Aleksandrovna – Historias de monstruos y ciencia ficción – Una chica en negligé – Santiago y el señor Kurosaki – Polina – El Nudo, los nudos – El libro desaparece – Aprendiendo ruso por el uso – (I live for) Cars & GirlsP. Aleksandrovna, la persona que había colgado el tercer número de El Nudo, respondió a mi correo electrónico para decirme que no sabía nada de C. G. Kunis. Tenía otros ejemplares de la revista y, palabras textuales, la amplia biblioteca de mi padre llena de rarezas y libros olvidados, y les echaría un vistazo. La versión primigenia de
Lecciones de revólver siempre le había llamado la atención, aunque no lo suficiente para investigar más. Ahora lo haría, aseguraba. Me gustó cómo escribía, no es que se pueda colegir mucho de un texto de siete u ocho líneas, pero algo puede adivinarse de las frases sencillas, expositivas, sin complicaciones, en cierta fluidez y claridad de ideas, en la tranquilidad con la que se refería a los libros olvidados. Me cayó bien desde el principio. Este correo debí recibirlo más o menos cuando llamaba al portero automático del piso de Ana. El siguiente lo recibí unos cinco minutos antes de llegar a mi apartamento, P. Aleksandrovna había echado un vistazo superficial a sus otros ejemplares de El Nudo y había descubierto de nuevo a Kunis, siempre en funciones de traductor. Firmaba fragmentos de
Los campos magnéticos de Breton y Soupault y poemas de Ezra Pound y William Carlos Williams. Eran buenas traducciones, decía, aunque no impecables, como si Kunis no fuera capaz de enajenarse por completo y en determinados versos asomase su propio mundo, sus inquietudes poéticas, arañando lo que debería ser más prístino, más claro, pero que demostraban un dominio aceptable del inglés y el francés.
P. Aleksandrovna. Polina, supuse. La joven pretendida en
El jugador, la heredera sin herencia, la amada sin amante. Este sobrenombre y la referencia a la biblioteca paterna me hicieron imaginarla joven, incluso más joven que yo, lo que era improbable, de una fragilidad eslava, propensa a las crisis nerviosas y los retiros en balnearios de la costa, una chica rubia y blanquecina, huesecillos de cristal, fatigando volúmenes demasiado pesados para sus finas muñecas. Pero qué sabía yo. Sería una cincuentona erudita y con gafas anticuadas. Sería un señor con bigote y un secreto gusto por el travestismo. No sería nada que pudiera imaginar.
Le envié un correo en el que le agradecía las molestias y adjuntaba la información que había conseguido sobre Kunis. Como ves, escribí, es un enigma biográfico. Tras eso fui a la cocina y rescaté de la nevera la sopa sobrante, la tomé con pan duro y medicinas, descabecé un sueño breve en el sofá. De vuelta al ordenador, la Aleksandrovna había escrito un nuevo correo, las diversas biografías de Kunis le habían desconcertado. Como yo, daba por más probables los pocos datos que aparecían en El Nudo, la fecha de nacimiento en Madrid, la residencia en París. Añadía que en cuanto volviera a casa, ahora estaba en la facultad, se pondría a investigar en la biblioteca de su padre.
La facultad. Sin pensarlo, escribí una pregunta y se la envié: ¿Profesora o estudiante? Encendí un cigarrillo. Esperé. Respondió a los cinco minutos: Estudiante. Hice filología inglesa y ahora estoy en el último año de la francesa. ¿Y tú?
¿Y yo? Ni profesor ni estudiante. Un insomne. Un fumador compulsivo. Un mal bebedor. Un tipo bastante aburrido. Respondí: Un oficinista con demasiado tiempo libre.
Respondió: ¿Tienes tiempo libre hoy? ¿Te interesa ver las traducciones de Kunis?
Tiempo libre tenía mucho. ¿Interés por las traducciones de Kunis? Lo que tenía era una decisión tomada esa misma mañana de olvidarme del tema. Cavilé unos momentos. También había decidido olvidarme de Ana y en lugar de eso había salido corriendo hacia ella. ¿Qué había conseguido? Nada. Más extrañeza. Además tenía fiebre y un diagnóstico distraído de anemia y depresión. Un montón de motivos razonables para no hacer nada de lo que estaba haciendo, para obligarme a descansar, para meterme en la cama y dejar pasar las horas en la placidez nublada de las medicinas y la enfermedad. Pero todo eso no importaba. Lo que quería hacer era ver las traducciones, lo que quería hacer era desvelar la pequeña incógnita de la Aleksandrovna, lo que quería era seguir despierto y vigilante, lo que quería era hacer lo que me diera la gana y no ir a la oficina ni tener que redactar informes de ofertas, ni tener que peinarme antes de salir de casa y afeitarme por lo menos una vez a la semana, ni estar pendiente de las arrugas de la ropa, de la hora del almuerzo, de los turnos para bajar a la cafetería, de contar las pausas para fumar, de la electricidad estática que recorre la moqueta marrón, de la supervisión de coordinadores, líderes de equipo, subdirectores, adjuntos, asesores, el tedioso infierno de los cargos intermedios, de los correos electrónicos acerca de caudalímetros y artilugios de los que no sabía nada y nada quería saber. Lo que quería era que me dejasen en paz. Lo que quería era escribir historias de monstruos y de ciencia ficción.
La Aleksandrovna me citó en una cafetería del centro a última hora de la tarde. ¿Cómo te reconoceré?, le escribí. Seré la chica con el casco de moto, respondió.
Después pude suspender vigilia y vigilancia un rato y descabezar otro sueño, esta vez tendido sobre la colcha de la cama. No duró mucho. Me despertó el teléfono móvil. Javier, dijo la voz al otro lado. Cómo estás.
Estupendo, dije, la boca pastosa, la cabeza palpitante. Miré a los lados. Durante unos segundos no supe dónde estaba. ¿Qué pasa?
Santiago rió por lo bajo, seguramente a costa de mi voz arrastrada. Nada, amigo, dijo. Me preguntaba si podrías reunirte conmigo.
Carraspeé. Si podría, dije. Creo que no.
Oh, vamos. Hay alguien que quiero que conozcas.
Ya voy a conocer a alguien hoy, dije.
Santiago titubeó. ¿Cómo?
Quiero decir que tengo un compromiso previo.
¿No tienes tiempo para un encuentro rápido?
Consulté la hora. No lo sé, dije. Voy algo justo.
¿Estás en tu apartamento?
Sí.
Hazme un favor. Asómate a la ventana.
Lo hice. La luz de una tarde a finales de diciembre. Un coche negro aparcado en doble fila. Un tipo fumaba un cigarrillo al lado, con la mano apoyada en el techo.
No me jodas, dije.
Espero que no te moleste que...
¿Cómo sabes dónde vivo?
¿Cómo lo sé? Le pedí la dirección a mi secretaria. Te enviábamos a esa dirección las nóminas.
Ya. Me aparté de la ventana. Vi los analgésicos sobre la mesilla y cogí un par.
¿Y qué pasa ahora?, dije. ¿Si no voy ese tipo va a subir a buscarme?
Por dios, claro que no, dijo Santiago. Ha sido una decisión preventiva. Para ahorrar tiempo.
Tragué los analgésicos en seco. Contuve una arcada ruidosa. Santiago no dijo nada. ¿Dónde estás tú?
En una de nuestras oficinas del centro. Mi chofer luego te dejará donde necesites.
No me vas a dejar en paz, ¿verdad?
¿En paz? ¿Estoy turbando la paz de tu vida de civil?
No importa. Voy a verte.
Bien, bien, dijo. Corté la llamada. Unos minutos después estaba en la calle. El chofer me miró salir del portal y apoyó ambos brazos en el techo del coche. Tenía un rostro curtido, la nariz achatada de la manera en que la achatan los puños y los cabezazos, una expresión de relajado aburrimiento.
Eh, dije. Soy Javier.
Monta, dijo el chofer.
Ninguno intentó conversar durante el trayecto. El chofer llevaba una chaqueta marrón cuyas hombreras se le habían levantado al ocupar el asiento, privándolo de cuello. Parecía un sapo gigante. La barriga le tensaba la camisa, pero no estaba gordo, tenía un físico sólido, compacto, de bala de cañón. Mantenía una mano sobre el volante, la otra descansada sobre la palanca de cambios y en ella, entre el índice y el pulgar, un tatuaje borroso, una única palabra que no pude leer. Las oficinas de Santiago no eran tan céntricas como había asegurado. El chofer detuvo el coche frente al portal de un edificio de viviendas. El código es tres, cinco, siete, asterisco, dijo. Márcalo en la entrada. Te abrirán desde arriba. Es el cuarto piso. Segunda puerta. ¿Vale?
Vale, dije. Tras marcar el código la puerta se abrió con un zumbido. Subí en ascensor hasta el cuarto piso. Una chica altísima y rubia me franqueó el paso de la segunda puerta. ¿Vienes a ver a Santiago?, dijo. Tenía acento del este. Sígueme.
La seguí por un largo pasillo. No eran unas oficinas en absoluto. Era un apartamento enorme. Escuché voces femeninas. Por una puerta entornada tuve la fugaz visión de una chica en negligé examinando con atención los dedos de sus pies. Llamó a la última puerta del pasillo. La voz de Santiago invitó a pasar desde dentro. La chica giró el pomo y se apartó. Pasé a una penumbra amarillenta, de luz muy atenuada. Santiago estaba sentado en un sofá con un vaso bajo y ancho en la mano A su lado, en un sillón similar, había un hombre pequeño, vestido de negro, de rasgos orientales. La puerta se cerró a mi espalda.
Santiago permanecía como congelado en un gesto hacia el hombre oriental, sorprendidos en una confidencia, la cara vuelta hacia mí. Las gafas oscuras no dejaban leer nada de su expresión. Por fin, dijo. Su cuerpo se relajó. Agitó el vaso y los hielos en su interior tintinearon. Siéntate, amigo, dijo. Siéntate. ¿Quieres una copa?
No, gracias, dije. Estoy tomando medicinas.
Oh, dijo. ¿Enfermo?
Es sólo un catarro.
Deberías habérmelo dicho. Retrasar esto para otro día.
No pasa nada. Hago de todo menos quedarme en casa.
La salud es importante. Hazme caso. Yo sé lo que es perderla.
Me senté en un sofá frente a ellos. Tenía el mueble bar al lado y me llegó un tenue olor a whisky. Miré al desconocido. Eh, dije. Hola.
El hombre se envaró. Javier, dijo Santiago. Te presento al señor Kurosaki.
El hombre inclinó el cuerpo como único ademán de saludo.
El señor Kurosaki representa nuestros intereses en el Lejano Oriente.
Miré al hombre y luego a Santiago. El Lejano Oriente, dije. Joder.
Un placer conocerle, dijo el señor Kurosaki.
Sí, claro, dije sorprendido. Un placer.
El señor Kurosaki trabaja en la embajada japonesa desde hace años. Habla un perfecto castellano.
Ya veo.
Y, bien, Javier...
Está muy bien esto que te has montado, dije.
¿Perdón?
Esto. Di unos golpecitos en el brazo del sofá.
Oh. Claro.
Oficinas, dijiste.
Por llamarlo de alguna manera. De vez en cuando solvento aquí algunos asuntos de trabajo.
Imagino, dije. Creía que no eras un proxeneta.
Santiago acusó el golpe con una sonrisa torcida. No te equivoques, dijo. Esto es más bien una residencia para chicas. Para nuevos talentos. Ninguna se prostituye.
Parece un picadero de lujo.
Ocasionalmente lo utilizamos como escenario. Más tarde habrá rodaje, si estás interesado en presenciarlo.
Levanté una mano. Compromiso previo, ya te dije.
Tienes razón, dijo Santiago. ¿Te parece si pasamos al tema de la reunión?
¿Qué tema?
Nuestra común amiga, claro. Bebió de su vaso. Una lengua rápida y desvaída recorrió su labio superior.
Ya, dije. Alisé una arruga a lo largo de mi pantalón. ¿Qué hace él aquí?
El señor Kurosaki apenas se movía. Lo único que lo diferenciaba de una estatua era su respiración leve y silenciosa y algún parpadeo robótico.
El tema le compete, dijo Santiago.
¿Por qué?
El señor Kurosaki giró la cabeza hacia mí. Soy el enlace, dijo.
¿Con qué?
Con Japón.
Miré a Santiago.
No te preocupes por eso ahora, dijo. Nos gustaría saber qué has averiguado.
¿Qué he averiguado?, dije. Nada. No trabajo para ti, ya te lo dije. No tengo que averiguar nada ni...
Pero has visto a la chica, dijo Santiago.
Me quedé boquiabierto. ¿Cómo lo sabes?
Santiago descartó la pregunta con un gesto de la mano. Nos preocupamos por ella, Javier. Sólo queremos saber...
¿Cómo sabes que he visto a Ana?
¿Cómo no ibas a verla? Te dije que la chica no estaba bien.
Pero...
¿Acaso me equivocaba? ¿Qué sucedió? ¿Fuiste a ella o ella a ti?
No contesté. Sentí el impulso de levantarme y salir corriendo. Sentí el impulso de cogerlo por las solapas de su traje y sacudirlo hasta sacarle aquellas espantosas gafas de la cara.
En cualquier caso, lo importante es que la has visto, dijo Santiago. ¿Cómo está?
Mal, dije. Miraba al señor Kurosaki. Me sostuvo la mirada. Sus ojos parpadearon. Plic. Plic.
¿Conocemos ya el motivo?
Recordé a Orlando metiéndose la camisa dentro del pantalón. La familiaridad obscena con la que trataba a Ana. No, dije.
Estoy preocupado por ella, dijo.
Es mayorcita, sabes, dije. Y no eres su padre.
Hay algo paternal en lo que siento por ella, dijo. En lo que siento por todos vosotros.
¿Nosotros?
Sí. Los primeros. Los que empezasteis todo esto. Me preocupo.
Dejó el vaso en sobre el mueble bar. ¿Por qué no habría de hacerlo? Os debo mucho. Creo que no he sabido recompensaros. Sobre todo a ti.
Oye, no me debes nada. Cobré hasta mi última nómina. Me fui porque quise.
Sí, sí. No supe retenerte. Igual que no supe proteger a la chica. Ahora está mal y tú trabajas en una oficina. ¿Te has visto en un espejo últimamente? Pareces un fantasma.
Quién fue a hablar.
Santiago sonrió. Llevó una mano moteada de pecas a las gafas oscuras y las retiró. Sus ojos, que había visto muchas veces, me parecieron nuevos. Apretó los párpados. La escasa luz de la habitación los herían. Los ojos de un feto. Unos ojos viscosos, cubiertos de légamo translúcido, cultivados en una cubeta, nunca expuestos antes a la crueldad de los fotones. ¿Recuerdas a Milan?
¿El fotógrafo checo? Sí.
¿Sabes qué está haciendo ahora? Lo que le da la gana. Pagado por mí. Se encarga de la división, digamos, artística. Erotismo, softcore, esas cosas. Vive en Praga. Aquí reside alguna chica descubierta por él que ha querido dar el paso a cosas mayores. Vive bien, nuestro amigo. Así es como debe ser.
No tienes nada parecido para mí, Santiago, dije. Su postura, desfallecido en el sillón, los ojos entrecerrados, la mano laxa que sostenía de una patilla las gafas, trasmitía un repentino abatimiento, una pesadumbre sincera. Bajo su lógica de vampiro tenía sentido. Tampoco puedo ayudarte, concluí. Ni a ti ni a Ana.
No prestó atención a lo último que dije. Ya pensaremos algo, dijo. Algo mejor que tu oficina. De momento, tengo una idea. Pronto empezará el rodaje de la que, espero, se convierta en una exitosa franquicia.
Aprendiendo ruso por el uso. La primera entrega ha funcionado muy bien. Te quiero en el equipo.
Pero si yo no sé...
No necesitas saber nada. Estarás allí como mi contacto directo. Eso se rueda sólo. Sólo hay que buscar chicas guapas. Llevarás un par de actores, un cámara, un técnico de sonido. Nada complicado.
¿Llevarlos adónde?
Santiago se puso las gafas de nuevo. Sonrió. La pesadumbre se había esfumado. A Rusia, dijo. Moscú de momento. Aunque sería interesante visitar otras ciudades. Volver con material para dos o tres entregas. Habría que considerarlo. ¿No te interesaría? Unas semanas, quizá un par de meses, viajando por Rusia con los gastos pagados, tratando con bellezas...
Y aprendiendo ruso por el uso, dije.
¿Qué te parece?
Un disparate.
Santiago rió. Miró al señor Kurosaki en busca de complicidad. Hazlo, Javier, dijo. Por ti y por la chica.
Negué con la cabeza. Todo esto es rarísimo, dije. ¿Qué hora es? Voy a llegar tarde.
Santiago tomó el vaso del mueble bar. Piénsalo.
Me puse en pie. Tengo que irme.
Claro. Dile a mi chofer que te lleve donde quieras.
Gracias, dije.
Siempre es un placer reunirme contigo, dijo Santiago. No dejemos que pase tanto tiempo hasta la próxima vez.
Asentí, sin querer comprometerme a más. Adiós. El señor Kurosaki inclinó el cuerpo, mudo, rígido. Me pregunté qué pasaría si le abría la camisa, si el pecho sería liso y hueco como la carcasa de un ordenador, si estaría todo lleno de cables, mecanismos diferenciales, pequeñas dinamos. Por favor, dijo Santiago cuando puse la mano en el pomo de la puerta. Cierra al salir.
La luz del pasillo estaba encendida y me deslumbró. Guiñé los ojos. Salí del apartamento sin levantar los ojos del suelo, para ahorrarme visiones turbadoras en las puertas entornadas, chicas en ropa interior, quién sabe qué más. Afuera era casi de noche. El chofer esperaba fumando un cigarrillo. La chaqueta no le caía bien ni sentado ni de pie. Al verme irguió los hombros. Apostado en la acera, con su rostro aplanado a golpes, un velo de humo teñido de amarillo por las farolas sobre su cabeza, desprendía un aire ominoso, una sensación de amenaza. Supe que cualquier palabra, cualquier gesto, cualquier ápice de información que permitiera le sería referida a Santiago, procesada por el cerebro positrónico del señor Kurosaki, incluida en el perfil psicológico que utilizaban para predecir mis actos, para manipular mi conducta, para hacerme ir una y otra vez hasta Ana. Controlé el espasmo de paranoia. ¿Por dónde queda el metro?, le pregunté.
El chofer dio una calada antes de responder. Calle abajo, dijo. Su expresión ya no parecía ni relajada ni aburrida sino de una frialdad reptiliana.
Bien. Gracias.
Puedo llevarte. ¿Adónde vas?
No importa. Voy mejor en metro.
Una vaharada de humo me llegó deshilachada y leve hasta la cara. Preferiría llevarte, dijo el chofer. Ya que te he traído.
Gracias, pero no, dije.
El chofer sonrió como si tuviera una nueva consideración acerca de mí. Hasta la próxima, entonces.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Me dio la impresión de que no dejaba de mirarme mientras me alejaba calle abajo, pero cuando volví la cabeza el chofer no estaba por ninguna parte.
A la cafetería llegué tarde. No había más clientes que una mujer joven sentada al fondo del local, así que el casco de moto, expuesto convenientemente sobre la mesa, no resultó necesario. Debía rozar los treinta años y llevaba el pelo corto, castaño claro. Escribía en una agenda de tapas negras y junto al casco de la moto, una taza de café, una magdalena medio picoteada, como si sólo le hubiera tirado pellizquitos por tedio más que por apetito, y un libro de cuyas páginas surgían señaladores, tiras de papel adhesivo amarillo y azul. Me acerqué a su mesa y carraspeé. ¿Polina?, dije.
Sus ojos me enfocaron por encima del borde de la agenda. Durante un segundo se quedaron estáticos, calculadores, una arruga de concentración con forma de anzuelo entre las cejas. ¿Javier?, dijo. Una sonrisa diluyó la gravedad de su expresión. La arruga se fue sin dejar rastro.
Sí, sí, soy yo. Llámame Javi.
Sin dejar de sonreír me ofreció la mano y se la estreché un tanto desconcertado. Tenía la mano no muy distinta a como la había imaginado, fina, pálida, con huesecillos de caña, pero no bonita ni delicada. En el dedo índice llevaba un anillo metálico. Siéntate, dijo. Retiró el casco de la mesa y lo dejó en una silla contigua, en la que vi una mochila y un par de guantes de piel.
Tomé asiento. Llego tarde, dije. Perdona.
No te preocupes.
Nos sonreímos. Resoplé. La calefacción estaba encendida y me sofocaba. Bajé la cremallera de mi cazadora. Hace calor, eh.
Y frío ahí fuera, dijo ella.
Un camarero se acercó a la mesa. Parecía un sonámbulo, contagiado de la languidez de la cafetería vacía. Le pedí un café con leche. Otro cliente entró en el local y no pude evitar echar una mirada, esperando ver al chofer, a un hombre encapuchado, cualquier cosa. Era un tipo alto y delgado, con gafas. Pidió una tónica al camarero y se sentó en la mesa que quedaba a mi espalda.
Sabes, dijo ella. No te hubiera reconocido.
Yo estaba mirando la portada de su libro, una edición francesa de
Salammbô. En la portada una ilustración de una mujer con los pechos descubiertos, ataviada con oros y sedas de colores. ¿Qué quieres decir?, dije. Si no nos habíamos visto antes.
Ella rió. Ya, ya, claro. Pero te imaginaba diferente. Mayor. Medio calvo. Como un oficinista, vamos. Volvió a reír, nerviosa. No te ofendas.
Dame tiempo. Nos veremos aquí dentro de diez años. A ver qué pinta tengo.
De acuerdo, dijo. Se volvió hacia su mochila. Por lo pronto, aquí tienes.
Sacó una carpeta de cartón y me la ofreció. ¿El Nudo?, dije.
Sí. Fotocopias. Las revistas no están para sacarlas por ahí, sabes. Algunas casi se caen a trozos. Además así te lo puedes quedar.
Abrí la carpeta y le eché un vistazo. Yo también te he traído algo, dije. Para que puedas echarle un vistazo. Antes de salir del apartamento había metido el poemario de Kunis en el bolsillo interior de la cazadora. Lo había llevado todo este tiempo apretado contra las costillas hasta llegar a olvidarme de él. Como el recurso de un guionista perezoso para detener una bala.
Cogió el libro con interés y lo estuvo hojeando mientras yo miraba con mayor atención las fotocopias. En realidad no me servían para nada. No conocía los poemas originales, ni siquiera traducidos, y el estilo de Kunis, los arañazos de los que había hablado la Aleksandrovna, se me escapaban. Servían, eso sí, para dar más entidad al misterio, para definir mejor los contornos de su sombra. Kunis había estado ahí fuera, escribiendo, traduciendo, firmando con su extraño nombre y dejando un rastro reconocible. Quizá todavía lo estaba. Un viejito que recorre despacio las avenidas de París.
El camarero trajo el café con leche en una bandeja. Eh, gracias, dije, y mientras lo removía escuché un tintineo a mi espalda. También había servido al otro cliente su tónica y al ir a pagar una moneda se le había caído de la mano. Llegó rodando hasta mi pie. La recogí y se la devolví al tipo que me miró con ojos miopes y desconfiados tras las gafas. En el cristal izquierdo se apreciaba con claridad media huella dactilar. Gruñó algo por agradecimiento y se echó sobre su bebida como si quisiera meter la cabeza dentro.
La Aleksandrovna tenía el poemario abierto sobre la mesa y escribía en la agenda negra. ¿Qué haces?, dije.
Estoy copiando la cita de Melville, dijo. Me suena, pero no la ubico.
¿Has leído a Melville?
Sí, claro, dijo sin levantar la cabeza. ¿Tú no?
Sonreí. Creo que nada en lo que viniera esa cita. ¿Puede ser de
Moby Dick? Lo leí hace tiempo, así que...
No, dijo ella. Me sé
Moby Dick de memoria.
Es una novela muy grande.
Pero la tengo muy reciente. Esta cita me suena de una manera más... No sé. Lejana. Puede ser de
Billy Bud o
Benito Cereno. No lo tengo claro.
¿Hay algo que no sepas?
Soltó el bolígrafo. El anzuelo entre sus cejas había vuelto. Te estoy diciendo que esto no lo sé, dijo.
Tranquila. Era un elogio. Estoy impresionado.
Bueno. Gracias.
Lo que me llama la atención son las revistas. ¿De dónde las sacaste? Nunca había oído hablar de El Nudo.
Eran de mi padre... Eh, espera. Se echó a reír. El Nudo, dijo. Como el nudo de la cita de Melville.
Joder, dije. Es verdad.
Fíjate, dijo ella. Qué curioso.
¿Qué crees que significa?
Se encogió de hombros. A lo mejor bautizó él la revista. Debía ser uno de los fundadores o algo. Lo que está clarísimo es que tenía sus obsesiones definidas. ¿Qué te estaba contando?
Decías que las revistas eran de tu padre.
Ah, sí. Mi padre publicó aquí sus primeros poemas. Sacaron siete números antes de desaparecer sin pena ni gloria. Yo he conseguido cuatro.
¿Tu padre?
Sí. Agustín Dolz.
¿Es posible que conociera a Kunis?
No creo. No era más que un adolescente recién llegado a Madrid desde León.
Pero quizá supo algo de Kunis. Mantuvieron correspondencia, no sé, cualquier cosa...
Eh... Quizá.
Podrías preguntárselo.
Arqueó una ceja. No, no podría.
¿Por?, dije.
A ver... Mi padre murió. Hace años.
Oh, dije. Perdón.
Da igual, dijo. Ha pasado mucho tiempo.
Pro primera vez desde que me senté a la mesa hurtó los ojos. Es mentira, pensé. Ha dicho una mentira. Una mentira pequeñita, no alejada de la verdad, una mentira a la que no acaba de acostumbrarse, una mentira piadosa o menos incómoda que la verdad. Cogió su taza de café, el anillo del índice hizo clic contra el cristal, y bebió un sorbo rápido. Su mínima turbación, que le impedía de momento mirarme, afanándose en cerrar su agenda, ponerle el capuchón al bolígrafo, me permitió mirarla, observar sus facciones. No era guapa, pero uno seguía mirándola, deteniéndose en sus rasgos, a medio camino entre la vulgaridad y lo otro, lo diferente, una suerte de belleza santa, transida, atravesada de dolor de parte a parte, pero ella ya sonreía otra vez y me devolvía la mirada y no tenía el aspecto de sufrir nada, como si le atravesase de una manera tan completa, tan limpia, que no lo sintiese o ya no le estuviera dado distinguir entre el gozo y la desdicha. O quizá no era así en absoluto, quizá no hay más literatura en el mundo que la que aportamos nosotros, y todo eso estaba en mí y no en ella.
Voy a irme, dijo. Tengo un millón de cosas que hacer.
Siento haber llegado tarde...
Tranquilo. No me podía quedar mucho, de todas formas.
Puso el poemario de Kunis sobre la carpeta de las fotocopias.
Termínate el café, ya hablaremos otro día. Cuando descubras algo más sobre Kunis. Se puso en pie y descolgó de una percha en la pared su chaqueta, negra, estrecha, llena de cremalleras plateadas. Ha estado muy bien, dijo.
Lo mismo digo. Si descubres tú algo más, avisa.
Recogió sus cosas, su mochila, su casco, sus guantes. Por supuesto. Todavía tengo que mirar a fondo la biblioteca de mi padre. Seguiremos en contacto.
Me estrechó de nuevo la mano. El gesto masculino seguía dejándome un poco perdido. La miré marchar. No había podido verle las piernas hasta entonces. Los vaqueros negros le sentaban bien. Me volví hacia mi café. Todavía no lo había tocado y estaba frío. Sentí que me dejaba algo. Toqueteé el libro de Kunis, alineé la carpeta en el borde de la mesa, removí el café. Al final salí tras ella. Estaba en la acera de enfrente, montada en la motocicleta, un artefacto oscuro y de manillares altos. Terminaba de ponerse los guantes y me miró sorprendida. ¿Qué pasa?, dijo.
No me has dicho tu nombre, dije.
Primero pareció estupefacta y luego se echó a reír. Reía mucho. Me gustó.
Pero si lo has adivinado tú solito.
¿Qué? Venga ya.
Sí, sí.
¿Polina? No te llamas Polina. Ni de coña.
A lo mejor sí o a lo mejor no.
Seguro que no.
Puede que no. Otro día te lo cuento.
Se colocó el casco y encendió la moto. Adiós, Javier.
Llámame Javi.
Ya descubriré cómo llamarte.
La puerta de la cafetería se abrió. Esperaba que fuera el camarero, porque me había ido sin pagar, pero sólo era el tipo de gafas. Llevaba el abrigo abrochado hasta el cuello. Nos echó un vistazo furtivo y caminó a paso vivo por la acera.
Hasta la próxima, dijo ella.
Sí. Hasta la próxima.
El motor hacía un ruido sordo. Las ruedas crujieron en el asfalto frío. Me hizo un gesto con la mano antes de girar en una esquina. Resoplé. Lo que me faltaba. Otra loca de la que estar pendiente. Entré de nuevo en la cafetería para beber el café, gélido a esas alturas, y leer las traducciones con más detalle. El camarero no me prestó atención. Repasaba con un paño un vaso de cóctel. Al llegar a mi mesa me quedé inmóvil un momento. Miré las mesas de alrededor. Me rasqué la cabeza. Oiga, le dije al camarero. ¡Oiga!
¿Qué pasa?, dijo el camarero.
¿Ha cogido mis cosas?
¿Cómo?
Mis cosas. Un libro y una carpeta. No están.
El camarero negó con la cabeza. Yo no me he movido de aquí.
Qué... Pero... ¿Se ha dado cuenta? ¿Lo ha visto?
El camarero me miró con ojos aletargados. ¿Ver qué?, dijo.
El tío de las gafas me ha robado, le dije. Se ha llevado mis cosas.
Hay que tener cuidado, dijo el camarero y fue como si lo dijera a un millón de kilómetros de distancia. No nos hacemos responsables de los descuidos de los clientes.