servicios.
¿Qué le has dicho a la gorda?, me dijo Dani.
¿Qué le has dado a la fea?, le dije.
Dani hizo una mueca. ¿Quieres otra?, dijo. Tomé dos. Un tipo se nos acercó y nos preguntó qué teníamos. Pastillas para la tos, dijo Dani. El tipo ofreció dinero. Son pastillas para la tos, insistió Dani. El tipo nos echó un vistazo detenido. Sí, claro, dijo. Esa cara tenéis. Encendieron las luces del local. Las chicas volvieron.
¿Adónde se puede ir ahora?, dijo Dani. La morena propuso ir a beber cerveza a su piso. Rocío no dijo nada. Prestó atención a las bebidas derramadas y los cigarrillos aplastados del suelo. Dani recuperó su maleta, que había dejado junto a la barra, y las chicas lo miraron desconcertadas.
¿Qué llevas ahí?, le preguntó la morena.
Biblias mormonas, dijo Dani.
En el camino Dani y la morena fueron bromeando y riendo. Yo aproveché un coletazo de la dextroanfetamina para unirme a la conversación. Rocío permaneció silenciosa, caminaba con las manos dentro de una trenca verde, la cabeza gacha. En la calle Fuencarral había una ambulancia detenida. Atendían a un vagabundo que estaba tirado en un portal. Yo no miré pero Dani se detuvo. El profeta, dijo. Reconocí la caja de frutas, tirada en medio de la acera, rota.
¿Lo habías visto antes?, dije. Dani asintió.
¿Y vosotras?
Las chicas se miraron. Lo vimos en El Retiro, dijo Rocío. Hará un par de semanas. Decía que nos íbamos a ir todos al infierno y repartía panfletos. ¿Está muerto?
Sí, dijo Dani.
No, dije yo. Lo subieron a una camilla y lo empujaron dentro de la ambulancia.
Venga, vámonos, dijo Dani. Las chicas vivían en un piso diminuto, una caja de zapatos con tabiques. Dejamos los abrigos colgando en una percha y debajo de ellos la maleta. Dani y yo nos sentamos en un sofá y las chicas trajeron un par de botellas de cerveza y vasos. No llegué a servir mi primer trago cuando la morena le hizo un gesto a Dani y desaparecieron por el pasillo. Hay algo que quiero enseñarte, le dijo. Ya no volvieron. Rocío se sentó muy envarada en una silla.
¿Quieres beber?, dije.
Ella negó con la cabeza. Estoy bien, gracias, dijo. Escuchamos una risa femenina que se elevaba hasta quebrarse. Los tabiques eran de papel. Rocío se alteró, manoteó el mando a distancia que estaba sobre la mesa junto a las botellas, encendió el televisor. En la pantalla apareció una escena pornográfica. Cambió de canal varias veces. Dejó una teletienda con el volumen muy bajito.
Puedes irte a dormir, dije. Yo me quedo en el sofá.
No tengo sueño, dijo, pero no añadió nada más, y quedamos en silencio, observando las posibilidades de un artefacto portátil de ejercicios, las virtudes de una crema antiarrugas basada en la baba de caracol, la inusitada resistencia de un colchón hinchable que aguantaba alternativamente los envites de un oso juguetón y las peripecias de una gimnasta. En la pausa publicitaria hubo más pornografía, anuncios de contactos, vídeos de chicas desnudas para el teléfono móvil. Esta vez no cambió de canal, pero se sentó todavía más rígida y cerró los puños, rosados y regordetes, hasta que palidecieron en los nudillos. Yo notaba mi cuerpo sacudido por impulsos contradictorios, por un lado el cansancio, el madrugón, las horas de oficina, la sensación de haber puesto el cuerpo a más revoluciones de las que era capaz de soportar, y por otro la certeza de la dextroanfetamina que me sostenía, la energía histérica que me mantenía alto como una cometa, con los ojos muy abiertos, deseando moverme, echar a correr, bailar, cualquier cosa, contarle mi vida a esa chica, la pobre Rocío, cuya cerveza me estaba bebiendo, y que me veía sin duda como una fuerza invasora, un intruso que se había apoderado de su sofá, de su diminuto salón, y que además quería bajarle las bragas. Tengo novio desde hace tres años. Tengo novio desde hace tres años. Soy una buena chica. No engaño a mi novio. No me acuesto con desconocidos.
Entonces comencé a hablar. No recuerdo demasiado bien lo que le dije, sé que le hablé de mi vida en Madrid, de mi vida en la ciudad de piedra, cosas sencillas, cosas amables, porque no quería que me viera como un enemigo, como un sátiro, y mi voz no tenía mucho más volumen que el televisor, me salía un rumor grave de la garganta desollada por el humo y cauterizada por la bebida, le conté cómo eran mis días de oficina, mis días festivos, todos días inanes, le conté cómo era estar solo, sin sentir ninguna lástima ni consideración de mí mismo, y ella no dijo nada. El cristal sencillo de una ventana no lograba apagar los sonidos de la calle, una sirena, unas voces de borrachos. La noche progresaba ahí fuera y yo no dejaba de hablar. Me parecía importante que supiera que yo también era un buen chico, que toda mi maldad era venial y cotidiana, o producto de un error, de un azar del que no podía culpárseme. En algún momento se me olvidó con quién estaba hablando. Dirigía mi voz y mi mirada a la condensación que goteaba por las botellas de cerveza, una abierta y mediada, la otra intacta. Ella no era más que una sombra femenina. Cabeceaba de sueño. Me voy a la cama, dijo por fin.
Me despedí de ella, le agradecí el sofá, le pedí que apagase la luz al salir. Ella dudó, se quedó un momento quieta junto al interruptor como si fuera a decir algo. Apagó la luz y murmuró buenas noches desde la oscuridad. Sólo me iluminaba el televisor encendido. Pasé un rato sin moverme, las manos en los muslos. No tenía sueño. Lo único que se me ocurrió hacer fue buscar el cuarto de baño. Atravesé el pasillo a oscuras, guiándome por dos láminas de luz que escapaban bajo las puertas de las habitaciones. El cuarto de baño era también minúsculo, el espacio justo para un lavabo, una taza, un plato de ducha. Oriné y luego me lavé las manos y la cara. Las chicas tenían un jabón verde que olía a manzanas. El espejito me devolvió una mirada inyectada en sangre, dos ojos incandescentes en un rostro pálido y demacrado. Al salir una de las puertas estaba entornada. Primero me apoyé en el marco y esperé. Estaba sentada al borde de la cama, con un par de calcetines enrollados entre las manos. Los apretaba como para exprimirlos. Carraspeé. ¿Puedo pasar?, dije.
Asintió. Me senté a su lado. Una tabla del armazón de la cama crujió. Creo que voy a besarte, dije. Lo quité los calcetines de la mano. Ladeó su rostro hacia mí y no había lascivia ni deseo, pero sí invitación, la invitación que se hace a los asesinos y a los monstruos, la expresión de perplejidad con la que las vírgenes saltan al volcán, suben al altar de sacrificios, descienden un poco borrachas de vino caliente a los sótanos de la baronesa.
Fue como desvestir a una muñeca. Se quedó tendida en la cama. Su piel era muy blanca, pero distinta a la de Ana, de una tonalidad más cremosa, acogedora. La piel de Ana, tensa sobre los magros músculos, era porcelana o mármol. Rocío parecía una promesa de fertilidad. Me puse en pie para mirarla. Comencé a desabrochar mi camisa y ella perdió la mirada en el cielorraso de la habitación. Pidió a hacerlo a oscuras y a oscuras fue como sucedió, brillando su piel y la mía, pálidas ambas, en una fosforescencia casi feérica, y fue entonces cuando la besé y cedió toda ella a la fuerza invasora, el caos exterior, los remordimientos de mañana.
Más tarde llegó la imposibilidad del sueño. Ella me daba la espalda, acurrucada contra la pared. Yo recordaba otra noche igual, insomne junto a un cuerpo que rehuye el contacto, una noche cálida y pegajosa, cuando ya sabía que Violenne no me quería, había intentando decirlo sin decirlo y yo había intentando no enterarme, no saberlo, hacerme el loco, y ninguno de los dos dormía, ni hablaba, ni perdía la rigidez, cubiertos por la misma sábana, temerosos de las pesadillas por venir. Rocío tampoco dormía pero no dijo nada cuando salí de la cama y me vestí en la oscuridad. Ni siquiera se movió. Me serví un vaso de cerveza tibia y desbravada en el salón. El televisor seguía encendido. Miré las noticias inaudibles. Encendí un cigarrillo. Una luz pobre de amanecer entraba por la ventana. Al rato apareció Dani por el pasillo, sin zapatos, el cinturón colgando de la cintura de los pantalones, la camisa abierta. Eh, dijo. ¿No ha habido suerte?
Llevaba la maleta. Apartó con cuidado las botellas y los vasos y la abrió sobre la mesa. Hurgó dentro de ella acuclillado como un gnomo.
Difícil de decir, dije.
Oh, dijo. Sacó una camisa doblada de la maleta y la dejó en la silla que había ocupado Rocío. Vamos a ir a desayunar. Si quieres venir.
No, dije. Creo que me voy a casa.
¿Sí?
Sí. De una vez por todas.
Quizá pase el día con esta chica.
Bien, dije.
¿Vas a ir a ver a tus padres?
¿Cómo?
Estas vacaciones. ¿Te quedas aquí o vas a ver a tus padres o qué?
Ah, dije. Supongo que iré a ver a mis padres.
Entonces nos veremos por allí.
Sí, claro.
Dani.
Qué.
¿Te acuerdas de la chica coja?
Se quedó inmóvil un segundo. Sí, claro, dijo.
Me he acordado de ella.
¿Por qué? ¿Qué le has hecho a la gorda, Javo?
Nada. Tampoco le hicimos nada a la chica coja, ¿no?
Yo desde luego no, dijo.
Llevo unos días pensando en ella. ¿Cuántos años hace?
No lo sé. ¿Cinco? ¿Más?
Puede que más. Fue la primera vez que Violenne... ya sabes.
Sí, ya.
Me incorporé, cogí la cazadora de la percha. Dani había sacado una muda completa y cerró la maleta.
Dani, dije. ¿Qué llevas en la maleta?
Me miró desde abajo, frunciendo el ceño. Luego dijo: Krugerrands sudafricanos.
Nos dimos la mano. Me ha gustado volver a verte, dije.
Dani asintió. Ha sido entretenido.
Hasta la próxima. Sí, dijo. Hasta la próxima.

martes, junio 02, 2009

10

Tercer día de convalecencia – Caverna – Los lotes de los muertos – El destructor de libros – Palabras precisas – La oscuridad de la caverna – La saga sodomita de Wilma Dacroze – Don’t look back

La librería del hombre alto estaba tan cerrada como la whiskería con la que compartía acera. Era la mañana del miércoles, mi tercer día de convalecencia, y yo estaba aterido mirando la persiana metálica sin saber qué hacer a continuación. Le dediqué un cigarrillo completo al tema antes de caer en la cuenta. Rodeé el edificio para entrar por la fachada contraria. El portal estaba abierto, sujeta la puerta con un cartoncito, y una señora fregaba las baldosas. Vaya, dije y me quedé parado en el escalón de la entrada, esperando. La señora me miró de reojo. Pase, dijo. No importa.
Lo siento, dije y di unas zancadas largas por el suelo fregado. La señora suspiró. Borró mi rastro con un movimiento desmayado de la fregona. Toda la escalera olía a productos de limpieza, una mezcla de lejía, amoniaco y ambientador de pino. Los notaba subir por las fosas nasales, fuertes, irritantes, hasta las circunvoluciones de mi lóbulo frontal. La venganza de las limpiadoras, pensé mientras imaginaba mi cerebro liso y pulido por la fricción química o licuándose en una sopa oscura. La enfermedad, pese a mis esfuerzos involuntarios por agravarla, se había ido desvaneciendo, dejando sólo un vago malestar y cierta hipersensibilidad a los estímulos agresivos del mundo exterior. La cafeína me disparaba taquicardias. Los olores propiciaban evocaciones intensas. Era como si por el agotamiento y la fiebre ciertas barreras se dejaran caer y asomase mi verdadera percepción, una visión no tamizada de la realidad, sinestésica y lateral. Había despertado con un sabor azul en la boca.
Llamé a la puerta del librero. Agucé el oído, pero al otro lado no se oía nada. De abajo llegaban los chasquidos húmedos de la fregona. De arriba, del número indeterminado de pisos superiores, nada, un silencio sólido y palpable, un silencio por lo tanto lleno de presencias expectantes. Llamé de nuevo. El timbre producía un chirrido desagradable, como un castañeo de dientes metálicos, un martilleo rápido en una campana rajada. Los sonidos del oso, poco a poco, se fueron filtrando por la puerta, una tos, un rumor de ropas, un arrastrar de pies. Esperé, intranquilo, sumido en penumbra. La luz que entraba en el portal se iba desvaneciendo en la escalera, se adelgazaba en favor de la oscuridad, y el descansillo se convertía en la estrecha galería de una caverna. El interruptor de la pared no funcionaba. El fregoteo se hacía lejano. Como el goteo milenario de una estalactita. La puerta se entreabrió. A ver, quién es, dijo el librero.
Ocupaba todo el vano de la entrada. El piso a su espalda estaba iluminado pero su físico osuno bloqueaba la luz como una segunda puerta, una leve claridad sobre los hombros, el rostro recorrido por largos planos de sombra. Los ojillos parpadearon. Tú, dijo.
Tengo un problema con el libro, dije.
El librero chasqueó los labios. El libro estaba en perfectas condiciones, dijo.
Ya. No es eso.
¿Entonces qué es?
Necesito otro ejemplar.
Exhaló por la nariz. Se rascó una ceja. ¿Te gustaba tanto que te has comido el que tenías?
Me lo robaron.
Se rascó la papada barbuda. Hizo un ruido pastoso con la lengua. Interesante, dijo. Pasa
Se retiró de la puerta. Lo seguí por el pasillo ajedrezado hasta la sala de las tres puertas. Se dejó caer en un sofá de orejas, deformado por el uso, que se ajustó a su enormidad como un guante. Señaló un tresillo desvencijado. Tomé asiento con cuidado. La madera vieja crujió bajo mi peso.
El hombre bostezó y volvió a rascarse. Llevaba la misma bata azul. En fin, dijo. ¿Quién te ha robado el libro?
No lo sé, dije. Un tipo. Perdí de vista el libro un momento, en una cafetería, y cuando volví ya no estaba.
Ajá, dijo. ¿Te robó sólo el libro? Es decir, ¿específicamente el libro o lo llevabas en una mochila o algo así?
Se llevó el libro y una carpeta, lo que había dejado sobre la mesa de la cafetería, dije. Pero qué más da. Lo que necesito es otro ejemplar.
El librero me miró con atención. Los ojos tenía un brillo húmedo, lágrimas de sueño que los encapsulaban sin restarles intensidad. Detrás de la fachada adormecida el librero estaba muy despierto.
Qué curioso, ¿no? Un ladrón de libros. En las cafeterías normalmente roban móviles, gafas de sol... Pero este tipo te roba un libro.
Oiga, dije. Sí que es raro, pero no importa. Lo que necesito es hacerme con otro, si es posible.
Posible, dijo. Puede. Con el tiempo...
Corre algo de prisa.
Frunció el ceño. Ah, ¿sí?
Sí. Bastante.
Chaval, qué mal negociador eres. Ahora te tendría en la palma de la mano, dijo. Extendió una de sus manazas como para mostrarme el lugar en el que me había puesto. Podría exprimirte así de fácil. Cerró el puño.
Ya veo.
Pero no tengo nada con lo que exprimirte, dijo. Como te informé, no tenía otro ejemplar más que el que te llevaste.
Tragué saliva. Mierda, dije. ¿Conoce a alguien que pudiera tenerlo?
No.
Tampoco me lo diría si lo conociera.
¿Por qué no?
Porque así podría hacerse usted primero con el libro y exprimirme.
Se echó a reír. Tenía una risa ronca y grave. Quizá, dijo. No es el caso. Y era sólo una broma, no tengo por costumbre exprimir a nadie. El negocio de los libros de viejo no da para eso. Rara vez me llega un libro verdaderamente valioso, un incunable. Estoy fuera de esas ligas. Yo trabajo con novelas de bolsillo, libros paracientíficos de hace veinte años... Compro lotes a señoras que acaba de enviudar, a los herederos de algún viejo que ha espichado y no saben qué hacer con tanto libro. Ahí entro yo. Puede que algún día me vuelva a encontrar con C. G. Kunis. El mes que viene. Dentro de cinco años. Nunca. He aquí mi promesa, si eso sucede serás el primero de mi lista.
Gracias, dije, aunque no me sentía agradecido. El librero sonreía derrengado en el sillón, muy entretenido. Creo que me voy a ir. No le molesto más.
Oye, dijo el librero. Tranquilo. Qué prisa hay.
Prisa no había ninguna, pero no me sentía cómodo allí. La sala era pequeña, abigarrada por las estanterías repletas de libros, y aunque la luz de la mañana entraba por la ventana, una única ventana de nicho estrecha como una grieta, no perdía la sensación de seguir dentro de una caverna.
¿Qué quiere?, le dije.
Vienes a mi casa, me arrancas de mi merecido descanso, dijo. Qué menos que entretenerme con una historia.
No hay nada que contar. El libro no es mío y me gustaría hacerme con otro para...
El libro no es tuyo, dijo. Oh.
Me detuve. No lo es, dije.
Pero te lo entregué a ti, dijo.
Me sentí incapaz de improvisar una mentira. No soy quien dije que era, dije.
¿Lo ves? Siempre hay una historia.
Mi amigo... Daniel.
Es con él con quien hice el trato, ¿verdad?
Sí. Supongo. En realidad no sé nada. Mi amigo me dijo que viniera haciéndome pasar por él para recoger el libro. Dijo que era una cuestión de confianza.
El librero asintió. Sacó su cajetilla de cigarros de la bata y encendió uno.
Mi amigo es un poco, eh, peculiar. En estos casos casi prefiero no hacer preguntas.
Lo hubiera supuesto, dijo el librero. Incluso si el hombre que medió entre tu amigo y yo no me hubiera dicho que era un chico rubio y flacucho.
Bueno, dije. Lo siento.
Bah, dijo. Carece de importancia. Resulta más intrigante así.
Yo no sabía nada de Kunis. Ni siquiera qué libro venía a buscar.
Sí. No parecías el típico perseguidor de Kunis...
¿Sabe qué había en la carpeta?, dije. En la que me robaron con el libro.
¿Qué había?
Unas fotocopias, dije. De una revista de los años setenta. El Nudo. ¿Le suena?
El librero dio una larga calada. Me miró entre el humo. El Nudo, dijo.
Kunis colaborada con la revista, dije. O quizá más. Publicó en ella por lo menos un poema y varias traducciones.
El librero asintió. Me invitó a seguir hablando. Pero yo no tenía nada más que decir. ¿Qué sabe usted de C. G. Kunis?
¿Qué sabes tú?
Nada, dije. O bastante, pero no mucho que tenga sentido. He encontrado varias biografías. Contradictorias, falsarias o directamente disparatadas. Parece... Mire, a veces me da la sensación de que alguien quiere ocultar a Kunis.
El librero me miró sin hacer un gesto, sin mover un músculo facial, sin respiración aparente.
No es esa la palabra, dije. Difuminar. Enturbiar. Que no pueda saberse con seguridad quién es o fue Kunis, lo que escribió.
Interesante, volvió a decir, pero no parecía interesado. Desvió la mirada, dio una calada al cigarrillo.
¿Usted puede contarme algo?
¿Yo?, dijo. Yo no sé nada. Que los libros de Kunis se venden fácil y rápido. Cierta gente, gente muy diversa, se desvela por ellos. No sé el motivo. Siempre lo he achacado a su rareza y a que Kunis, a fin de cuentas, es un escritor competente...
¿Es?, dije.
El librero parpadeó. Carraspeó. O fue, dijo. Quién sabe.
¿Ha tenido más libros de Kunis? Libros diferentes, no el poemario.
Tuve el libro de relatos... ¿Cómo se llamaba?
La fábrica de universos de Dios, dije.
Eso, dijo. Títulos curiosos.
¿Lo leyó?
Sí. No recuerdo gran cosa. Fue hace mucho tiempo.
¿Y la novela?, dije. En el poemario se menciona una novela en preparación, Búfalos. ¿Llegó a terminarla y publicarla?
No lo sé, dije. Nunca la he visto. Se pasó una mano por la enorme cabeza. Chaval, yo sólo soy el tipo que se hizo con el libro. No soy un experto en Kunis.
¿Dónde lo consiguió?
Suspiró. Por ahí, dijo. En la biblioteca de un difunto. La expurgué a fondo, antes de que lo preguntes. No había nada más de valor. Ni sobre Kunis ni sobre nadie.
Miraba las espirales de humo de su cigarro. El interés que le despertaba la conversación había pasado ya hacía algunas preguntas. ¿Sabes en lo que consiste mi trabajo?, dijo.
En comprar y vender libros, imagino.
En parte, dijo. Principalmente, en destruir libros. ¿Qué te parece? Tengo incluso una pequeña trituradora.
No supe qué decir. Bueno...
Los lotes de los difuntos. La gente vende todo o nada. Es normal, lo que quieren es quitarse de en medio kilos y kilos de papel inútil. Los libros pesan mucho. Más de lo que aparentan. Ni siquiera les interesa el dinero, porque pagar no pago mucho, no podría hacerlo. Sé que si se lo pidiera algunos me pagarían a mí como pagan a los mudanceros o al notario que ejecuta el testamento. Así que me encuentro con docenas de libros sin interés, en pésimas condiciones, deleznables, volúmenes de colecciones que nunca llegaron a completarse, tomos enciclopédicos, noveluchas con las páginas manchadas, rasgadas, cubiertas rotas, lomos descosidos. ¿Qué voy a hacer con ellos? Puede que te parezca mal.
No, no, dije. La verdad...
Pero a veces me siento como si estuviera poniendo a dormir gatitos. ¿No es curioso?
Sí...
Hay que hacer lo que hay que hacer, dijo. Triturarlos todos.
¿Por qué me cuenta esto?, le dije.
El librero no respondió. La brasa del cigarro había ido avanzando y un cilindro de ceniza cayó al suelo. No lo sé, dijo al fin. Es algo en lo que estaba pensando. En los libros que destruiré hoy.
Intenta decirme algo, pensé. Algo diferente a lo que dice, algo, desde luego, no acerca del sacrificio de gatitos ni la trituración de libros desahuciados. Algo para lo que no debe tener las palabras precisas o ganas de buscar esas palabras. Algo, es posible, sobre la desolación, sobre el olvido, y algo, en cualquier caso, que no debe ser asunto mío.
Creo que me voy a ir ya.
Hizo un gesto de indiferencia. Más ceniza fue al suelo. Espero que vuelvas pronto, dijo con una cortesía maquinal, de tendero, y a continuación: ¿Te has dado cuenta de que vivir exige al mismo tiempo ser generoso y no tener piedad?
Estaba incorporándome y quedé congelado a medio movimiento por su pregunta. Con lentitud, con el cuidado y la delicadeza de un anciano o como el que no quiere alterar a un perro guardián, alcancé la verticalidad y dije: No sé qué quiere decir.
¿No?, dijo. Claro que sí.
El panorama era deprimente, las volutas del humo recortándose en el haz de luz de la ventana, mostrando su inquieta anatomía interna, el hombre enorme en bata derrumbado en el sillón, las hileras de libros como refugiados de guerra o presos dispuestos para el cadalso. Adiós, dije.
Sus ojillos de oso me lanzaron una última mirada, ilegible y distante. Caminé por los baldosines blancos y negros. El librero tosió a mi espalda. Sigue buscando, dijo. Su voz llegaba por el pasillo. Miré por encima de mi hombro, pero no podía verlo, sólo el pasillo vacío, el tresillo que había ocupado. Me quedé inmóvil con la mano en el pomo de la puerta, esperando. Olía a polvo, a papel, a café viejo en la cocina. A lo mejor hasta encuentras lo que buscas, concluyó desde la invisibilidad de su sillón de orejas. Abrí la puerta y lo que encontré fue la oscuridad de la caverna.

jueves, mayo 21, 2009

9

Aleksandrovna – Historias de monstruos y ciencia ficción – Una chica en negligé – Santiago y el señor Kurosaki – Polina – El Nudo, los nudos – El libro desaparece – Aprendiendo ruso por el uso – (I live for) Cars & Girls

P. Aleksandrovna, la persona que había colgado el tercer número de El Nudo, respondió a mi correo electrónico para decirme que no sabía nada de C. G. Kunis. Tenía otros ejemplares de la revista y, palabras textuales, la amplia biblioteca de mi padre llena de rarezas y libros olvidados, y les echaría un vistazo. La versión primigenia de Lecciones de revólver siempre le había llamado la atención, aunque no lo suficiente para investigar más. Ahora lo haría, aseguraba. Me gustó cómo escribía, no es que se pueda colegir mucho de un texto de siete u ocho líneas, pero algo puede adivinarse de las frases sencillas, expositivas, sin complicaciones, en cierta fluidez y claridad de ideas, en la tranquilidad con la que se refería a los libros olvidados. Me cayó bien desde el principio. Este correo debí recibirlo más o menos cuando llamaba al portero automático del piso de Ana. El siguiente lo recibí unos cinco minutos antes de llegar a mi apartamento, P. Aleksandrovna había echado un vistazo superficial a sus otros ejemplares de El Nudo y había descubierto de nuevo a Kunis, siempre en funciones de traductor. Firmaba fragmentos de Los campos magnéticos de Breton y Soupault y poemas de Ezra Pound y William Carlos Williams. Eran buenas traducciones, decía, aunque no impecables, como si Kunis no fuera capaz de enajenarse por completo y en determinados versos asomase su propio mundo, sus inquietudes poéticas, arañando lo que debería ser más prístino, más claro, pero que demostraban un dominio aceptable del inglés y el francés.
P. Aleksandrovna. Polina, supuse. La joven pretendida en El jugador, la heredera sin herencia, la amada sin amante. Este sobrenombre y la referencia a la biblioteca paterna me hicieron imaginarla joven, incluso más joven que yo, lo que era improbable, de una fragilidad eslava, propensa a las crisis nerviosas y los retiros en balnearios de la costa, una chica rubia y blanquecina, huesecillos de cristal, fatigando volúmenes demasiado pesados para sus finas muñecas. Pero qué sabía yo. Sería una cincuentona erudita y con gafas anticuadas. Sería un señor con bigote y un secreto gusto por el travestismo. No sería nada que pudiera imaginar.
Le envié un correo en el que le agradecía las molestias y adjuntaba la información que había conseguido sobre Kunis. Como ves, escribí, es un enigma biográfico. Tras eso fui a la cocina y rescaté de la nevera la sopa sobrante, la tomé con pan duro y medicinas, descabecé un sueño breve en el sofá. De vuelta al ordenador, la Aleksandrovna había escrito un nuevo correo, las diversas biografías de Kunis le habían desconcertado. Como yo, daba por más probables los pocos datos que aparecían en El Nudo, la fecha de nacimiento en Madrid, la residencia en París. Añadía que en cuanto volviera a casa, ahora estaba en la facultad, se pondría a investigar en la biblioteca de su padre.
La facultad. Sin pensarlo, escribí una pregunta y se la envié: ¿Profesora o estudiante? Encendí un cigarrillo. Esperé. Respondió a los cinco minutos: Estudiante. Hice filología inglesa y ahora estoy en el último año de la francesa. ¿Y tú?
¿Y yo? Ni profesor ni estudiante. Un insomne. Un fumador compulsivo. Un mal bebedor. Un tipo bastante aburrido. Respondí: Un oficinista con demasiado tiempo libre.
Respondió: ¿Tienes tiempo libre hoy? ¿Te interesa ver las traducciones de Kunis?
Tiempo libre tenía mucho. ¿Interés por las traducciones de Kunis? Lo que tenía era una decisión tomada esa misma mañana de olvidarme del tema. Cavilé unos momentos. También había decidido olvidarme de Ana y en lugar de eso había salido corriendo hacia ella. ¿Qué había conseguido? Nada. Más extrañeza. Además tenía fiebre y un diagnóstico distraído de anemia y depresión. Un montón de motivos razonables para no hacer nada de lo que estaba haciendo, para obligarme a descansar, para meterme en la cama y dejar pasar las horas en la placidez nublada de las medicinas y la enfermedad. Pero todo eso no importaba. Lo que quería hacer era ver las traducciones, lo que quería hacer era desvelar la pequeña incógnita de la Aleksandrovna, lo que quería era seguir despierto y vigilante, lo que quería era hacer lo que me diera la gana y no ir a la oficina ni tener que redactar informes de ofertas, ni tener que peinarme antes de salir de casa y afeitarme por lo menos una vez a la semana, ni estar pendiente de las arrugas de la ropa, de la hora del almuerzo, de los turnos para bajar a la cafetería, de contar las pausas para fumar, de la electricidad estática que recorre la moqueta marrón, de la supervisión de coordinadores, líderes de equipo, subdirectores, adjuntos, asesores, el tedioso infierno de los cargos intermedios, de los correos electrónicos acerca de caudalímetros y artilugios de los que no sabía nada y nada quería saber. Lo que quería era que me dejasen en paz. Lo que quería era escribir historias de monstruos y de ciencia ficción.
La Aleksandrovna me citó en una cafetería del centro a última hora de la tarde. ¿Cómo te reconoceré?, le escribí. Seré la chica con el casco de moto, respondió.
Después pude suspender vigilia y vigilancia un rato y descabezar otro sueño, esta vez tendido sobre la colcha de la cama. No duró mucho. Me despertó el teléfono móvil. Javier, dijo la voz al otro lado. Cómo estás.
Estupendo, dije, la boca pastosa, la cabeza palpitante. Miré a los lados. Durante unos segundos no supe dónde estaba. ¿Qué pasa?
Santiago rió por lo bajo, seguramente a costa de mi voz arrastrada. Nada, amigo, dijo. Me preguntaba si podrías reunirte conmigo.
Carraspeé. Si podría, dije. Creo que no.
Oh, vamos. Hay alguien que quiero que conozcas.
Ya voy a conocer a alguien hoy, dije.
Santiago titubeó. ¿Cómo?
Quiero decir que tengo un compromiso previo.
¿No tienes tiempo para un encuentro rápido?
Consulté la hora. No lo sé, dije. Voy algo justo.
¿Estás en tu apartamento?
Sí.
Hazme un favor. Asómate a la ventana.
Lo hice. La luz de una tarde a finales de diciembre. Un coche negro aparcado en doble fila. Un tipo fumaba un cigarrillo al lado, con la mano apoyada en el techo.
No me jodas, dije.
Espero que no te moleste que...
¿Cómo sabes dónde vivo?
¿Cómo lo sé? Le pedí la dirección a mi secretaria. Te enviábamos a esa dirección las nóminas.
Ya. Me aparté de la ventana. Vi los analgésicos sobre la mesilla y cogí un par.
¿Y qué pasa ahora?, dije. ¿Si no voy ese tipo va a subir a buscarme?
Por dios, claro que no, dijo Santiago. Ha sido una decisión preventiva. Para ahorrar tiempo.
Tragué los analgésicos en seco. Contuve una arcada ruidosa. Santiago no dijo nada. ¿Dónde estás tú?
En una de nuestras oficinas del centro. Mi chofer luego te dejará donde necesites.
No me vas a dejar en paz, ¿verdad?
¿En paz? ¿Estoy turbando la paz de tu vida de civil?
No importa. Voy a verte.
Bien, bien, dijo. Corté la llamada. Unos minutos después estaba en la calle. El chofer me miró salir del portal y apoyó ambos brazos en el techo del coche. Tenía un rostro curtido, la nariz achatada de la manera en que la achatan los puños y los cabezazos, una expresión de relajado aburrimiento.
Eh, dije. Soy Javier.
Monta, dijo el chofer.
Ninguno intentó conversar durante el trayecto. El chofer llevaba una chaqueta marrón cuyas hombreras se le habían levantado al ocupar el asiento, privándolo de cuello. Parecía un sapo gigante. La barriga le tensaba la camisa, pero no estaba gordo, tenía un físico sólido, compacto, de bala de cañón. Mantenía una mano sobre el volante, la otra descansada sobre la palanca de cambios y en ella, entre el índice y el pulgar, un tatuaje borroso, una única palabra que no pude leer. Las oficinas de Santiago no eran tan céntricas como había asegurado. El chofer detuvo el coche frente al portal de un edificio de viviendas. El código es tres, cinco, siete, asterisco, dijo. Márcalo en la entrada. Te abrirán desde arriba. Es el cuarto piso. Segunda puerta. ¿Vale?
Vale, dije. Tras marcar el código la puerta se abrió con un zumbido. Subí en ascensor hasta el cuarto piso. Una chica altísima y rubia me franqueó el paso de la segunda puerta. ¿Vienes a ver a Santiago?, dijo. Tenía acento del este. Sígueme.
La seguí por un largo pasillo. No eran unas oficinas en absoluto. Era un apartamento enorme. Escuché voces femeninas. Por una puerta entornada tuve la fugaz visión de una chica en negligé examinando con atención los dedos de sus pies. Llamó a la última puerta del pasillo. La voz de Santiago invitó a pasar desde dentro. La chica giró el pomo y se apartó. Pasé a una penumbra amarillenta, de luz muy atenuada. Santiago estaba sentado en un sofá con un vaso bajo y ancho en la mano A su lado, en un sillón similar, había un hombre pequeño, vestido de negro, de rasgos orientales. La puerta se cerró a mi espalda.
Santiago permanecía como congelado en un gesto hacia el hombre oriental, sorprendidos en una confidencia, la cara vuelta hacia mí. Las gafas oscuras no dejaban leer nada de su expresión. Por fin, dijo. Su cuerpo se relajó. Agitó el vaso y los hielos en su interior tintinearon. Siéntate, amigo, dijo. Siéntate. ¿Quieres una copa?
No, gracias, dije. Estoy tomando medicinas.
Oh, dijo. ¿Enfermo?
Es sólo un catarro.
Deberías habérmelo dicho. Retrasar esto para otro día.
No pasa nada. Hago de todo menos quedarme en casa.
La salud es importante. Hazme caso. Yo sé lo que es perderla.
Me senté en un sofá frente a ellos. Tenía el mueble bar al lado y me llegó un tenue olor a whisky. Miré al desconocido. Eh, dije. Hola.
El hombre se envaró. Javier, dijo Santiago. Te presento al señor Kurosaki.
El hombre inclinó el cuerpo como único ademán de saludo.
El señor Kurosaki representa nuestros intereses en el Lejano Oriente.
Miré al hombre y luego a Santiago. El Lejano Oriente, dije. Joder.
Un placer conocerle, dijo el señor Kurosaki.
Sí, claro, dije sorprendido. Un placer.
El señor Kurosaki trabaja en la embajada japonesa desde hace años. Habla un perfecto castellano.
Ya veo.
Y, bien, Javier...
Está muy bien esto que te has montado, dije.
¿Perdón?
Esto. Di unos golpecitos en el brazo del sofá.
Oh. Claro.
Oficinas, dijiste.
Por llamarlo de alguna manera. De vez en cuando solvento aquí algunos asuntos de trabajo.
Imagino, dije. Creía que no eras un proxeneta.
Santiago acusó el golpe con una sonrisa torcida. No te equivoques, dijo. Esto es más bien una residencia para chicas. Para nuevos talentos. Ninguna se prostituye.
Parece un picadero de lujo.
Ocasionalmente lo utilizamos como escenario. Más tarde habrá rodaje, si estás interesado en presenciarlo.
Levanté una mano. Compromiso previo, ya te dije.
Tienes razón, dijo Santiago. ¿Te parece si pasamos al tema de la reunión?
¿Qué tema?
Nuestra común amiga, claro. Bebió de su vaso. Una lengua rápida y desvaída recorrió su labio superior.
Ya, dije. Alisé una arruga a lo largo de mi pantalón. ¿Qué hace él aquí?
El señor Kurosaki apenas se movía. Lo único que lo diferenciaba de una estatua era su respiración leve y silenciosa y algún parpadeo robótico.
El tema le compete, dijo Santiago.
¿Por qué?
El señor Kurosaki giró la cabeza hacia mí. Soy el enlace, dijo.
¿Con qué?
Con Japón.
Miré a Santiago.
No te preocupes por eso ahora, dijo. Nos gustaría saber qué has averiguado.
¿Qué he averiguado?, dije. Nada. No trabajo para ti, ya te lo dije. No tengo que averiguar nada ni...
Pero has visto a la chica, dijo Santiago.
Me quedé boquiabierto. ¿Cómo lo sabes?
Santiago descartó la pregunta con un gesto de la mano. Nos preocupamos por ella, Javier. Sólo queremos saber...
¿Cómo sabes que he visto a Ana?
¿Cómo no ibas a verla? Te dije que la chica no estaba bien.
Pero...
¿Acaso me equivocaba? ¿Qué sucedió? ¿Fuiste a ella o ella a ti?
No contesté. Sentí el impulso de levantarme y salir corriendo. Sentí el impulso de cogerlo por las solapas de su traje y sacudirlo hasta sacarle aquellas espantosas gafas de la cara.
En cualquier caso, lo importante es que la has visto, dijo Santiago. ¿Cómo está?
Mal, dije. Miraba al señor Kurosaki. Me sostuvo la mirada. Sus ojos parpadearon. Plic. Plic.
¿Conocemos ya el motivo?
Recordé a Orlando metiéndose la camisa dentro del pantalón. La familiaridad obscena con la que trataba a Ana. No, dije.
Estoy preocupado por ella, dijo.
Es mayorcita, sabes, dije. Y no eres su padre.
Hay algo paternal en lo que siento por ella, dijo. En lo que siento por todos vosotros.
¿Nosotros?
Sí. Los primeros. Los que empezasteis todo esto. Me preocupo.
Dejó el vaso en sobre el mueble bar. ¿Por qué no habría de hacerlo? Os debo mucho. Creo que no he sabido recompensaros. Sobre todo a ti.
Oye, no me debes nada. Cobré hasta mi última nómina. Me fui porque quise.
Sí, sí. No supe retenerte. Igual que no supe proteger a la chica. Ahora está mal y tú trabajas en una oficina. ¿Te has visto en un espejo últimamente? Pareces un fantasma.
Quién fue a hablar.
Santiago sonrió. Llevó una mano moteada de pecas a las gafas oscuras y las retiró. Sus ojos, que había visto muchas veces, me parecieron nuevos. Apretó los párpados. La escasa luz de la habitación los herían. Los ojos de un feto. Unos ojos viscosos, cubiertos de légamo translúcido, cultivados en una cubeta, nunca expuestos antes a la crueldad de los fotones. ¿Recuerdas a Milan?
¿El fotógrafo checo? Sí.
¿Sabes qué está haciendo ahora? Lo que le da la gana. Pagado por mí. Se encarga de la división, digamos, artística. Erotismo, softcore, esas cosas. Vive en Praga. Aquí reside alguna chica descubierta por él que ha querido dar el paso a cosas mayores. Vive bien, nuestro amigo. Así es como debe ser.
No tienes nada parecido para mí, Santiago, dije. Su postura, desfallecido en el sillón, los ojos entrecerrados, la mano laxa que sostenía de una patilla las gafas, trasmitía un repentino abatimiento, una pesadumbre sincera. Bajo su lógica de vampiro tenía sentido. Tampoco puedo ayudarte, concluí. Ni a ti ni a Ana.
No prestó atención a lo último que dije. Ya pensaremos algo, dijo. Algo mejor que tu oficina. De momento, tengo una idea. Pronto empezará el rodaje de la que, espero, se convierta en una exitosa franquicia. Aprendiendo ruso por el uso. La primera entrega ha funcionado muy bien. Te quiero en el equipo.
Pero si yo no sé...
No necesitas saber nada. Estarás allí como mi contacto directo. Eso se rueda sólo. Sólo hay que buscar chicas guapas. Llevarás un par de actores, un cámara, un técnico de sonido. Nada complicado.
¿Llevarlos adónde?
Santiago se puso las gafas de nuevo. Sonrió. La pesadumbre se había esfumado. A Rusia, dijo. Moscú de momento. Aunque sería interesante visitar otras ciudades. Volver con material para dos o tres entregas. Habría que considerarlo. ¿No te interesaría? Unas semanas, quizá un par de meses, viajando por Rusia con los gastos pagados, tratando con bellezas...
Y aprendiendo ruso por el uso, dije.
¿Qué te parece?
Un disparate.
Santiago rió. Miró al señor Kurosaki en busca de complicidad. Hazlo, Javier, dijo. Por ti y por la chica.
Negué con la cabeza. Todo esto es rarísimo, dije. ¿Qué hora es? Voy a llegar tarde.
Santiago tomó el vaso del mueble bar. Piénsalo.
Me puse en pie. Tengo que irme.
Claro. Dile a mi chofer que te lleve donde quieras.
Gracias, dije.
Siempre es un placer reunirme contigo, dijo Santiago. No dejemos que pase tanto tiempo hasta la próxima vez.
Asentí, sin querer comprometerme a más. Adiós. El señor Kurosaki inclinó el cuerpo, mudo, rígido. Me pregunté qué pasaría si le abría la camisa, si el pecho sería liso y hueco como la carcasa de un ordenador, si estaría todo lleno de cables, mecanismos diferenciales, pequeñas dinamos. Por favor, dijo Santiago cuando puse la mano en el pomo de la puerta. Cierra al salir.
La luz del pasillo estaba encendida y me deslumbró. Guiñé los ojos. Salí del apartamento sin levantar los ojos del suelo, para ahorrarme visiones turbadoras en las puertas entornadas, chicas en ropa interior, quién sabe qué más. Afuera era casi de noche. El chofer esperaba fumando un cigarrillo. La chaqueta no le caía bien ni sentado ni de pie. Al verme irguió los hombros. Apostado en la acera, con su rostro aplanado a golpes, un velo de humo teñido de amarillo por las farolas sobre su cabeza, desprendía un aire ominoso, una sensación de amenaza. Supe que cualquier palabra, cualquier gesto, cualquier ápice de información que permitiera le sería referida a Santiago, procesada por el cerebro positrónico del señor Kurosaki, incluida en el perfil psicológico que utilizaban para predecir mis actos, para manipular mi conducta, para hacerme ir una y otra vez hasta Ana. Controlé el espasmo de paranoia. ¿Por dónde queda el metro?, le pregunté.
El chofer dio una calada antes de responder. Calle abajo, dijo. Su expresión ya no parecía ni relajada ni aburrida sino de una frialdad reptiliana.
Bien. Gracias.
Puedo llevarte. ¿Adónde vas?
No importa. Voy mejor en metro.
Una vaharada de humo me llegó deshilachada y leve hasta la cara. Preferiría llevarte, dijo el chofer. Ya que te he traído.
Gracias, pero no, dije.
El chofer sonrió como si tuviera una nueva consideración acerca de mí. Hasta la próxima, entonces.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Me dio la impresión de que no dejaba de mirarme mientras me alejaba calle abajo, pero cuando volví la cabeza el chofer no estaba por ninguna parte.

A la cafetería llegué tarde. No había más clientes que una mujer joven sentada al fondo del local, así que el casco de moto, expuesto convenientemente sobre la mesa, no resultó necesario. Debía rozar los treinta años y llevaba el pelo corto, castaño claro. Escribía en una agenda de tapas negras y junto al casco de la moto, una taza de café, una magdalena medio picoteada, como si sólo le hubiera tirado pellizquitos por tedio más que por apetito, y un libro de cuyas páginas surgían señaladores, tiras de papel adhesivo amarillo y azul. Me acerqué a su mesa y carraspeé. ¿Polina?, dije.
Sus ojos me enfocaron por encima del borde de la agenda. Durante un segundo se quedaron estáticos, calculadores, una arruga de concentración con forma de anzuelo entre las cejas. ¿Javier?, dijo. Una sonrisa diluyó la gravedad de su expresión. La arruga se fue sin dejar rastro.
Sí, sí, soy yo. Llámame Javi.
Sin dejar de sonreír me ofreció la mano y se la estreché un tanto desconcertado. Tenía la mano no muy distinta a como la había imaginado, fina, pálida, con huesecillos de caña, pero no bonita ni delicada. En el dedo índice llevaba un anillo metálico. Siéntate, dijo. Retiró el casco de la mesa y lo dejó en una silla contigua, en la que vi una mochila y un par de guantes de piel.
Tomé asiento. Llego tarde, dije. Perdona.
No te preocupes.
Nos sonreímos. Resoplé. La calefacción estaba encendida y me sofocaba. Bajé la cremallera de mi cazadora. Hace calor, eh.
Y frío ahí fuera, dijo ella.
Un camarero se acercó a la mesa. Parecía un sonámbulo, contagiado de la languidez de la cafetería vacía. Le pedí un café con leche. Otro cliente entró en el local y no pude evitar echar una mirada, esperando ver al chofer, a un hombre encapuchado, cualquier cosa. Era un tipo alto y delgado, con gafas. Pidió una tónica al camarero y se sentó en la mesa que quedaba a mi espalda.
Sabes, dijo ella. No te hubiera reconocido.
Yo estaba mirando la portada de su libro, una edición francesa de Salammbô. En la portada una ilustración de una mujer con los pechos descubiertos, ataviada con oros y sedas de colores. ¿Qué quieres decir?, dije. Si no nos habíamos visto antes.
Ella rió. Ya, ya, claro. Pero te imaginaba diferente. Mayor. Medio calvo. Como un oficinista, vamos. Volvió a reír, nerviosa. No te ofendas.
Dame tiempo. Nos veremos aquí dentro de diez años. A ver qué pinta tengo.
De acuerdo, dijo. Se volvió hacia su mochila. Por lo pronto, aquí tienes.
Sacó una carpeta de cartón y me la ofreció. ¿El Nudo?, dije.
Sí. Fotocopias. Las revistas no están para sacarlas por ahí, sabes. Algunas casi se caen a trozos. Además así te lo puedes quedar.
Abrí la carpeta y le eché un vistazo. Yo también te he traído algo, dije. Para que puedas echarle un vistazo. Antes de salir del apartamento había metido el poemario de Kunis en el bolsillo interior de la cazadora. Lo había llevado todo este tiempo apretado contra las costillas hasta llegar a olvidarme de él. Como el recurso de un guionista perezoso para detener una bala.
Cogió el libro con interés y lo estuvo hojeando mientras yo miraba con mayor atención las fotocopias. En realidad no me servían para nada. No conocía los poemas originales, ni siquiera traducidos, y el estilo de Kunis, los arañazos de los que había hablado la Aleksandrovna, se me escapaban. Servían, eso sí, para dar más entidad al misterio, para definir mejor los contornos de su sombra. Kunis había estado ahí fuera, escribiendo, traduciendo, firmando con su extraño nombre y dejando un rastro reconocible. Quizá todavía lo estaba. Un viejito que recorre despacio las avenidas de París.
El camarero trajo el café con leche en una bandeja. Eh, gracias, dije, y mientras lo removía escuché un tintineo a mi espalda. También había servido al otro cliente su tónica y al ir a pagar una moneda se le había caído de la mano. Llegó rodando hasta mi pie. La recogí y se la devolví al tipo que me miró con ojos miopes y desconfiados tras las gafas. En el cristal izquierdo se apreciaba con claridad media huella dactilar. Gruñó algo por agradecimiento y se echó sobre su bebida como si quisiera meter la cabeza dentro.
La Aleksandrovna tenía el poemario abierto sobre la mesa y escribía en la agenda negra. ¿Qué haces?, dije.
Estoy copiando la cita de Melville, dijo. Me suena, pero no la ubico.
¿Has leído a Melville?
Sí, claro, dijo sin levantar la cabeza. ¿Tú no?
Sonreí. Creo que nada en lo que viniera esa cita. ¿Puede ser de Moby Dick? Lo leí hace tiempo, así que...
No, dijo ella. Me sé Moby Dick de memoria.
Es una novela muy grande.
Pero la tengo muy reciente. Esta cita me suena de una manera más... No sé. Lejana. Puede ser de Billy Bud o Benito Cereno. No lo tengo claro.
¿Hay algo que no sepas?
Soltó el bolígrafo. El anzuelo entre sus cejas había vuelto. Te estoy diciendo que esto no lo sé, dijo.
Tranquila. Era un elogio. Estoy impresionado.
Bueno. Gracias.
Lo que me llama la atención son las revistas. ¿De dónde las sacaste? Nunca había oído hablar de El Nudo.
Eran de mi padre... Eh, espera. Se echó a reír. El Nudo, dijo. Como el nudo de la cita de Melville.
Joder, dije. Es verdad.
Fíjate, dijo ella. Qué curioso.
¿Qué crees que significa?
Se encogió de hombros. A lo mejor bautizó él la revista. Debía ser uno de los fundadores o algo. Lo que está clarísimo es que tenía sus obsesiones definidas. ¿Qué te estaba contando?
Decías que las revistas eran de tu padre.
Ah, sí. Mi padre publicó aquí sus primeros poemas. Sacaron siete números antes de desaparecer sin pena ni gloria. Yo he conseguido cuatro.
¿Tu padre?
Sí. Agustín Dolz.
¿Es posible que conociera a Kunis?
No creo. No era más que un adolescente recién llegado a Madrid desde León.
Pero quizá supo algo de Kunis. Mantuvieron correspondencia, no sé, cualquier cosa...
Eh... Quizá.
Podrías preguntárselo.
Arqueó una ceja. No, no podría.
¿Por?, dije.
A ver... Mi padre murió. Hace años.
Oh, dije. Perdón.
Da igual, dijo. Ha pasado mucho tiempo.
Pro primera vez desde que me senté a la mesa hurtó los ojos. Es mentira, pensé. Ha dicho una mentira. Una mentira pequeñita, no alejada de la verdad, una mentira a la que no acaba de acostumbrarse, una mentira piadosa o menos incómoda que la verdad. Cogió su taza de café, el anillo del índice hizo clic contra el cristal, y bebió un sorbo rápido. Su mínima turbación, que le impedía de momento mirarme, afanándose en cerrar su agenda, ponerle el capuchón al bolígrafo, me permitió mirarla, observar sus facciones. No era guapa, pero uno seguía mirándola, deteniéndose en sus rasgos, a medio camino entre la vulgaridad y lo otro, lo diferente, una suerte de belleza santa, transida, atravesada de dolor de parte a parte, pero ella ya sonreía otra vez y me devolvía la mirada y no tenía el aspecto de sufrir nada, como si le atravesase de una manera tan completa, tan limpia, que no lo sintiese o ya no le estuviera dado distinguir entre el gozo y la desdicha. O quizá no era así en absoluto, quizá no hay más literatura en el mundo que la que aportamos nosotros, y todo eso estaba en mí y no en ella.
Voy a irme, dijo. Tengo un millón de cosas que hacer.
Siento haber llegado tarde...
Tranquilo. No me podía quedar mucho, de todas formas.
Puso el poemario de Kunis sobre la carpeta de las fotocopias.
Termínate el café, ya hablaremos otro día. Cuando descubras algo más sobre Kunis. Se puso en pie y descolgó de una percha en la pared su chaqueta, negra, estrecha, llena de cremalleras plateadas. Ha estado muy bien, dijo.
Lo mismo digo. Si descubres tú algo más, avisa.
Recogió sus cosas, su mochila, su casco, sus guantes. Por supuesto. Todavía tengo que mirar a fondo la biblioteca de mi padre. Seguiremos en contacto.
Me estrechó de nuevo la mano. El gesto masculino seguía dejándome un poco perdido. La miré marchar. No había podido verle las piernas hasta entonces. Los vaqueros negros le sentaban bien. Me volví hacia mi café. Todavía no lo había tocado y estaba frío. Sentí que me dejaba algo. Toqueteé el libro de Kunis, alineé la carpeta en el borde de la mesa, removí el café. Al final salí tras ella. Estaba en la acera de enfrente, montada en la motocicleta, un artefacto oscuro y de manillares altos. Terminaba de ponerse los guantes y me miró sorprendida. ¿Qué pasa?, dijo.
No me has dicho tu nombre, dije.
Primero pareció estupefacta y luego se echó a reír. Reía mucho. Me gustó.
Pero si lo has adivinado tú solito.
¿Qué? Venga ya.
Sí, sí.
¿Polina? No te llamas Polina. Ni de coña.
A lo mejor sí o a lo mejor no.
Seguro que no.
Puede que no. Otro día te lo cuento.
Se colocó el casco y encendió la moto. Adiós, Javier.
Llámame Javi.
Ya descubriré cómo llamarte.
La puerta de la cafetería se abrió. Esperaba que fuera el camarero, porque me había ido sin pagar, pero sólo era el tipo de gafas. Llevaba el abrigo abrochado hasta el cuello. Nos echó un vistazo furtivo y caminó a paso vivo por la acera.
Hasta la próxima, dijo ella.
Sí. Hasta la próxima.
El motor hacía un ruido sordo. Las ruedas crujieron en el asfalto frío. Me hizo un gesto con la mano antes de girar en una esquina. Resoplé. Lo que me faltaba. Otra loca de la que estar pendiente. Entré de nuevo en la cafetería para beber el café, gélido a esas alturas, y leer las traducciones con más detalle. El camarero no me prestó atención. Repasaba con un paño un vaso de cóctel. Al llegar a mi mesa me quedé inmóvil un momento. Miré las mesas de alrededor. Me rasqué la cabeza. Oiga, le dije al camarero. ¡Oiga!
¿Qué pasa?, dijo el camarero.
¿Ha cogido mis cosas?
¿Cómo?
Mis cosas. Un libro y una carpeta. No están.
El camarero negó con la cabeza. Yo no me he movido de aquí.
Qué... Pero... ¿Se ha dado cuenta? ¿Lo ha visto?
El camarero me miró con ojos aletargados. ¿Ver qué?, dijo.
El tío de las gafas me ha robado, le dije. Se ha llevado mis cosas.
Hay que tener cuidado, dijo el camarero y fue como si lo dijera a un millón de kilómetros de distancia. No nos hacemos responsables de los descuidos de los clientes.

viernes, mayo 08, 2009

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Segundo día de convalecencia – El arbitrio de fuerzas ajenas – Una visión – Futilidades – Orlando otra vez – Acerca del porno y de las chicas que lloran – Acerca del uso de los sombreros – El peor de todos – Un hombre encapuchado – ¡Hazel Morbid en su primera escena interracial! – Balas en Dallas

El segundo día de mi convalecencia desperté tarde y mareado, todavía enfermo. Palma había dejado la calefacción puesta y el apartamento estaba caldeado, un peldaño por debajo del bochorno tropical. En calzoncillos, y como un zombi pálido y aturdido, vagué de mi cuarto a la cocina y luego al salón, recogiendo los objetos que consideraba imprescindibles para mi supervivencia, una manta a cuadros, medio paquete de cigarrillos, una cafetera casi apurada, la novela policíaca, medicamentos diversos, regulé la caldera y me instalé en el sofá. Recordada a la luz del día mi búsqueda nocturna no parecía muy distinta de acostarse borracho con una desconocida, una suma de impresiones confusas, una mezcla de arrebato y languidez, un recuerdo que pasa a través de la neuralgia de la fiebre o la resaca. Había un incluso un deje de culpabilidad, como si además hubiera hurgado en los cajones de la desconocida durmiente, espiado sus bolsillos, consultado su bolso, sin comprender nada ni recordar su nombre, pero sí llevándome sus monedas sueltas. Estaba decidido a olvidarme de C. G. Kunis, el fantasma del escritor se configuraba ya como un laberinto lleno de callejones sin salida, un dédalo de biografías inconciliables. Al contrario de lo que dicen, uno puede resistirse tanto al amor como a la obsesión, no es más que una cuestión de voluntad, igual que uno decide caminar o no hacia el borde del precipicio, entregarse al arbitrio de fuerzas ajenas, el vértigo, la gravedad, las veleidades de otro ser humano. No debería permitirse poner cara de sorpresa en la caída. Yo no necesitaba más obsesiones inútiles, así que me mediqué, tomé algo de café, leí unas páginas de la novela. Afuera lloviznaba y estaba muy oscuro. Hice una pausa en la lectura para encender un cigarrillo, pese a que me dolía la garganta, y me quedé mirando la ventana. Me encontraba bastante mejor, sin fiebre, sólo cansado. Pensé en Ana. La vislumbré, con la misma claridad helada con la que había visto a Kunis la noche anterior, rodeada de todos aquellos objetos de su piso, los cuadros, los juguetes, las perchas, cuya suma era cero. Se miraba las manos y no parpadeaba. Si lo que intentaba era leerlas, aplicarles una quiromancia improvisada, no estaba sacando mucho en claro. Deseé estar a su lado. Deseé tomarla de las manos para que no volviera a mirarlas y a perderse de esa manera. Luego parpadeé y la visión se esfumó y me recordé que no era real, ni esa escena ni la de Kunis en su habitación parisina, sólo eran fantasías, proyecciones de mi frustración, de mis amores perdidos, de mi nula escritura, mis ansias mal colmadas, ridículas pérdidas de tiempo. Así que terminé el cigarrillo con calma, contento de mí mismo, de haber aprendido un par de cosas y ser menos estúpido. Pasaría el día descansando, me recuperaría, pondría en orden los asuntos que había dejado pendientes los últimos días, como cambiar las sábanas, poner una lavadora, barrer mi habitación, incluso podría adelantar algo de trabajo por correo electrónico. Cualquier ocupación que me alejase de las futilidades de Ana y de la literatura. Sonreí. Después tomé una segunda ración de analgésicos, me vestí y salí a la calle dispuesto a encontrarme con ella.

No se me ocurrió llamar antes por teléfono, simplemente me planté en su calle y apreté el botón del portero automático. En mi cabeza ella seguía sentada en el sofá mirándose las manos. Llamé dos veces y dos veces sonó también el timbre en mi visión y vi cómo giraba despacio el cuello, como si no pudiera apartar la mirada sin dificultad de las líneas indescifrables de su palma. Se quedaba mirando a un punto indeterminado, un punto nulo, vacío, justo por encima del falso Roerich. No se movía. Extendí la mano para volver a llamar, pero no me dio tiempo a hacerlo ¿Quién es?, dijo una voz de hombre.
Dudé. ¿Ana?
¿Quién es?, repitió la voz.
¿Es el piso de Ana?
Sí, dijo la voz.
Soy Javier. Javi.
Escuché un sonido rasposo, el micrófono al ser cubierto por una mano o apoyado contra el pecho del propietario de la voz. Pude escuchar una conversación ahogada, un intercambio de frases cortas, rápidas.
Ana está ocupada ahora mismo, dijo la voz al cabo de unos segundos.
¿Ocupada?
Sí. Vuelve más tarde. O mañana.
La voz parecía aburrida, como si la situación le pillase de paso y con ganas de hacer otra cosa.
Tengo que verla, insistí.
Bueno, dijo la voz. Más tarde.
No, dije.
Había comenzado a temblar dentro de la cazadora. ¿De quién era esa voz? ¿Su ex novio? ¿Por qué no hablaba ella? El estómago me dio un vuelco. Un brote de malestar sobrepasó las barreras de los analgésicos. La lluvia iba y venía en rachas flojas de viento. Tenía el pelo y los hombros calados.
Un minuto, dije. O déjame hablar con ella. Sólo eso.
Otro crujido de ropa, una pausa más larga. Dice que subas, dijo la voz por fin.
La puerta se abrió con un zumbido. No me concedí tiempo para reflexionar, para preguntarme qué estaba haciendo, en qué me iba a meter, enfilé las escaleras y subí los escalones de dos en dos. Ella ya me esperaba en la puerta, apoyando una mano en el marco. Hola, dijo.
Eh, dije, sin aliento. Me dio un ataque de tos.
Ella se me quedó mirando. Había algo raro en su expresión. Tragó saliva.
¿Estás bien?, dije entre jadeos.
Frunció el ceño. Estoy bien, dijo. ¿Estás bien tú?
Fenomenal, dije. En realidad tenía ganas de vomitar.
¿Qué te pasa?
A mí nada, dije. Quería verte.
Ajá.
¿Es un mal momento?
No dijo ni que sí ni que no. Hizo un visaje, una mueca de indiferencia. Ya me había fijado antes en su delgadez, pero ahora resultaba todavía más evidente, no era sólo que estuviera más delgada, parecía curtida, atezada, como si hubiera perdido el peso a fuerza de correazos, correazos que le habían dejado la piel tensa de los tambores, una lona demasiado estirada sobre el andamiaje frágil de los huesos. Los ojos le brillaban húmedos y tenía el rostro enrojecido. ¿Estás borracha?, dije.
Soltó una risita. No, dijo. Borracha no.
¿Qué te has metido?
Nada en especial, dijo. Apartó la mirada. Un poco de alegría.
Estiré el cuello y miré a sus espaldas, pero sólo pude ver el pasillo atestado de perchas complicadas. Luego la miré a ella, vestida con el mismo pijama que le había visto el domingo por la mañana, y dije: ¿Quién está contigo?
Ana parpadeó. Observó con detenimiento la punta de sus dedos sobre la madera barnizada del marco. Un amigo, dijo.
Ah, dije. Un amigo.
Sí. Un amigo.
Creía... Nada. Pasaba por aquí, sabes. Estaba en el barrio.
Claro.
Pero ya me voy, no quiero... No quiero molestar. Ya te llamaré un día.
Sí, sí.
Un día que no estés ocupada, dije. Había dejado de mirarla al rostro, miraba más o menos a las altura de sus rodillas. Me volví hacia las escaleras.
Nos veremos.
Ella no dijo nada más y cuando llegué al pasamanos de la escalera se me ocurrió volver a mirarla, permanecía quieta, la expresión idéntica a la de mi visión, y le pregunté, como si no se lo hubiera preguntando hace un minuto, como si no se lo hubiera preguntando antes, ni a ella ni a nadie, como si fuera una pregunta nunca expresada en mi vida, como si por primera vez tuviera sentido hacerla, como si por primera vez fuera necesaria, como si la pregunta saliera recién forjada, intacta, no gastada por el uso, no rebajada por la costumbre, como si la formaran por completo palabras nuevas, palabras iguales que animales desconocidos que abandonan la jungla, diría cubiertos de plumajes hermosos pero son animales de pelo, pequeños y veloces mamíferos, dispuestos a aguantarlo todo, con dientes, con ojos, con garras, con movimientos elásticos, y los animales formaron la pregunta que nadie, por lo menos ella y yo, había escuchado jamás: ¿Estás bien? Y Ana compuso una sonrisa que intentaba decir que sí, que estaba bien, pero era una sonrisa que no tenía ni un poquito de alegría, era una sonrisa que tendía a la histeria, una sonrisa que se resquebrajaba por los bordes, la sonrisa de Hans Rott la mañana en que decidió convertirse en asaltador de trenes, una sonrisa que me puso los pelos de punta. Ana, dije. ¿Puedo pasar?
Ella se abrazó el cuerpo. No sé, dijo.
Déjame entrar, vamos. Quiero conocer a tu amigo.
Se quedó un momento allí, dudando, parpadeó un par de veces y relajó los brazos y se dio la vuelta y entró en su piso. Pero no cerró la puerta a su espalda y esperé una invitación, una frase o una palabra que me franquease el paso, y como no la hubo decidí que el silencio era invitación suficiente y entré en el piso. Esperaban en el salón, Ana junto a la ventana, mirando a la calle, y él sentado a la mesa, tecleando algo en un ordenador portátil. Orlando, dije.
El tipo levantó la cabeza de la pantalla. Llevaba el fedora gris inclinado hacia atrás. Javier, dijo. Javi.
Miré a Ana, pero ella no quitaba los ojos de la ventana y lo que sea que pasara en el exterior, la lluvia, el tráfico, poco más.
Qué tal, amigo, dijo Orlando.
Bien.
Estás empapado, tío, dijo. Quítate la cazadora. Chica, tráele una toalla o algo para que se seque.
Miré a Ana de nuevo. Estoy bien así, dije.
Ya, dijo Orlando. Como prefieras. ¿Qué te trae por aquí?
Le miré a los ojos. Oscuros y pequeños. Cosas nuestras, dije. Entre Ana y yo.
Tamborileó los dedos sobre la mesa. Claro, claro. Tenéis mucha historia vosotros dos. Ana me ha hablado de ti.
Ana suspiró en la ventana.
Ah, ¿sí?
Sí. No sabía que te dedicabas al negocio.
¿Al negocio?
El negocio, claro.
No creo, dije. Viniendo de él, el negocio podía ser cualquier cosa que incluyera tráfico de drogas, proxenetismo, asesinatos a la carta.
¿No? Creo que sí. Tenemos más de un amigo en común. Santiago, por ejemplo.
Ajá. Pues no. Yo no estoy en el negocio. Ahora soy un civil.
Orlando sonrió. He visto tu trabajo. Interesante. Aunque yo me dedico a otra línea. Una línea más dura.
¿Mi trabajo? Yo sólo escribía los textos.
Lo sé, lo sé. Pero a eso me refiero. Orlando se volvió hacia Ana y dijo: ¿Cómo lo llamaba Santiago? ¿Porno sofisticado? ¿Con clase?
No recuerdo, dijo Ana.
Orlando puso cara de asco. Suena muy bonito y todo eso, pero no es más que una patraña. ¿Para qué quiere uno ver porno? Para hacerse pajas. Ya está. No te ofendas, lo que tú hacías estaba bien, pero qué innecesario. Santiago antes tenía las ideas más claras. Se le ha llenado la cabeza de pájaros. Y lo que no son pájaros. ¿Cómo se llama esa mierda que dice que tiene?
Fotofobia, dije.
Orlando se llevó el índice a la sien. De la puta olla, lo que yo te diga.
Ana, dije. ¿Podemos hablar un momento?
Eh, tranquilo, dijo Orlando alzando una mano. Ahora podréis hablar todo lo que os de la gana. Yo ya me iba. Pero ahora estamos hablando tú y yo, Javi. Por cierto, ¿Javi? No me dijiste ese nombre el otro día.
No, no te lo dije. Ana, ¿podemos hablar?
Ana no contestó. Orlando la miró y luego me miró a mí. Ahora hablaréis. No hay prisa. Intenté hacer negocios con Santiago, sabes. Un tipo complicado. No le gustó lo que hacemos. Fue ahí cuando empezó a soltar todas sus chorradas, el porno refinado y no sé qué hostias más. Orlando bufó. Como si yo quisiera trabajar con él. Nos va bastante bien por libre, pero quería trabajar con Ana. Esta niña es la bomba. Fue un acto de cortesía porque ella trabajaba con Santiago. Pedir permiso, digo. Propuse hacer algo a medias. No se puede ser generoso, Javi, te escupen a la cara. Vienen gilipollas como tu amigo Santiago y te escupen a la puta cara.
Con un gesto teatral, como si estuviera largamente ensayado, dio la vuelta al portátil y me enseñó la pantalla. El primer plano de una chica congestionada, con el maquillaje arruinado, bañada en lágrimas y con expresión de angustia. Pude leer la leyenda: Tías guarras follando y llorando en nuestra web. Distribuidas a lo largo de la pantalla miniaturas de otras escenas, estrangulaciones, gargantas profundas, dobles penetraciones, y sobre todos rostros femeninos arrasados, llorosos, manos que se metían en sus bocas, que les pinzaban la nariz, les sujetaban el cuello, las sometían por la cerviz.
¿Qué te parece?
Encantador.
Es todo consentido, dijo Orlando. Lo que supone parte de la gracia. Las mierdas que están dispuestas a hacer algunas tías. Es sorprendente. Al principio se resistían, sabes. Quiero decir, a mitad de la grabación decían basta, ya no más, y nos quedábamos jodidos. Pero aprendí un truco, llevar el dinero en metálico, ponerlo sobre una mesa donde puedan verlo. Si el dinero está ahí, si saben que se irán con él en el bolsillo, aguantan más. No tienes más que señalarlo. ¿No quieres que te la metamos por el culo? Bien. Y quitas unos billetes del montoncito, lo haces más pequeño, y ves cómo cambian de idea con cada billete. Eso también está en los vídeos. A nuestros clientes les gusta casi más que ver mamadas. Pero a tu amigo Santiago no le apetecía que su chica favorita...
Ana soltó una carcajada extemporánea. Ya está bien, dijo, sin dejar de reír.
Orlando me echó una mirada rápida, alzando las cejas. A otra que se le han cruzado los cables, parecía decir.
Dejaos de tonterías, dijo Ana. Hablad de algo divertido.
Tengo fiebre, dije. Estoy muy enfermo.
Ana se echó a reír y al momento Orlando la secundó con una carcajada, pero ni él ni ella se estaban riendo, en los ojos de Ana había una forma discreta de pánico, en los de Orlando, cálculo. Me interesaba lo que Orlando estaba diciendo, dije.
Ana negó con la cabeza. No, no, dijo. Se acercó a Orlando y le quitó el sombrero. ¿Te importa?
Tú misma, dijo Orlando que sin fedora tenía otro aire, menos dañino. Llevaba el pelo muy corto y le clareaba. Ana se puso el sombrero y se lo estuvo probando en diversos ángulos. ¿Así? ¿O así?, preguntaba. Orlando y yo asentíamos y murmurábamos. Ana vino a mí e intentó ponerme en sombrero, pero lo intercepté a tiempo. No, dije. Lo sostuve entre las manos y lo miré.
¿No te gustan los sombreros? Te quedaría bien.
Ya lo sé. Hice girar el fedora. No se trata de eso.
Orlando se recostó en la silla y se pasó la mano por la cabeza. ¿Y de qué se trata?
Lo miré. No se trata de llevar sombrero. Cualquiera sabe llevar sombrero. Dejé de girarlo, lo alcé, ensayé el ángulo que lo llevaría hasta mi cabeza sujetándolo por la copa. Pero lo importante es saber quitárselo.
Los dedos de Orlando hicieron tac, tac, tac en la mesa. Ya veo.
Te descubres ante una dama. No te cubres bajo techo. Son esos los detalles que marcan la diferencia. Es algo más que una cuestión de estilo. Es hacer las cosas como tienen que hacerse, ¿entiendes?
Orlando no dijo nada. Sorbió en seco por la nariz.
Por eso no voy a ponerme el sombrero.
¿Entonces me lo devuelves?, dijo Orlando.
Extendí la mano con el sombrero y Orlando extendió su brazo pero quedaba más de metro y medio entre nosotros y ninguno se movió, ni yo avancé un paso ni Orlando cambió de posición, y al final fue a Ana la que cedió y llevó el fedora de una mano a otra. Orlando ahora sí se incorporó y se caló el sombrero. Ha llegado el momento, dijo. Me largo.
Tenía los faldones de la camisa por fuera, arrugados, y con un gesto ostentoso los metió dentro de la cintura de sus pantalones. Miró a Ana y me guiñó un ojo después. Esta chica te deja baldado, ¿eh?
Ana miró al suelo. Sacudió una pelusa inexistente de su pecho. Orlando le dio un beso en la mejilla. Ahora podréis hablar. Haceros confidencias. Cuéntale cosas, Ana, el chaval quiere oírlas.
No te preocupes, dije. Ella sabe lo que quiere contarme y lo que no.
Orlando rió por lo bajo y pasó a mi lado. Ya nos veremos por ahí, Javi.
Seguro, dije.
Me caes bien.
Sí. Se nota.
Lo dicho. Nos veremos. Adiós, chavales.
Lo escuchamos caminar por el pasillo y la puerta al abrirse y al cerrarse. Ana se dejó caer en la silla. Quedamos en silencio, el extraño todavía entre nosotros, una presencia siniestra. Ella suspiró. Lo que sea que se había metido estaba tirando de ella hacia abajo, hundiéndola muy profundo. ¿Y ahora qué?, dijo.
Lo que tú quieras.
No quiero nada. Me gustaría dormir. Dormir una semana o más.
Buena idea. Yo me voy ya.
No, no, dijo, alarmada. No te vayas.
Yo estaba temblando dentro de la cazadora mojada. Notaba la fiebre subir, el dolor treparme por los músculos de la espalda, enroscándose en el cráneo. Creo que sí, tengo que irme.
No me lo he follado.
¿Qué?
A Orlando. No me lo he follado.
Ya. No es asunto mío.
Le he hecho cosas. Pero no me lo he follado.
Ana. En serio. Déjalo.
Puedo hacértelo también. ¿Quieres que te la chupe?
Carraspeé. No.
No te vayas. Te haré lo mismo que a él. Podemos follar, si quieres. Él nunca me ha follado. Tú sí. Tú muchas veces. Pero él nunca.
Señalé el portátil. ¿Quieres que hablemos de eso?
No, dijo. Bajó la pantalla del ordenador. No hay nada que hablar de eso.
Estaba llorando. Se frotó los ojos con el dorso de la mano.
¿Qué te pasa, Ana?
Nada. Intentó una sonrisa. Estoy drogada y tengo la regla. Quédate conmigo, como la otra noche. No me toques si no quieres, pero no te vayas.
Estoy muy enfermo, de verdad. No era una broma. Tengo que irme a casa y tomarme las medicinas...
Vale, vale, dijo. Vete.
Es mejor que hoy me vaya. Ninguno de los dos está lúcido como para...
Que sí, vale. Lárgate. Qué más dará, joder. Se ladeó en la silla y se puso a mirar otra vez por la ventana. No sé ni para qué has venido.
A verte. Una urgencia que me ha dado de golpe.
¿Y ya se te ha pasado?
Me ha vuelto la fiebre.
Giró la cabeza. Sí que tienes mala cara.
Tengo que descansar. Me voy, pero volveré. Si tú quieres. Llámame cuando estés tranquila, cuando quieras hablar o...
Me cortó con un gesto de la mano. Vete. Déjame en paz.
Ana...
Tú eres el peor, dijo.
Llámame. No seas tonta.
Fuera. Por favor. Largo de aquí.
Me di la vuelta y salí al pasillo. El peor de todos, escuché que decía.

Fuera había dejado de llover. Caminé hacia el metro más cercano arrastrando los pies por los charcos. Me detenía con frecuencia a recuperar el aliento. Lo único que me mantenía en pie era la promesa de más analgésicos al llegar a casa. La sopa que había sobrado de la cena. Unas horas de sueño. Cuando me detuve para descansar delante de una tienda de tebeos, fingiendo que observaba el escaparate, me fijé en una sombra que se reflejaba en el cristal, un tipo que caminaba en la acera contraria y se detenía al llegar a mi altura. Llevaba una capucha echada sobre la cabeza. Me volví pero el tipo echó a caminar otra vez y sólo pude ver que vestía vaqueros y una sudadera gris cuya capucha quedaba justificada por la lluvia que volvía a caer de manera suave y mansa. Sin embargo lo miré hasta que desapareció calle abajo. Aguardé un rato. No dejé de mirar por encima de mi espalda hasta que llegué al metro.